Negro: La prueba de convicción

—Hola, soy el presidente de la mesa, me llamo Jorge y me toca comunicar algunas cosas. Antes de abrir la sesión, tengo que explicaros la que me ha parecido a mí la mejor dinámica para llevar la deliberación. Se nos ha dicho que debemos pensar todo este tiempo en la película que nos han pasado en el cursillo. Pues bien, siguiendo la dinámica de la película, se hace primero una votación y, luego, vemos. ¿Os parece bien?

—Sí (todos).

—Pues comencemos. ¿Cuántos votan culpable? Cero. ¿Inocente? Cero. Bueno, la verdad es que en la película no decía nada de esto. ¿Y ahora qué hacemos?

—¿Nadie lo tiene claro? Bueno, pues, al menos, ¿alguien puede decir por qué no lo tiene claro?

—Es que nos ha tocado un caso súper difícil. No sé qué votar. Es una decisión muy importante.

—Bueno, pero tenemos las pruebas, han dicho que nos centremos en los hechos.

—Vamos a hacer una lista en la pizarra.

—Ok.

—Yo apunto.

—Veamos.

—Pruebas que lo hacen culpable, cuatro: sicopatía, droga de la verdad, lazos con los asesinados y el lugar de trabajo. Pruebas que lo hacen inocente: no hay ningún hecho observable que lo implique directamente, salvo el lugar de trabajo. Son una prueba a favor y cuatro en contra.

—Son pocas pruebas para llevar a un hombre a la muerte, como dicen en la película, y como dijo el abogado de la defensa, al finalizar su discurso.

—Es lo que hay. El tiempo también es importante. En la película se ve. La vida de un hombre merece tiempo, nadie de los que estamos aquí piensa en lo contrario, todos estamos implicados. Ahora bien, ¿cuánto tiempo vamos a necesitar para decantarnos por un uno o por un cuatro?

—No hay dos ni hay cuatro. Estos hechos son aislados, no hay una relación de causalidad entre ellos.

—Perdone, ¿le puedo preguntar a qué se dedica?

—Me llamo Miguel Ángel y soy agente de bolsa.

—¿Puede repetir lo que ha dicho? No le entendido bien.

—Será un placer. Las cosas pasan por dos maneras, o por una causa o por azar. Se dice que es azar cuando es imposible determinar la causa.

—Pero aquí hay una causa. Es una venganza. Que no sepamos cómo lo ha hecho no significa que no lo haya hecho.

—Sí sabemos cómo lo ha hecho. Lo que pasa es que no le hemos visto haciéndolo, ni hay ningún rastro suyo de ningún tipo en los cadáveres.

—Lo único que sabemos es que sus fantasías se han hecho realidad.

—¿Se han hecho? Mejor deberíamos decir que él ha hecho sus fantasías realidad.

—Creo que me he perdido.

—Bueno, señores, creo que nos tenemos que apegar a los hechos concretos, no a las posibilidades.

—No estoy de acuerdo. No sabemos si lo ha hecho o no. Tenemos que jugar con posibilidades. La pregunta que debemos hacernos es qué posibilidad es más fuerte, la más verosímil, la más posible o realista.

—Si es así, es culpable.

—Votación.

—Seis culpable, seis inocente.

—Bueno, ya es algo.

—Hemos dicho que debemos elegir entre un uno y un cuatro. No estoy de acuerdo. Así le damos el mismo valor a todas las pruebas. Los cadáveres aparecieron en su local. Nadie ve y sabe nada. ¿Cómo es posible esto? Se nos ha contado que un alto porcentaje de la gente de allí son inmigrantes que trabajan cuatro horas y ganan mucho dinero. Todos tienen la posibilidad de educarse y de graduarse oficialmente con un título en La Universidad del Sexo, con lo cual, alcanzan legitimidad y reconocimiento social en el sistema. ¿Y qué persona va a poner en peligro eso?

—Es posible que todos le hayan protegido, incluso que le hayan ayudado. El testimonio de Rosa apuntó en el juicio hacia esa hipótesis.

—Sí, yo creo que deberíamos elevar la declaración de Rosa al estatus de hecho. Es un hecho que Rosa protege a su jefe.

—Sí, pero no es un hecho que todos le protejan. Uno no quiere decir todos.

— Antes se ha apuntado la hipótesis de que es posible que le protejan e incluso que le ayudaran. Bien. Pero no es un hecho, ¿y cómo sé que no es un hecho? Porque lo puedo cambiar y decir que existe otra posibilidad y es que alguien de ahí le odie tanto que le quiera incriminar o quedarse con su puesto.

—Entonces Rosa ya no sería la encubridora sino su enemigo, puede haber estado fingiendo, los sicópatas mienten y no se les nota nada.

—Pues estamos buenos, ¿ahora qué hacemos?

—Estamos intentando decidir cuáles son los hechos más relevantes.

