Amanece. Podría ser un día más, pero no. Hoy es un día grande para la historia de París y, cómo no, también para la historia de la humanidad. Porque hoy, por fin, la torre Eiffel, después de siglos construida, experimentará en sus propios hierros, el verdadero propósito para la que fue hecha. Función desconocida y secreta para todos, incluso para el que la ideó, el bueno de Gustave Eiffel.

—¡AAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAhhhhhhh!

Una joven, de origen asiático, llamada Jian Jun, emerge al siglo XXI, no sin cierta angustia.

A pesar de todo, le bastan tan solo unos segundos para reconocer el lugar donde se encuentra. Ante sus ojos, se erige, orgullosa, la cruz de cristal de la torre de La Sagrada Familia. Debajo, a 162 metros de altura, la visión de Barcelona abruma.

—Estoy preparada, he entrenado mucho para este momento —se tranquiliza mentalmente—, vamos allá.

Su traje adiposo se pega al exorno y comienza el descenso. Abajo, una masa informe de turistas se arremolina en la entrada.

—Vaya por dios, el día de la inauguración tenía que ser. Debo ser más cautelosa que nunca y pasar inadvertida. Afortunadamente, todas las vídeo-cámaras están apuntando a un grupo de personas que han sido votadas por la democracia electrónica para realizar los actos de apertura. A estas alturas, la clase política ya ha desaparecido de la faz de la tierra. Y, sin embargo, dentro del gentío, un individuo desvía con disimulo sus prismáticos hacia la torre, como si supiera que Jian Jun está a punto de aparecer. Por suerte, ella ya se ha escurrido por un pináculo y colado por unas escaleras en el interior de la torre.

Dentro, aforo completo, 9000 personas. No cabe ni un alfiler. Muchos de ellos miran hacia arriba, admirando cómo las bóvedas caen hacia abajo como las ligeras ramas de un sauce llorón. Al pasar por el cuadrado mágico, Jian Jun se hace visible para todos, aunque nadie se percate especialmente de su presencia.

La joven se queda un rato admirando el cuadrado de 16 casillas, con un número asignado a cada una de ellas y de cuya suma resulta la edad de Cristo: 33, el número más alto de la masonería y el sello del temple, también presente en las iglesias de Etiopía.

Todo el monumento es un camino de iniciación hacia un alma en equilibrio, se dice Jian Jun contemplando la escultura de San Jordi. ¡Qué curioso, igualita que la del monasterio de Montserrat! Desde luego, este Gaudí no daba puntada sin hilo.

Después, sale de la catedral e inmediatamente llama la atención del falso turista de los prismáticos, que comienza a seguirla. Ambos, llegan en bicicleta eléctrica al Hotel Palace, el antiguo hotel Ritz de Barcelona, recientemente remodelado para recrear la decoración de sus años más memorables, cuando acogía entre sus paredes a Salvador Dalí, a Freddy Mercury, y cómo no, a Himler, el motivo por el que ella ha viajado hasta aquí.

Sí, Himler, uno de los artífices de la solución final, y un detractor del espectáculo de los toros, del que salió descompuesto, por su crueldad, según sus palabras, durante su visita a España. Y, precisamente, fue durante esta visita donde le robaron algo muy muy muy importante en una habitación de este hotel, algo que Jian Jun estaba dispuesta a recuperar a toda costa.

—Una habitación en el último piso, por favor.

De la suite de Josephine Baker, que rememora la elegancia y la belleza de la bailarina, a disfrutar de los placeres del hotel. Restaurante L’Arrós en la azotea donde deleitarse con un picnic del Ampurdá bajo el cielo de Barcelona. Después, Encanto, de Disney en las tumbonas del cine del hotel y, ya entrada la noche, un magnífico combinado en el Bluesman cocktail bar del hotel.

Todo parecía ir como la seda hasta que… ese hombre se le acerca en la barra del bar para hablarle como quien no quiere la cosa.

