Rosa: LA RUPTURA

—Este al mediodía, cuando me he levantado, he mirado cuánto pagó la señorita por el servicio “Eyaculación vaginal” que yo tuve el placer de practicarle. Tres millones de dólares. No está nada mal. En la conversación telefónica del otro día, Txatli dijo que más de tres millones de dólares en las facturas del Kalifornia’s es carne de faraón. Hay algunos que piensan que lo de los faraones es un cuento chino, un mito, una leyenda urbana. Yo si fuera faraón haría todo lo posible para que así fuera; si yo controlo el 99% del capital del planeta y lo único que me mueve es la codicia haría todo lo posible para que mi existencia fuera científicamente imposible de demostrar.

—Sí, dime.

—…

—Ok, Rosa, hazla pasar por favor.

—Hola, qué tal.

—¿Molesto?

—Moléstame por favor, todo lo que tú quieras.

—Vengo a traerte esto. Mi novio no ha podido venir.

—Ahora, ¿le haces los recados a tu novio? ¿Trabajas para él? ¿O el negocio es de los dos? Yo soy tu marido, el otro día me lo dijiste, ¿lo recuerdas? ¿Acaso me estás siendo infiel? Te advierto que te quiero tanto que no te dejaría por eso. Respecto de lo de nuestro matrimonio ficticio, ¿cómo es posible que, siendo yo tu marido, todavía no sepa en qué trabajas?

—¿Qué es esto? ¿Un interrogatorio? Preguntar así tan directamente las cosas, y sobre todo cuando se trata de información personal, es de mala educación, al menos es lo que mis padres me han enseñado. Uno debe ser discreto. No bombardear al otro con su curiosidad. Es de mal gusto.

—Hablas como una pija.

—¿Y qué si lo soy? ¿Tienes algún prejuicio al respecto?

—Sí.

—¿Ah sí?

—Por esa regla de tres, yo también podría odiarte por el hecho de que no lo fueras. Todo sería más fácil entre nosotros si le gustaras a mi familia.

—¿Ah? ¿Es que nos vamos a casar? ¿Pensaba que tenías novio?

—Eso es un experimento. Ya te lo expliqué el otro día. Tanto encasillarnos no conduce a ninguna parte. Para vivir diferentes cosas uno se tiene que disfrazar, solo así eres más consciente de cómo te ven y te tratan los demás.

—¿Y esto también es un experimento?

—No, esto es verdad. De hecho, he venido a traerte una cosa. Ábrelo, pero espera que me ponga de rodillas. ¿Quieres casarte conmigo? Yo te quiero. Lo supe desde el primer momento en que te vi. Estos días juntos han sido los más felices de toda mi vida, me gustaría que siempre fuera así.

—Pero si no me conoces de nada.

—Estoy enamorada de ti. Lo sé porque lo siento. Cásate conmigo, yo te voy a hacer feliz.

—Pero, es que todo eso me toca a mí decirlo.

—¿Perdona? No he conocido nunca a una persona más contradictoria en la vida que tú. ¿Pero tú qué te has creído? Siempre predicando cosas que luego tú no eres. ¿Te declaras un feminista convencido y ahora dices que te toca a ti decirlo? ¿Estás evitando la cuestión o es que eres tonto?

—Perdona. Es que no creo que nuestras vidas puedan encajar.

—¿Es porque soy pija?

—Es que no me gusta ese mundo. Es más, lo odio con todas mis fuerzas.

—Tienes prejuicios. No somos diferentes de los demás. Solo tenemos mucho dinero, pero hacemos las mismas cosas y sentimos igual. Todos somos iguales, ¿lo recuerdas? ¿Cómo es posible que no quieras casarte conmigo porque soy rica?

—La verdad es que parece paradójico, pero es así.

—Pero el otro día cuando estábamos en la cama me dijiste que me querías, que yo era la mujer de tu vida.

—Y lo eres, pero odio a los ricos.

—Si odias a los ricos, entonces me odias a mí.

—A ti te amo. Eres una excepción.

—Y tú otra, porque tú también eres rico ahora. Estás lleno de contradicciones. Eres un gilipollas. Te odio. No quiero que nos volvamos a ver nunca más. Te odio, te odio, te odioooooo.

—Espera, espera, por favor, no te vayas. Perdóname, ¿cómo hemos llegado a este punto? No hay nada que pueda ser más importante que esto. Claro que me quiero casar contigo.

—No, tienes razón. Nuestra relación es imposible. Si no, no sería tan intensa como lo es ahora.

—¿Por qué dices eso? Nosotros podemos hacerla posible si queremos.

—Tú no vas a querer.

—Ya te he dicho que sí, ¿a qué estás jugando?

—No te he dicho toda la verdad.

—No importa.

—Sí importa. Yo soy mucho más rica de lo que te piensas.

—No me importa. No lo quiero saber.

—Soy la hija de un faraón. Solo puedo decirle esta información a una persona ajena a mi círculo una vez cada diez años. De hecho, te recomiendan que esperes esos diez años para decirlo. Yo te conozco desde hace unas semanas y ya tienes toda mi confianza, ¿te da eso una idea de la medida de mi amor?

—Lo siento, Dulcinea. Me parte el corazón lo que voy a decir. Pero yo no me puedo casar contigo. No puedo ser familia de esa gente.

—Esa gente soy yo.

—Lo siento, te amo, pero ahora me doy cuenta de que no lo suficiente. No puedo ir en contra de mis convicciones.

—¿Y dónde está la convicción de que me amas?

—La tengo. Pero yo quisiera tener hijos.

—Y yo también.

—Pero no puedo pedirte que abandones a tu familia por mí. Si tuvieras un hijo, tus padres querrían conocerlo. Yo no quiero para mi hijo ese tipo de vida.

—Si no me aceptas como soy, no me quieres realmente.

—Yo te amo, pero esto no es una comedia romántica, ni tú y yo nos vamos a suicidar como Romeo y Julietta, ni vamos a dejarlo todo por estar juntos. No tenemos que hacer nada de esto si aceptamos verdaderamente al otro. Lo siento, pero yo no puedo formar parte de tu familia. No puedo unir mi riqueza a la suya. Pasaría a ser parte de ellos. No es eso lo que yo quiero para mi vida.

—Ya veo, yo en cambio soy reemplazable.

—No. Nunca te olvidaré. Es posible que te siga queriendo toda la vida. Pero yo ya he elegido.

—Ya veo. Pues en ese caso. Buena suerte.

—Lo mismo digo.

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