Salgo de salón. El muerto, todavía caliente, descansa en el suelo, los ojos secos fingen una mirada que desciende por las escaleras hasta aquí. He llegado. Me desplomo sobre el colchón del suelo y comienzas de nuevo a acariciarme con tus palabras. Siempre te deslizas por el lenguaje como un alfarero que esculpe con sus yemas el barro. Te quiero, a pesar todo, a pesar del calor y del frío, del llanto y la risa, la euforia y la abulia; a pesar del silencio y tu mentira, quién desea tu ausencia. Las ideas nunca desaparecen, son las realidades las que nos decepcionan, y hace ya demasiado tiempo que el tú real perdió la guerra de las idealizaciones. Un hombre descansa en el piso y ya no sé quién es, no le reconozco; su aliento ya no es el mío y su canto empezó a aburrirme sin remisión.

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