—Si me permite la indiscreción, me gustaría aconsejarle un cava más seco, combina mejor con ese vino Pedro Ximénez si es que pretende servirse un Cava Cocktail. ¿Tiene usted edad para beber? La veo extremadamente joven.

Jian Jun sonríe fingiendo que agradece una galantería que ya le parece muy pasada de moda y, para que la cosa no vaya a más, corta en seco el tema de la edad y pone el foco en él:

—¿Por qué cree que es mejor usar un cava seco para un Cava Jerez?

—El contraste de sabores queda mucho más enérgico al añadir el zumo de naranja natural, señorita…

—Jia Jun. Me gusta el dulce, señor…

—Alojz Kusanovic, profesor Alojz Kusanovic.

—¿Profesor dice?

—Sí, de Historia contemporánea.

—Pues se encuentra en un templo de historia contemporánea, el hotel Palace ha cumplido más de cien años.

—Lo sé. Forma parte del motivo por el cual estoy aquí. ¿Sabía que el hotel Palace era antes el hotel Ritz?

—Sí, lo sabía; ha sido todo un gran anfitrión durante un siglo de ilustres huéspedes.

—Y no tan ilustres…

—¿A quiénes se refiere, profesor?

—Permítame, antes de responderle, que le pida disculpas por la el comentario, quizás trasnochado, sobre su edad. Pero lo cierto es que las personas de origen oriental siempre parecen más jóvenes, ¿de dónde es exactamente si no es molestia la pregunta? —De China. Aunque para usted, quizás siempre lo pensó así; podría haberle dicho Vietnam y usted pensar igualmente que soy China.

El profesor se quedó pensativo y tras un breve instante de reflexión concluyó:

—Es cierto que luchamos día a día contra el racismo de antes de la revolución, y sin embargo, aún nos quedan rémoras.

—No se preocupe, no tiene importancia. Cuénteme lo de esos personajes no tan ilustres.

—Pues por ejemplo Joan March y Himmler.

—¿Joan March?

—Le puedo asegurar que desde que comencé mis estudios en Croacia, la figura de Joan March distaba mucho de la de empresario modelo que se tenía de él antes de la abolición del dinero. Es más, para serle sincero, claro y directo, no era más que un vulgar contrabandista, un traficante sin más. Eso sí, con poder para influir en los gobiernos de España y hostigar el levantamiento que llevó a este país a una sangrienta guerra civil.

El profesor guarda silencio un instante. Por un momento, Jian Jun piensa que se va a dormir, pero no.

—¿Sabía que fue Juan March quien le robó la maleta a Himmler?

Perro viejo, el profesor tantea a Jian Jun. En seguida, un pinchazo en el estómago advierte a la joven de que este tipo con el que está hablando es peligroso.

—No sé más que lo que viene en los nuevos libros de Historia. Que Juan March roba la maleta para la inteligencia británica, pero que los nazis se la vuelven a robar a March, que pretendía hacer un doble juego, y al final, acaba medio muerto, medio vivo, por una bala nazi, flotando en el mar, y la maleta, en un submarino nazi camino de Alemania.

—Sí, eso es lo que se dice, señorita, pero los resultados de mi investigación me sugieren otra cosa. Joan March consiguió la maleta para la inteligencia británica, pero creó un contenido falso para la maleta y esa maleta, la del el contenido falso, fue la que se llevaron los nazis. El contenido verdadero es muy probable que nunca saliera de aquí, del Ritz. ¿Sabía usted que en este lugar donde nos encontramos, aquí mismo, se encontraba la carbonería? Buen lugar para ocultar la famosa maleta, ¿no cree?

—No tenía ni idea. ¿Y qué me dice de la aversión de Himler a los toros? En realidad, yo creo que pensaba que se había pervertido el antiguo ritual grecorromano. No es por disculparle… —continúa con un discurso intrascendental, un poco contradictorio, para captar toda la atención del supuesto profesor mientras espera que tanto él como el barman se duerman. Ninguno de los dos ha notado el somnífero. Son muchos años de entrenamiento, dice para sí, cuando por fin, los ve dormiditos como niños.

