Rosa: Desayuno en Tiffany’s

Todo lo que se pueda comprar con dinero es barato.

—Dulcinea, querida. Ya lo hemos hablado mil veces. No pongas los codos sobre la mesa y, por favor, compórtate de acuerdo a lo que eres, coge el cuchillo y el tenedor para pelar la naranja. La clase se lleva en la sangre, ¿quieres tirarnos el cuento abajo con tus experimentos?

—Mamá, no me presiones, te lo pido por favor. No me hagas hacer un escándalo en el Tiffany’s porque sabes que no tengo ningún sentido del ridículo y que me importa cero lo que piense el exclusivo círculo del que vosotros formáis parte.

—Formamos, querida hija, formamos.

—No, papá, yo no formo parte de este mundo.

—Querida hija, yo soy tu padre y te quiero. Siempre te querré. Me costó aceptar que no quisieras trabajar en ninguna de nuestras empresas. Me costó también aceptar que anularas el matrimonio con el faraón más joven, Adil. No sabes cuánto sufro cuando te veo estudiar en la Universidad del Sexo. ¿Qué necesidad tienes de ser prostituta? ¿No ves que es lo más desagradable que existe sobre la tierra? Solo los pobres lo hacen. Tú eres la mujer más rica sobre la faz de la tierra. No me entra en la cabeza por qué quieres ser una puta. Tienes que comprender que he cedido mucho en nuestra relación, en aceptarte como eres, en respetar que eligieras tu camino. Ahora bien, tu madre y yo te hemos citado aquí porque queremos decirte que no vamos a aceptar tu relación con … en fin. No puedo ni siquiera pronunciar su nombre.

—Perdona mi lenguaje, hija, pero ese señor es un drogadicto, un putero y un dictador. Tiene a sus empleados dominados por estrategias populistas. Tenemos un Chávez en California.

—Fuera de todo ello, hija, tienes que comprender que este señor atenta contra nuestros intereses de clase, y que no podemos admitirlo en la familia; es más, no podemos admitir que ningún miembro de nuestra familia acepte lazos con él.

—Papá, mamá, yo soy un ser libre. Yo no he pedido ser hija de un faraón.

—Pero lo eres, niñita. No puedes cambiar tus orígenes. Todo el mundo desea ser rico, no te entiendo.

—Yo me alegro de ser rica.

—Pues escúchame bien, Dulcinea, yo soy tu padre y lo que voy a decir ahora no quiero que se te olvide jamás: todos en esta vida tenemos un precio.

—Y ahora escúchame tú a mí, y espero que esta frase tampoco se te olvide: todo lo que en esta vida se pueda comprar con dinero, es barato. Papá, mamá, muy buenos días y hasta nunca.

Deja un comentario

error: Este contenido está protegido, no puedes copiarlo ni publicarlo en otro sitio web.