Todo aquel que hubiera sido tocado por la magia del conocimiento podía percibir, al traspasar la puerta de Isis, que había entrado en otra dimensión.
Las primeras veces, uno se sentía embargado de cierta incertumbre, qué sitio más extraño, como del pasado. Las paredes llenas de películas de vídeo, y al fondo, un mostrador, y tras él, un hombre erguido como una vela, se paseaba sensualmente de un lado a otro, o escribía en un ordenador demasiado antiguo como para funcionar.
De fondo, un exquisito hilo musical, que alegraba el corazón y te animaba a permanecer allí más tiempo, repasando una y otra vez las mismas películas.
—Hola, la película que me diste ayer no funcionaba.
El hombre, que parecía haberse tragado a Buda, te sonreía con amor infinito y se hacía el despistado. De sobra sabía yo, que él sabía que no funcionaba.
—Ah, ¿noooo? —exclamaba sorprendido. Abría la película, y comenzaba un ritual que parecía mil veces practicado.
—Pues no te preocupes…
No te preocupes, no, pensaba yo con la mala leche de los que venimos de Madrid. Si yo no tengo que estar preocupada, el que tiene que estar preocupado eres tú. Me decía yo para mis adentros.
—Coge otra, sin problema.
Y, con enorme elegancia, como quien sostiene en sus manos una valiosísima reliquia, volvía a poner la película en uno de los huecos de las estanterías, pensando como quien hace que no piensa dónde colocarla de forma estratégica.
Al lado del mostrador, había una especie de corcho o mural, con mensajes colgados. Clases particulares, anuncio de las próximas fiestas del pueblo, y un texto, en el que ponía CONTRTAMS PERSNAL CAPCTADO.
La gente que llegaba y hacía tiempo, se paraba a leer el extraño cartel, que inicia este libro de relatos, por si el lector lo quiere consultar.
Y todos se callaban. Al rato, le decían al dueño del videoclub:
—¿Tú sabes lo que pone?
Él ponía cara de desconcierto y decía:
—Yo aún no he conseguido descifrarlo. Un día entraron por la puerta unos hombres extraños, vestidos como si fueran testigos de Jehová, pero según me dijeron, no lo eran, y me pidieron permiso para colgar el cartel. Les dije que sí, y con las mismas, se fueron, agradecidos pero sin mediar ninguna palabra más.
Otro día, mientras me hacía la tonta, porque quería descifrar a este personaje tan raro, escuché otra conversación:
—¿Tú sabías que —le decía el señor del videoclub a un cliente que había ido allí a pasar el rato— que ya en EEUU han inventado una máquina a la que le pides una pizza y te la fabrica al momento?
—¿Sí o qué? —decía el otro con cara de desconcierto.
—Pues sí, como en McDonalds, por una ventanilla la pides, y por la otra, la recoges. En cinco minutos. De hecho, se llaman así, las FiveMinits.
—Oy Oy Oy, qué cosas inventan los americanos, shiquillo.
Cogí mi película. Y dije adiós. Y él siempre contestaba como si me conociera de toda la vida, cantándome un Adióssssss que duraba hasta que yo salía por la puerta.
—Este tío tiene más cara que espalda, —le decía yo a mi pareja del momento.
Pero ya no podía dejar de ir a Isis. Cada día, necesitaba saber quién era ese personaje de imaginación febril, al que acudían, como yo, día tras días, un grupo de personas, a pasar el rato, a charlar, a desahogarse, a dibujar, a escribir, a hablar de política, y sobre todo, a hablar de las grandes anomalías, conspiraciones y misterios de la historia de la humanidad.
Otro día, acudió un hombre del pueblo que se dedicaba a recorrer una y otra vez las tumbas del cementerio. Estaba obsesionado con la idea de que cuando nacía una persona en el pueblo, era porque había muerto otra en el mismo día y mes. Y cuando se enteraba de un nacimiento, iba a buscar la fecha grabada en las tumbas del pueblo, una por una, y si la encontraba, la apuntaba en su libreta. Luego, iba a Isis, a enseñarle el descubrimiento al señor del mostrador.
El tiempo pasaba y mi curiosidad iba en aumento. Conocía cada palmo del videoclub. La zona porno estaba al otro lado del mostrador, y de vez en cuando, algún hombre entraba, intercambiaba unas palabras de compromiso con el dueño y pedía permiso para pasar.
—Claro —decía él.
Y lo hacía, tratando de endosarle un naturalmente al claro, a través de la forma en que tenía de cantar las palabras cortas, para que se llenaran de emociones, de calidez, y los clientes se sintieran como en casa. A mí, que soy de Madrid, tanta hospitalidad me parecía que rayaba la sociopatía. Firme defensora, como era, de que la bordería era signo de autenticidad.
En otra ocasión, vino un chavalito, con pinta de cani, moreno como solo se puede estar en el Sur, y puso una piedra encima del mostrador y otro objeto raro que no pude identificar desde el lado en el que yo estaba, aparentando estar muy concentrada en la parte trasera de una película para intelectuales.
—Mira, —le dijo el chavalito— ayer por la noche salí al bosque de la Algaida con el detector de metales, y esto fue lo que encontré. Esto puede estar relacionado con la cultura tartésica, y viene a ser una prueba más de que aquí, en esta zona, se encontraba una de las siete Atlántidas.
¿La Atlántida? ¿Qué está diciendo este cani con bermudas y camisa de abanderado de tirantes con tableta de chocolate y musculitos de coches de choque?
Cada día, al llegar a casa, tenía una historia cada vez más sorprendente que contarle a mi pareja.
Y la cosa ya se fue convirtiendo en una verdadera adicción. Por las mañanas devolvía la película, y por las noches, antes de cenar, bajaba otra vez, con la excusa de coger otra.
Los sábados eran el día estrella. Me demoraba más de lo necesario con la excusa de que iba a coger dos, ya que el domingo, el videoclub cerraba.
Así, con la tontería, estuve unos seis meses. Yendo y viniendo. Ya me había empapado de todo. Hasta que un día, de pronto, al lado del mostrador, vi que había una caja de cartón llena de chismes y cachivaches. Nada escapaba a mi curiosidad y a mi poder de observación. Encima, había una carpeta. En ella, ponía:
—Una novela para triunfar.
No pude contenerme. A bocajarro, sin mediar cortesía ninguna, porque yo, en esa época era así, muy de Madrid, muy seca y muy directa:
—¿Es tuya?
—Síiiii — volvió a alargar tanto el monosílabo, que me pareció que duró una eternidad, como si el tiempo se expandiera al hablar— es mía. Pero le falta el final. ¿Quieres leerla?
—¿Aquí?
—Llévatela a caaasssssaaaaa, no te preocupes, sin problema.
Cogí ese puñado de folios, escritos a mano, con boli Bic, y me lo llevé a casa. El manuscrito se llamaba ’La Máquina de los abominables’.
Y entonces, fue ahí, en ese punto exacto del espacio tiempo, con la configuración de las estrellas que hubiera o hubiese en ese momento, ahí, justo ahí…
… es cuando empezó todo.