Jian Jun cierra las puertas. Por fin ha llegado el tan esperado momento. Sabe perfectamente donde dirigirse: a la única pared que aún se conserva de ese tiempo, cuando era, en efecto, como dijo el profesor, una carbonería.

Con una cucharilla larga de hacer cocktails ausculta, con golpecitos, la pared. Después, escarba con la misma cucharilla y extrae un ladrillo. Dentro, un hueco; y dentro de él, una caja de plomo cubierta de una densa capa de polvo. Otra vez, ladrillo para adentro. Con la caja en la mano, se despide de la compañía:

—Dulces sueños.

Sin pasar por la habitación, sale del hotel. Luego, al tren, y de ahí, al tren cremallera. No hay tiempo que perder. Puede que más personas le puedan estar siguiendo. Finalmente, amanece en el glorioso monasterio de Montserrat. El rocío de la mañana le refresca la piel del rostro. Las campanas suenan y a Jian Jun el corazón se le recoge y siente ganas de abrazar la montaña.

No es necesario que abra la caja, puesto que ya sabe lo que hay en ella: un mapa. Pero ahora que estaba allí, era momento de mirarlo bien. Decepcionada, vuelve a meterlo en su lugar. Al mapa le falta un punto de origen identificable. Solo muestra grutas y pasadizos entre el monasterio y la montaña.

Buscando inspiración, Jian Jun hace cola, y por fin, logra entrar y mirar de tú a tú a la Moreneta. Movida por una fuerte intuición, posa sus dos manos en cada una de las piñas laterales, y dice con tono musical: ábrete. Inmediatamente, sin saber por qué, tiene la sensación de que en algún punto del complejo arquitectónico algo se ha abierto.

Pase de investigación, Universidad de Beijing es lo que pone en una tarjeta que acaba de colgarse ahora, con el nuevo atuendo, después de una breve visita al servicio. Desgraciadamente, este nuevo personaje la ha vuelto visible a uno de los secuaces del profesor, que ha comenzado a seguirla.

La tarjetita colgada del cuello le abre las zonas reservadas del convento. No pasa lo mismo con su perseguidor, que en seguida es expulsado de las zonas prohibidas para los turistas. Jian Jun aprovecha el revuelo para entrar en la biblioteca.

—¿Puedo ayudarla señorita? Mi nombre es padre Pío y se podría decir que vivo aquí, en esta biblioteca.

—Encantada, padre, me llamo Jia Jun, de la universidad de Beijing. Con motivo de la inauguración de La Sagrada Familia estoy realizando un trabajo de investigación sobre Antoni Gaudí y los aportes de la biblioteca de Montserrat a sus conceptos de arquitectura sacra naturalista.

—Mire, jovencita, sé perfectamente que todos los investigadores, en el fondo, lo que intentáis siempre es descubrir en la bibliografía la localización del santo grial o del tesoro cátaro.

Jia Jun decide utilizar la misma técnica que usó con el profesor y comienza a tantear al padre Pío para ver cuánto sabe.

—Tal vez, padre, no exista mucha diferencia entre buscar una cosa y la otra. Al menos, eso opinaba Otto Rahn.

—Otto Rahn intentó aprovecharse de los nazis y Himmler le pasó por encima como una apisonadora, hija.

—Sí, pero esa apisonadora le hacía caso, padre, si no a qué su incursión en Montserrat.

—Hitler dejaba a Himmler realizar todas sus patochadas. Esta era una más.

—No lo creo, padre, Himmler tenía una información que le fue requisada…

Jia Jun deja en suspenso la frase sin terminar y observa que el anciano, aún guardando las formas, oculta cierta impaciencia en su deseo de que termine la frase.

—…y cuya procedencia es el resultado de los estudios de Otto Rahn, los cuales completó en sus expediciones arqueológicas al castillo de Montsegur, el último refugio de la mal llamada herejía cátara. Un mapa.

El padre Pío no puede ocultar lo incómoda que le está resultando la conversación.

