Primera cita, entre el primer y segundo día de juicio.

Femme qui rit, a moitiédans son lit.
Dicho en la cultura francesa.

Traducción literal: Mujer que ríe, la mitad en tu cama.

(Suena el teléfono, soy yo de nuevo, el narratario, que ahora me expreso entre paréntesis.)

—¿Y ahora qué? Cuéntamelo todo y ya.

—Sí, hola, doctor. Soy Rosa. Que te llamo para avisarte de que la persona de la que me dijiste que te avisara si volvía a venir está aquí y pregunta por usted.

—Por ti, Rosa, por ti.

—No, por mí, no. Por ti.

—Bueno, bueno, muchas gracias, Rosa. Es una noticia estupenda. Ahora voy yo a buscarla. Dame cinco minutos, que tengo que hacer una gestión antes, no dejes que se vaya. ¿Ok?

—Está bien, doctor. Buenas tardes.

—Buenas tardes, Rosa, y gracias.

Me levanto de un salto, me pongo las botas y salgo corriendo endiablado hacia la sala de cámaras del FBI en el Kalifornia’s. Por el camino voy pensando a mil por hora la manera más polite de decirles lo que le tengo que decir y no sé cuánto tiempo voy a tardar. Veamos.

—Perdona. Espera, que recupero el aire. Esta marihuana me está matando. Hola, muy buenas tardes.

—Buenas tardes, doctor Roger.

—Buena, buenas, muy buenas. La tarde de hoy es tan buena que ha venido una mujer bellísima a verme a mi despacho. ¿Serían ustedes tan amables de cortar las cámaras por unas horas? A no ser que quieran verme en ese trámite, pero no se lo recomiendo. Si quieren, en materia de vídeos, hay cosas mucho mejores en la red.

—Tenemos que llamar a la inspectora. Y ahora no está en la oficina. Hay que esperar a que vuelva.

—Perdone, me tengo que ir ya, me están esperando. Ustedes sois competentes para tomar vuestras decisiones. El voyerismo es una opción de vida.

—(…)

—Hola, perdona que haya tardado, quería arreglar un asunto, pero al final no sé si lo he conseguido. A veces me matan las formas.

—O las formas son matadas por usted.

—Roooosaaa, qué bonita oración pasiva acabas de hacer; algunos dirían que es agramatical, pero no te preocupes, es solo un prejuicio lingüístico.

—Qué alegría verte. Y, dime, ¿qué te trae por aquí?

—Tenía curiosidad por el sitio. Me gustaría que me explicaras cómo funciona.

—Muy bien. ¿Pasamos primero a mi despacho? Allí te haré primero la introducción teórica.

—Pero, luego, ¿vendrá la práctica?

—Por supuesto, la teoría no sirve de nada si no se pone en práctica, sobre todo en estos casos.

—Ah, ¿sí? ¿Y cuál es nuestro caso?

—Categorizaciones, no por favor, es muy temprano. ¿Quieres fumar marihuana antes de que empiece la visita?

—Gracias. Este sitio es magnífico. Me imaginaba un despacho de cuatro paredes con un ordenador. Este sitio es flipante.

—Muchas gracias, qué maja eres. ¿No sentamos aquí en el sofá? Pero antes déjame hacer una llamada.

—¿Sí, Rosa? Mira, no me pases llamadas, voy a estar muy ocupado.

—He visto unos policías por aquí. Eres muy famoso. A la gente no le gusta que sepan que vienen aquí. ¿No ha bajado el negocio?

—Bueno, es que la gente se piensa que los policías son clientes. Siempre hubo el mismo número de policías por aquí. Los disfraces que representan posiciones de poder social son muy utilizados en el Kalifornia’s. Mira, ese hombre que va por ahí, vestido de traje, no es un alto ejecutivo, sino un limpiazapatos que trabaja en la puerta del Barclays que está en la esquina. Y, justo, aquí. Al otro lado, ese policía no es policía tampoco, sino que va disfrazado. Venir disfrazado es uno imperativo legal para entrar en el Kalifornia’s. ¿Ves a esa mujer con burka? Pues es un hombre. Un pederasta. Viene aquí a curarse.

—Entonces, aquí es imposible saber quién es uno realmente.

—No solamente aquí. Ahí fuera también vamos todos disfrazados, siendo todos iguales como somos en realidad. Pero, bueno, espera un momento que tengo que hacer un truquito de magia, porque de lo contrario estas cámaras mirarán todo lo que vamos a hacer.

—¿Y qué vas a hacer? ¿Me vas a violar?

—Nada más lejos de mi intención, pero en todo caso nos violaríamos mutuamente.

—Ja, ja. Qué divertido. ¿Y quién empezaría?

—Ay, qué gran pregunta. El momento transición.

