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Conducía de vuelta a casa de realizar mis compras de Navidad agobiado; agobiado y harto; harto de lluvia, de coche, de tráfico, de aparcamientos, de gentes, de colas, de empujones y atropellos, de arbolitos desde octubre, de adornitos navideños de diseño, de villancicos sin parar, de no encontrar lo que buscaba, de acabar comprando lo que no quería. Una vez vi una publicidad que me decía “Felices Compras”, que ironía; aunque, en verdad, todo se reduce a eso y dudo que seamos más felices por ello. Echo de menos, no sé, unas Navidades más simples.

Entonces fue cuando lo vi aparcando el coche. En la puerta de mi casa estaba ese niño. Lo reconocí enseguida, él a mi no, por supuesto. Lo invité a pasar a mi casa; desconcertado y confuso, silenciosamente aceptó; noté que confiaba en mí.

Este niño pasará la Navidad con nosotros. – Le dije a mi familia. Mi mujer me miró extrañada. Ya te explicaré – La calmé.

Pero no hizo falta; con su natural ternura lo sintió como de la familia al poco, y mis dos hijos con su espontaneidad de niños lo aceptaron fácilmente como compañero de juegos, un hermano más.

Aquel niño me tenía embelesado. Todo le gustaba, me dijo que nuestro árbol era el más bonito del mundo porque las luces cambiaban de color y cantaban una melodía navideña (y yo que odiaba ese tintineo insoportable), le costaba escoger entre tantos canales de dibujos animados, sin embargo aquel día me despertó con los niños de San Idelfonso, y no quiso que cambiáramos de canal. No se podía creer que tuviéramos un cuarto sólo para juguetes, ni que en el frigorífico siempre hubiera yogurt, ni que la alacena estuviera llena de dulces navideños. Mis hijos, entusiasmados, les enseñaban las maravillas que hacían sus olvidados juguetes de Reyes pasados, ante la incredulidad y algarabía de su nuevo amigo al contemplarlo. Lo de dirigir los dibujos en múltiples peripecias en los videojuegos le impactó, y me sorprendió la pericia con la que los manejaba (Debe ser un don, esto de los niños con esas máquinas). Aunque alguna vez lo sorprendí leyendo mis viejos “Tintín”.

Hasta cuando fuimos al centro, mi humilde utilitario le pareció un coche fantástico, sobre todo que el navegador le hablara. De paseo por la calle La Plaza me preguntó dónde habíamos ido; le dije:

Seguimos aquí, en Puerto Real. ¿De verdad? – Respondió; se quedó cavilando y se inundó de alegría.

En la cena de Nochebuena, me quedé mirándolos a todos, en silencio: Mi mujer, mis dos niños y aquel chico en su desenfadada tertulia tras cenar, y tuve que guardar ese recuerdo para poder saber, después, que fui feliz.

La mañana del día de Reyes, él ya no estaba, y tras la marea de regalos mis niños se preguntaron por él. Yo les dije:

No está, debe volver a su casa con sus padres, allí le esperan sus regalos de Reyes.

En la calma de la noche de ese intenso y emocionante día, mi mujer me preguntó:

¿Y ese niño? ¿Quién era? … Eras tú ¿No?

Sonreí con nostalgia y le conté:

– Ya casi ni lo recordaba, era como un neblinoso recuerdo, pero hará unos treinta años le pedí a los Reyes Magos ver unas Navidades futuras… se ve que me lo concedieron; ¿Sabes? Estoy pensando que estas mismas Navidades que tanto denostamos, estas mismas, serán aquellas que nuestros hijos añorarán con dulzura. – MIGUEL A. LEUGIM 07 –

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