—Sí, pero acabo de explicar que el testimonio de Rosa no puede ser un hecho, con lo que no hay que considerarlo.

—Está bien, volvemos a cuatro a uno.

—Vayamos a los hechos de culpable, porque en realidad son estos con los que debemos trabajar, ya que no tenemos que demostrar su inocencia sino su culpabilidad.

—El orden de relevancia sería: lugar de trabajo, relación laboral y lo dicho bajo los efectos del suero de la verdad.

—Primero lo que se puede oler y tocar, luego que se puede averiguar y, luego, lo que la ciencia dice que es así.

—Sí, porque la ciencia ahora puede decir una cosa y luego otra. Los científicos cambian de opinión, no siempre lo saben todo.

—No estoy de acuerdo. La prueba científica debe tener el mismo estatus que las demás. De hecho, la verdad científica tiene más estatus que cualquier otra verdad. Hemos visto el experimento, incluso hemos tenido oportunidad de visualizar algunos vídeos, sabía todo detalles, ¿qué probabilidades hay de que una persona imagine una cosa así y que esta pase sin su voluntad?

—Dígame, ¿alguna vez se ha enamorado?

—Sí.

—Y estaba pasándole justo como esperaba que pasara, ¿verdad?

—Sí.

—¿No puede ser que a este hombre el universo le haya hecho su sueño realidad?

—Perdone, yo es que creo que debemos ser objetivos. No está probado científicamente que el universo pueda configurarse para crear la realidad como a nosotros más no acomode. Por ejemplo, yo sueño todos los días que soy rico y nunca lo soy.

—Hace tiempo viví en Colombia y asistí a una corrida de toros. Un toro se escapó de la plaza y se metió en un edificio; cuando el torro corría hacia el ascensor, las puertas de este se abrieron y una persona quedó atravesada entre los cuernos del toro y la pared del ascensor. ¿Qué probabilidades hay que de esto ocurra?

—¿Está usted diciendo que el hombre soñó con eso?

—Estoy diciendo que el toro fue el que lo soñó.

—Jajajaja, ya lo que faltaba, y la puta al río, no te jode.

—O sea, que usted está básicamente defendiendo que este hombre no es culpable porque hay una posibilidad muy retorcida, tanto como la del toro, por la que él ha soñado algo que ha pasado en la realidad independientemente de su voluntad.

—Lo único que digo es que esa posibilidad existe. Aunque no podamos explicarla de forma racional, debemos contar con ella como posibilidad.

—Ya, pero no es muy probable. Y en cambio, la gente se mata todos los días; perdone que le saque la estadística, pero el año pasado se cometieron en EEUU, un millón crímenes, el setenta y cinco por ciento a manos de gente que pertenecía al entorno de la víctima.

—Y ahora le saco yo a usted otra estadística. Desde que se fundó el Kalifornia’s la tasa de crimen en el barrio en el que se encuentra ha disminuido drásticamente. Cero criminalidad sexual y solo un uno por ciento de lo que en las sociedades capitalistas se llama delincuencia común, que es cuando los que no tienen nada roban con violencia a los que tienen un poco. Parece que el Kalifornia’s ha influido fuertemente en la economía y salud mental de sus clientes.

—Ese hombre es culpable. Lo mire por donde lo mire. No me cuente rollos para justificar la prostitución en nuestras sociedades. Salud mental, amos no me jodas, lo que me faltaba ya por oír.

—Votación.

—11 culpables, 1 inocente.

—¿Le importaría que le preguntara qué podemos hacer para convencerle?

—Escúcheme, ¿se ha imaginado usted como se sentirá si vuelve a matar?

—Si vuelven a matar a alguien en ese local, sabré que no ha sido él, estaré tranquilo.

—Pero no puede estar tan seguro.

—Lo estoy.

—Pero, ¿cómo lo sabe?

—Vosotros lo llamaríais intuición. Siento la certeza de que él no ha sido.

—Antes usted nos ha dicho que era agente de bolsa. ¿Ese trabajo no consiste en adelantarse a las cosas?

—A veces uno sabe cosas que no sabe cómo ha aprendido, ni tampoco sabe de dónde viene esa información, si del pasado o del futuro. Yo lo único que digo es que yo sé que ese hombre no ha sido.

—Usted debe justificar su postura con argumentos racionales, que se puedan contraargumentar, lo que en cambio está usted pidiéndonos es un acto de fe. ¿Por qué debo creerle? A mí nunca me ha pasado eso.

—A mí, sí. Yo una vez tuve un presentimiento igual. Trabajaba en una empresa y se acusó a un empleado de robo. Todo apuntaba hacia él, de hecho al final, se contradijo y terminó confesando su culpabilidad. Sin embargo, incluso después de que esto pasara, yo seguía teniendo el mismo sentimiento, la certeza, efectivamente, usted lo ha dicho. Yo lo pasé muy mal en ese tiempo, sufrí mucho, porque me negaba constantemente a despedirlo. Y al final no tuve más remedio que hacerlo porque los de arriba me presionaron mucho. Pasaron tres meses, y volvieron a robar en la empresa. Sentí un gran alivio cuando pasó. Pero con el acusado, no he sentido nada al respecto, no me ha pasado. Por tanto, es relativo.

