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La reina Letizia es un personaje en el que, desgraciadamente para la Historia de España, poco se ha profundizado de cara al pensamiento masa.

De ella, de su personalidad, de su vida, de su visión del mundo y de su estructura mental se podrían hacer sesudos análisis e interpretaciones, y, sin embargo, todo lo que nos llega a nosotres, los mindundis, no son más que comentarios de bajo nivel intelectual sobre su vestimenta.

Tiene que ser cuando menos frustrante que una persona que se esfuerza 24/7 por ser perfecta en todos los planos del desarrollo humano, físico, intelectual y espiritual, sea cosificada, como un personaje de Valle Inclán, a una percha, de la que lo más que se puede argumentar es su sentido político para elegir vestimenta, y esto en el caso de que ella tenga poder de decisión sobre este extremo en particular.

Y es que este machismo cultural muy español y mucho español reduce a la reina Letizia a una mujer florero, un florero sobre el que se han lanzado, se lanzan y se lanzarán furibundos ataques motivados por el resentimiento social.

Y, como el rayo que no cesa, la cosa no tiene visos de calmarse, sobre todo después del irresistible ascenso de Vox, que tiene un problema ideológico no resuelto respecto de esta cuestión, sí, esta cuestión llamada Letizia. Porque siendo el pensamiento de izquierdas el único que tiene marco teórico para ponerla en valor, su republicanismo le obliga a enmudecer y a abandonarla a las lenguas envenenadas por el brazo armado del poder del capital: el mundo rosa. Este mundo rosa de bajo coeficiente intelectual cuya función principal es entretener a la masa para que no piense. Y es este mundo rosa, sin ningún tipo de cualificación, ni ética, ni moral, ni principios, el encargado, el responsable de analizar a Letizia, una persona que se va a la feria del libro y compra obras ‘raras’ que esta ‘gente’ ni conoce ni leerá jamás de los jamases porque si están ahí, en ese plató de televisión, pagados para hablar de Letizia es precisamente porque ‘no dan pa’ más’.

Para añadir más leña al mono, abandonada por la izquierda intelectual, echada a los leones vestidos de rosa y ahora, en manos de una derecha clasista y ultra conservadora, que sinceramente, por cómo la tratan en Twitter, la odian.

Y la masa aborregada, como diría ‘la derecha alternativa y antiglobalización’, también. El primero por exceso y el segundo por defecto, pero el caso es que, por hache o por be, hay un regimiento de gente que nunca tendrá paladar para saborear sus excelentes cualidades intelectuales ni sus habilidades. Por X o por Y, sí, la reina Letizia es impopular, y no hay nada, nada, que ella pueda hacer para evitarlo sin que implique posicionarse políticamente.

Sobre Letizia, su majestad, planea una paradoja que se convierte en una trampa mortal, un conflicto interno que la estructura y determina como un personaje de Zola. La masa obrera a la que le gustan los cuentos de princesas la tacha de falta de humildad y de campechanía, de estirada, de prepotente, de anti-natural. La clase alta no puede asumir que una persona de abajo se haya colado en lo más alto de la estructura de poder. Porque a estos puestos no se llega por mérito y capacidad, se llega por el privilegio de la sangre, y la sangre de la reina Letizia es oh, sí, roja y muy roja.

Para abundar más en esta paradoja, y tal y como ha destacado Ramón T. Cristo al hablar de Nietzsche y el culo de Kardashian, la masa indocumentada valora que los reyes sean campechanos y humildes, porque no tienen necesidad de serlo, puesto que son seres superiores; pero LAMENTABLEMENTE PARA LA REINA LETIZIA, ella no puede ser humilde, ni cercana, ni natural, ni campechana, porque si lo fuera, entonces, esta conducta no haría más que reforzar su origen social humilde, y se le reprocharía con lengua viperina y envenenada que no acepta el protocolo, ni las normas reales, y que no sabe estar a la altura de ser reina.

Es lo que vulgarmente llamamos estar entre la espada y la pared.

CONTINUARÁ…

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