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Hoy ha sido un día completamente improductivo desde el punto de vista de la vida externa.

Lo único que he hecho, básicamente, ha sido ir al psicólogo, porque tengo una pesadilla recurrente.

Esta vez me ha tocado un psicólogo robot, porque al parecer, estaba especializado en este tipo de problema, que resulta, sí, resulta, que es más común de lo que yo pensaba, lo llaman pesadillas post-traumáticas del capitalismo, y según los datos del Hacedor hay 200 millones de personas que están afectadas.

Sí, al igual que los judíos supervivientes del holocausto se despertaban sudorosos en su blanca cama de sábanas de algodón de una ciudad estadounidense, la humanidad post-capitalista, a pesar de vivir en una sociedad utópica, no puede deshacerse de lo mucho que sufrió durante ’los duros años’ en los que había que trabajar para ganarse el pan, haciendo cosas horribles para sacar a tu familia adelante.

Lo cierto es que me he quedado un poco flipi flipax de las pesadillas que tiene la peña. Y me he sentido un poco avergonzado de que la mía vaya a formar parte del gran corpus de sueños de la aldea feliz, sobre todo después de escuchar a una chica que había soñado que le pedían en un tribunal de oposiciones para ser funcionaria del gobierno que le arrancara la cabeza a una gallina.

En fin, ahí va lo que he soñado yo.

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