Blog

CALENTANDO LA CENA UNA NOCHE DE VERANO, Gregorio Olías tomó conciencia más que nunca de que su vida era un puro aburrimiento. Hacía tres cuartos de hora que había salido del trabajo y ya estaba en casa desde hace treinta. Un cuarto de hora en llegar. Siempre tardaba lo mismo. Siempre el mismo trayecto. Todo era tan predecible. Nunca ocurría nada. El trabajo le dejaba sin fuerzas para realizar cualquier otra actividad que no fuera la de recalentar la comida, perder la vista hacia el infinito en la atrayente luz de la pantalla del televisor y luego, después de Casimiro, la cama, a dormir que mañana hay que levantarse pronto para trabajar. Y volvía otra vez a pensar en esa vuelta a casa después del trabajo y en que cuando tardaba más de lo necesario era porque aguardaba a que la realidad le asaltase con algo nuvoe, bueno o malo da igual, lo importante es que ¡por favor, dios, te lo pido! fuera inesperado. Pero durante catorce años nada ocurría. Cómo si viviera en un pueblo, su vida era inmóvil, y su suegra, dicho sea de paso ahora que un ronquido suyo le había traído de vuelta a la cocina, algo cada vez más insoportable.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Universo Borg
error: Content is protected !!