—Sí, claro. ¿Cómo sería la transición?

—Pues hay de diferentes tipos.

—¿Y cuál prefieres?

—Buscamos en el mayor portal de porno en la red, Wide6, un vídeo al azar, sin mirar, y hacemos lo que el vídeo diga.

—Me parece una gran idea.

—Bueno, esto ya está. ¿Por dónde íbamos? Estoy muy contento de verte, me has alegrado el día.

—Muchas gracias.

—Perdona por el otro día, es que me quedé un poco chocado al verte. El caso es que me recordabas a alguien y, de pronto, no sabía a quién.

—Todos tenemos un pasado.

—Sí, pero algunos son más aburridos que otros. Y el tuyo pinta bien interesante.

—Dime, ¿te has pasado alguna vez al otro lado?

—Al otro lado de dónde.

—Sí, imagínate que estás acostumbrado a vivir una situación desde una perspectiva, y de buenas a primeras, un día, se te ocurre que podrías vivir la misma situación pero desde otro lugar.

—Sí, te sigo. ¿Un ejemplo concreto?

—Conoces el tópico: hay una ley universal que dice que la belleza de la guapa es inversamente proporcional a la belleza de su amiga la fea. Pues yo antes era la fea, ahora quiero saber cómo se comportan los hombres con las guapas, y estoy descubriendo cosas muy interesantes.

—Hay una película malísima de Paris Hilton que va de eso. De todas maneras, puedes ser guapa y no hacerte la tonta. Con tu novio te haces la tonta.

—Lo hago para que no se sienta inferior. Las mujeres siempre escondemos el conocimiento. Goffman ya lo demostró contando el caso de alumnas norteamericanas con sobresaliente en matemáticas que le preguntaban a sus novios por simples sumas para cumplir lo que se esperaba de ellas.

—¿Goffman? Pero ¿no dijiste el último día que hacía mucho que no estudiabas?

—Es lo mismo. No hay que dar información que no es relevante. Yo ahora me estoy haciendo la tonta y quiero saber qué pasa.

—¿Y por qué me lo cuentas a mí?

—¿Y por qué no te lo voy a contar?

—Ya, ya. Bueno, ¿qué quieres hacer? ¿Quieres que demos una vuelta por el lugar para que lo conozcas o pasamos directamente a jugar al Wide6?

—Una vuelta primero.

—Pues ven, que te voy a enseñar una cosa que espero que te guste.

—Ah, ¿sí? Qué bien, pues vamos.

—Deja tus cosas aquí. Si luego vamos a volver, ¿no?

—Lo prometido es deuda.

—Pues salgamos. Mira, ahora subimos por el ascensor y vamos a la planta que llamamos virtual. En ella te pones un casco y sientes la fantasía que se está proyectando como si fuera tuya. ¿Te gustaría vivir la experiencia?

—Sí, pero no tengo fantasía.

—No importa. Yo te he preparado una sorpresa, espero que te guste.

—A ver qué va a ser, no me asustes.

—No te preocupes, no es nada raro; de todas maneras, si no te gusta, siempre lo puedes parar. Mira, cuando le das aquí se apaga la luz, se desconecta todo, y vuelves a esta realidad.

—¿Y este dispositivo nunca se rompe?

—Es imposible.

—Está bien.

—¿Te atreves?

—Pues claro, si no es nada del otro mundo.

—Muy bien. Yo te espero en mi despacho, esto durará un cuarto de hora.

—¿No te quedas aquí conmigo?

—No, es un momento íntimo.

(…)

—Hola.

—Hombre, ya has vuelto. A ver, déjame que me acerque, ¿puedo tocarte la piel? Gracias. Pues sí, definitivamente tu cutis está mucho más suave ahora. Los orgasmos tonifican la piel, es un hecho comprobado.

—Ja,ja,ja,ja. Qué gracioso eres.

—Femme qui rit, moitié dans son lit.

—Cuando quieras pasamos a la otra mitad.

—Tus deseos son órdenes para mí. Espera que baje la pantalla de cine, conecto el Home Cinema a Internet y cuando quieras nos ponemos a jugar. ¿Quién empieza?

—Yo.

—Ok. Querida Julietta, espero que estés a la altura de la situación. Veamos, cierra los ojos, pulsa, y ahora, pulsa otra vez.

—No me llamo Juletta, en realidad, me llamo Dulcinea. ¿A ver? ¿Cuál ha salido?

—Comienza ahora.

