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Preocupados y pensativos, y a sabiendas de que la pradera, el templo, las fuentes y las acequias, los arroyos y ellos no eran tangibles, solo un producto de su propia luz y de su imaginación compartida, los seres de luz decidieron ocultarse en el basto plano de la materia y la energía oscura.
Y dentro de ella, en un lugar inhóspito, recóndito, el último lugar, allí donde los vencedores, los constructores de la destrucción, nunca jamás irían a buscarlos.
Y no tenían elección, ya que si se quedaban en su hogar, su supervivencia sería imposible.
Aquellos supremos adoradores de la Nada no mostraban ninguna piedad hacia los frutos del universo que ‘no servían para algo’, nosotros, o mejor dicho, nuestro Algo, nuestro diminuto universo éramos, para ellos, apragmáticos, carentes de sentido.
Los No Seres habían vencido y empezaban su destrucción en la Galaxia Central. Comenzaban desde las entrañas hacia afuera, y no descansaban hasta convertirlo todo en pura y simple Nada.
Desde todos los rincones del universo los seres de luz habían venido a evitarlo, sin éxito.
Y, ahora, reunidos en este templo de luz, lugar improvisado para su seguridad y cobijo, los pocos supervivientes debatían sobre su futuro más inmediato.

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