—Soy ya muy mayor, hija, no intentes engatusarme para que te revele cosas que pertenecen a Dios y no a los hombres. Ese mapa, sea lo que sea lo que indique, hace tiempo que ya no está aquí. Ese cáliz se encuentra bajo custodia en la catedral de Valencia.

—No me refiero al cáliz, padre Pío, sino a la piedra que se encontraba engarzada en ese cáliz: la piedra de la resurrección, la piedra de la vida eterna.

El padre, gruñendo para sí mismo, hace el amago de darse media vuelta y marcharse, pero interrumpe su movimiento y se vuelve a girar hacia ella.

—Creo que no sabes con lo que estás tratando. Te ruego que abandones su búsqueda.

—Padre Pío, debe permanecer tranquilo. Sé que Antoni Gaudí recibió el cometido de custodiar la piedra de la inmortalidad y para ello, se esforzó en erigir antes que nada la cripta, el ábside y la fachada del nacimiento en la Sagrada Familia. La fachada del nacimiento… qué mejor sitio que este para ocultar la piedra de la resurrección y la inmortalidad. Pero tranquilo, padre, ya ve que sé donde está y mi cometido es que allí permanezca oculta. No es de mi interés, padre; en realidad, busco otra cosa.

Y tras decir esto, Jia Jun despliega un mapa sobre la mesa. El padre Pío no da crédito a lo que está viendo.

—¡Es el mapa de Otto Rahn! ¡El que se encontraba en la maleta de Himmler! ¿Cómo es posible que lo hayas encontrado?

El padre Pío lo toca incrédulo pensando que no es real. Finalmente, ya convencido, pregunta:

—¿Cómo? —se queda pensando intentando encontrar la respuesta por sí mismo— ¿Acaso eres… perteneces a La orden invisible?

Jia Jun no responde y el padre comienza a recitar alabanzas a Dios Padre agradecido porque al final de su vida se le revelen tantas certezas.

—Vea, padre, en el mapa, aparece la biblioteca, pero a su lado aparece otro lugar denominado gran biblioteca.

—Santísima Madre María de Monserrat, llevo toda la vida buscando ese lugar. ¿A ver ese mapa, hija mía?

Jia Jun voltea sobre la mesa el mapa en dirección al padre Pío para que este lo pueda ver.

—No entiendo —se explica el padre Pío—, al parecer esta gran biblioteca se encuentra por el oeste, pero la entrada viene marcada por el este, y en el este, lo que se encuentra son simples pasillos.

—¿Y qué nos encontramos entonces en la sección este de la biblioteca?

—Pues botánica, biología, química y alquimia antigua —aclara el padre Pío un tanto desorientado mientras Jia Jun observa los diferentes volúmenes con curiosidad.

—¡Alquimia! —exclamó sorprendida—. Se sabe que Leonardo Da Vinci visitaba a sus familiares en Barcelona e incluso se dice que aquí, en este monasterio, se le encargó el San Lorenzo, y que lo único que pidió a cambio fue que se le permitiera consultar los libros de alquimia del monasterio, o sea, estos.

Jia Jun extrae un volumen de entre los demás ejemplares del estante: De frutos exóticos del oriente se leía en su portada escrito en latín.

—Un ejemplar antiquísimo —recalcó el sacerdote.

—¡Mire, una página se encuentra doblada!

Jia Jun abre curiosa el libro por esa página.

—Malum cotonium… melocotón —traduce pensativa.

El padre Pío señala nervioso la mesa de la biblioteca:

—¡Un melocotón, un melocotón! ¡De dónde ha salido este melocotón, virgen santísima, ha surgido de la nada!

Jia Jun lo coge y lo observa con sorpresa.

—No es real, es de piedra. ¡Es una obra soberbia! Incluso se siente su superficie aterciopelada, es hermoso, es perfecto.

—Conozco esta obra —aclara con solemnidad el padre Pío—. No es una obra cualquiera. Es imposible que esté aquí. Se conserva en el museo arqueológico de Barcelona. Se trata del melocotón alquímico atribuido a Da Vinci.