Al habla de nuevo el narratario. Lo que estaban viendo los participantes de esta situación era una mujer gorda con una camiseta negra y desnuda de cintura para abajo. La mujer sale de espaldas pero de vez en cuando se gira para ver a la máquina. Lo que ve el espectador es cómo se acerca al sofá del salón de su casa, abre un paquete de Klínex, coge uno, lo extiende sobre el brazo del sofá, abre las piernas y comienza a refregar el pubis contra el brazo del sofá mientras mira, como ya hemos dicho, de vez en cuando hacia la cámara. El vídeo dura unos veinte segundos aproximadamente.

—Bueno, ¿qué? ¿Te animas, Dulcinea?

—Ja,ja,ja. Pero ¿cómo voy a hacer eso?

—¿Ahora te vas a rajar?

—Está bien. Acepto, pero con condiciones.

—¿Condiciones? ¿En plural? Una condición yo creo que es más que suficiente ¿no te parece?

—Está bien, una condición.

—¿Cuál?

—Que hagas tú de brazo de sofá.

—Ja, ja, ja. ¿Qué quieres saber? ¿Quién lo hace mejor? ¿Si el programa Kalifornia’s Dreaming o yo?

—Sí. El hombre o la máquina.

—Interesante cuestión.

—No. En realidad, no sería así. Sería una competición entre tú y yo, puesto que en el programa era yo quien me lo hacía a mí misma. Por cierto, esa fantasía es buenísima, ¿cómo se te ha ocurrido?

—A mí no se me ha ocurrido nada. Es una de las fantasías más frecuentes de los invitados. Quieren experimentar cómo se chuparían ellos mismos esta parte del cuerpo. Nuestra columna vertebral nos impide que lo podamos hacer en la realidad real. La gente se lo plantea como posibilidad, pero su naturaleza no está hecha para esta actividad. Pero dejemos este rollo, no te puedo dejar de mirar, eres un bomboncito muy atractivo. Creo que ha llegado el momento, deja primero que te mire, ven aquí.

(Quince minutos después)

—¿Y bien?

—La máquina siempre será superior al hombre. Jajaja. Que nooo, que es broma.

—Ja, ja, ja. Ya veo. Bueno, yo he visto que te lo has pasado muy bien, pero bueno, no quiero tampoco que me tires flores. Yo sé que soy bueno.

—Ja,ja,ja. Te toca a ti.

—Sí, es cierto, es mi turno.

—Un, dos, tres, ya; un, dos, tres ya.

Y en este momento, aparece querido lector, en la pantalla, un hombre negro y una mujer blanca. La mujer con el pelo moreno lleva una minifalda negra sin ropa interior, y en la parte de arriba una camiseta ajustada roja con los botones abiertos. Del escote le salen dos pechos grandes con los pezones pequeños y oscuros. La mujer está inclinada en una escalera de caracol dentro de una mansión con suelos de mármol. Al otro lado de la barandilla, está el hombre negro con un miembro gigante al que la barandilla le sirve de tope. El hombre se levanta el miembro duro con la mano, ya que el miembro está duro pero es tan grande que no se erecta por sí solo, y lo introduce en el ano de la chica morena. La escena dura unos 15 minutos.

—Muy bien, ¿te atreves a hacerlo? Claro, que yo no te puedo prometer lo de ese man.

—No te preocupes, no lo vas a necesitar.

—¿Cómo?

—Es que sinceramente no me parecería justo. Antes tú hiciste algo que me daba a mí placer. Ahora, si somos justos, me toca a mí darte placer, con lo que soy yo la que te penetro.

—Ehhhh.

—¿Algún problema? Espero que no. Pensaba que tú no eras tan machista como mi novio. Los hombres como él tienen un serio problema con su ano. Es una parte del cuerpo que les conflictúa bastante, y prefieren que nadie les toque ahí. Eso les hace hombres y les diferencia de las mujeres. De hecho, no paran de pensar en hacerle eso a una mujer, es su obsesión más profunda. ¿En qué posición nos deja a nosotras las mujeres? Algunas lo hacen para complacerles, otras porque les gusta, otras piensan que ya el mismo hecho de proponerlo es una falta de respeto a su moralidad, y que solo las putas o las que se comportan como ellas son las que lo hacen. No podemos dejar de mirarnos a través de los ojos del hombre.

—Yo creo que tienes que hacer lo que a ti te apetezca.

—Sí, pero es mejor estar con una persona que piense que lo hace para darte placer, no buscando su propio placer.

—Yo puedo hacer esto. No me importaría nada darte placer.

—Hagamos una cosa. Yo te hago esto a ti y luego tú me haces a mí todo lo que tú quieras.

—Hecho. Ya veo que eres pasivo-activa. Me encantan, esas son mis preferidas. Cuando quieras. El lubricante está en ese armario. Qué suerte que también aquí haya una barandilla.

—Sí, es cierto. ¿Y a dónde conduce?

—Es secreto. No lo puedo decir. Estoy preparado. ¿Me pongo también una minifalda?

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