Mientras el sacerdote le explica esto, Jia Jun no para de darle vueltas al melocotón impresionada por su belleza:

—Pues el melocotón alquímico ahora está aquí, padre —dijo casi susurrando—. Pero ¿por qué y para qué ha aparecido aquí esta objeto? Estoy segura de que tiene algún sentido —dice Jia Jun. Y, de nuevo, vuelve a sentir ese golpe de corazón:

—Ábrete —, le dice al melocotón.

Al momento, algo se escucha:

—¿Está oyendo usted eso, padre? Parece que suena como un líquido.

La piedra del suelo de la biblioteca, por el lado oeste, comienza a derretirse; piedra líquida, en cascada, que deja entrever una escalera que desciende.

Entre tanto, el perseguidor ha logrado volver a colarse, y aunque le persiguen, se zafa con brutalidad y está a punto de entrar en la biblioteca.

—¡Baja! ¡Baja tú! Yo intentaré impedirle el paso.

Jian Jun se lanza por la escalera y el padre empuja unos estantes que, al caer, bloquean el agujero.

El perseguidor grita de impotencia, al ver que no puede levantar el anaquel.

Abajo, una biblioteca descomunal se despliega ante sus ojos, con frescos de temas mitológicos en paredes y techos, de altura colosal. Estantes de madera labrada. Encuadernación verde, roja y ocre para los libros. Algunos, de pergamino, con el lomo de pan de oro.

Jian Jun repasa los títulos:

—Vida medieval, de Anfíteres.

—Muerte de los hermanos, de Anfíteres.

—Microcosmos, de Anfíteres.

Y así, uno y otro, y otro, y otro, toda la biblioteca tenía libros de un solo autor.

De pronto, una voz musical, como la de un niño cantor de L’Escolania, se reverbera sobre las paredes de la cueva:

—¿Eres tú quién ha abierto la piedra?

Jian Jun quiere distinguir algo, pero la mirada se pierde en la negrura.

—¿Vienes por un libro? Tranquila, acabo de terminar uno. Voy a por él.

La música de su voz calma el palpitante corazón de Jia Jun. Ella lo escucha y se acerca, pero la voz se aleja como si fuera eco.

—Ya veo que has logrado atraer el melocotón que me hizo Leonardo. Él solo lo fabricó, con tan solo las indicaciones de mis escritos. Era brillante. La transmutación no tenía secretos para él. Ya ves que convertir algo en piedra es fácil; lo difícil es hacer arte con ello.

Por un instante, el silencio y la negrura se alían. Jia Jun presiente que va a encontrar lo que venía buscando.

—¡TOMA!

Ahora, puede sentir la voz pega da a su oído, incluso puede notar el calor de su aliente. Asustada, da un repullo y se aleja.

Una mano de escamas, con los dedos manchados de tinta azul, le acerca un libro: Gustave Eiffel, su obra, su torre y su verdadero sentido, de Anfíteres.

Jia Jun mira hacia arriba y logra vislumbrar unos pálidos y enormes ojos amarillos llenos de ternura. Por fin, lo entiende todo.

—Eres Anfíteres, ¿verdad? El dragón Anfíteres, el custodio del tesoro cátaro.

—¡Ja, ja! Así es, y aunque poseo el don de la inmortalidad siento decirte que ese no es el tesoro cátaro; el tesoro cátaro es… ¿Qué te ocurre? ¿Quieres verme?

Sin tiempo a contestar, el dragón aletea un poco y luego desprende una bocanada de fuego que prende en el techo de la biblioteca e ilumina toda la biblio-cueva.

El lugar parece no acabarse. A unos metros de distancia, puede ver un bello lago que parece perderse en la profundidad de la instancia.

El dragón sobrevuela el lago para que Jian Jun pueda observarle en toda su dimensión. Es una criatura fascinante, un bello ejemplar de dragón blanco, el último vivo, quizás, en todo el planeta tierra. Jian Jun se queda hipnotizada contemplando la elegancia del movimiento de sus alas de arco-iris.

Anfíteres vuelve y se posa a su lado con delicadez extrema. Aún así, es capaz de sentir el miedo de Jian Jun.

—No temas —le dijo—, te traigo el libro, sigo siendo humano, aunque en un cuerpo cada vez más de dragón, excepto estos dos brazos, que aún no se han metamorfoseado en patas. Y no lo harán nunca, mientras escriba.

Jia Jun tiene muchas preguntas.

—Sabía que San Jordi no te había matado.

—San Jordi era un santo, me salvó la vida. Lamentablemente, los demás dragones no corrieron la misma suerte. Y, lamentablemente también, tuve que matarlos yo, con mis propias manos y a sangre fría.

—¿Cómo? Pero, ¿por qué? Matar animales está mal.

—Créeme, fue necesario, tan necesario como doloroso para mí. Podría haber muerto de pena, si no llega a ser porque no puedo morir, salvo que me maten. Pero ¿quién o qué me puede matar? Un hombre, desde luego que no. Además, este fuego no sirve solo para ablandar la piedra.

Jia Jun se quedó literalmente sin palabras.

—¿Qué te pasa? ¿No comprendes? — continuó Anfíteres. Yo era humano como tú. Adoptábamos esta forma de dragón porque nuestro fuego ablandaba la piedra.

—¿Qué?

—¿Cómo si no crees que se activaba la escalera? Es tecnología no es magia. Más líquida, más espesa, como haga falta, puedo recrear con el fuego todos los estadios físicos de la piedra.

—Pero ¿por qué mataste a los dragones?

—Hace ocho mil años, los dragones dejaron de ser benefactores para volverse contra los humanos; esto ocurrió durante la Edad Mágica Oscura, tiempo después de la Gran Guerra. Dominados por su biología animal, comenzaron a atacar y a comerse a gente inocente que habitaba en las aldeas. Perdieron toda la biología del amor y fueron contra el plan Noé. Y es por eso que tuve que matarlos. Jordi fue mi compañero y un gran consuelo después de las cazas.

Jian Jun trataba de situar el relato del dragón en la línea de tiempo de la historia que ella había aprendido en el colegio. Pero el relato de Anfínteres aún no había acabado.

—¿Sabes cómo se pronunciaba “dragón” antaño?

—No —respondió Jia Jun.

—Dàragón: De Aragón. Esta es nuestra tierra, tierra de dragones. Y cuando ya solamente quedaba yo, los lugareños quisieron ir contra mí también. Y entonces, Jordi, mi amigo, mi compañero de aventuras, mi única familia, fue en busca de último dragón muerto, y en él, hundió su espada, y al sacarla, esta estaba bañada de sangre azulada, sangre fresca, que por su naturaleza inmortal, parecía seguir viva con el tiempo, fresca y brillante. Y con ella, fue recorriendo los pueblos y las aldeas d’Aragón, mostrando el trofeo del último dragón, y cuando ya todo el mundo estuvo convencido, volvió aquí, a la cueva y me pidió la mano, y yo se la di, y él me cortó con su espada, y mi sangre, roja roja de rosa, se deslizó por la hoja de su espada. Sigues siendo humano, me dijo, debes prometerme que seguirás siéndolo por toda la eternidad. Mientras viva, cada año vendré aquí y me entregarás tu sangre y un libro.

Una nueva sinapsis se crea en la mente de Jian Jun y esta exclama:

—Una rosa y un libro, el día de San Jordi…

Anochece. Podría haber sido un día más, pero no. Hoy es un día grande para la historia de París y, cómo no, para la de la humanidad. Porque hoy, por fin, la torre Eiffel, después de siglos construida, experimentará en sus propios hierros, el verdadero propósito para la que fue hecha.

Gustave Eiffel, su obra, su torre y su verdadero sentido. Encaramada en el punto más alto de la Torre Eiffel, Jia Jun se asegura primero de que lleva el libro con ella, luego, toca la antena y desaparece.

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