—No, hombre, no, esto no funciona así. Estas cosas o te pasan o no te pasan, y a veces te pasan, y otras no. Yo le creo. Voto inocente.

—Pero, perdone, señor, no va con usted, pero no puedo aceptarlo, a lo mejor se lo está inventando.

—La única manera de que me creáis es que sintáis hacia a mí la misma certeza que yo siento respecto a esta persona: tenéis que sentir la certeza de que digo la verdad.

—¿Cuántos le creen?

—Yo lo siento, pero esto se está yendo ya de madre. ¿De qué va esto? ¿Resulta que empezamos con los hechos y hemos acabado en la religión y en el mundo de lo paranormal? ¿Cómo asíiii?

—Es verdad, eso que dice usted no está demostrado científicamente, no se ofenda, pero podría estar bajo el efecto de una droga.

—¿El suero de la verdad, por ejemplo?

—No, otra. Mire, usted tiene un presentimiento, siente algo, eso no se lo vamos a negar, lo que sienta es una cosa, que la causa de lo que sienta sea que este hombre es inocente es otra cosa bien distinta, oiga.

—Hagamos una votación.

—Diez a dos.

—Esto no mejora. Yo creo que hemos tocado todo: probabilidades, hechos, interpretaciones, hipótesis, argumentos estadísticos… y estamos como al principio.

—Como al principio, no; estamos diez a dos. Y estas dos personas basan su juicio en lo que uno dice que ha sentido y en lo que el otro dice que el otro siente y que él se creyó. Fue así cómo se escribió la biblia, ¿sabe usted? Transmisión y deformación por vía oral.

—Oiga, la biblia es un texto sagrado. ¿A qué viene meterse con él?

—No, es un ejemplo.

—Bueno, bueno, señores, haya paz.

—Estoy harto. ¿Por qué tenemos que aceptar esta locura? ¿Usted va de iluminado por la vida? ¿Quién es usted? Le llevo observando desde que ha venido.

—Yo soy el que soy.

—¿Y eso qué quiere decir?

—Eso es una cita de la biblia.

—Apaga y vámonos. Ya solo nos faltaba que uno que se cree Jesucristo sea miembro del jurado.

—¿Me creerías si lo fuera?

—Perdonen, señores, yo creo y, lo siento, pero esto lo digo directamente por ti, que demos volver a los hechos y al objetivo. No nos salgamos del tema, por favor.

—No. Este es, en realidad, el tema. Yo soy el que soy, por eso digo que este hombre es inocente. Ustedes no me creen y lo comprendo. Necesitan pruebas. Está bien. Vamos a jugar en vuestro campo. Ahora voy a escribir en media cuartilla de folio la fantasía sexual más secreta que vuestros cerebros hayan concebido jamás. Nadie conoce esta información, solo vosotros. Es secreta, repito. Cuando termine, iré repartiendo las cuartillas. Si he acertado, votaréis inocente, si he fallado en alguno de vosotros, votaréis culpable.

—(presidente)¿Estáis de acuerdo?

—Aquí hay un matemático en la sala.

—Oiga, ¿cómo sabía que era matemático?

—Porque yo soy el que soy. Por favor, dígale al resto qué probabilidad tendría de que acertara la fantasía más secreta de diez personas descritas en imágenes.

—Tan escasa que se podría considerar despreciable. Esto quiere decir que es prácticamente imposible.

—Si acierto, demostraré que tengo un alto conocimiento del otro. Y que conozco información a la que vosotros no tenéis acceso. Y probaré que este hombre no es culpable. Y la razón de peso es que lo sé porque lo sé. ¿Estáis de acuerdo?

—(presidente) ¿Votamos?

—(Todos) sí.

—Está bien. Escriba delante de todos, que lo podamos ver bien claro. A partir de ahora quiero ver que no mueve sus manos de encima de la mesa.

—Creo que deberíamos fijar un tiempo, para que no se pierda pensando invenciones.

—Lo haré en media hora.

—Estupendo.

—¿Le importaría usar estos folios?

—¿Y mi bolígrafo?

—Sí, claro, por supuesto.

—Bien. Comienza la prueba.

—30 minutos.

(…)

—Tiempo.

—Haga el reparto.

—Está bien. Todos tenemos el papel delante. Ábranlo. Tenemos veinte minutos para reflexionar el voto final y leer la carta cuantas veces queramos.

—Yo no necesito veinte minutos. Voto inocente.

—Inocente, inocente (van diciendo uno a uno).

—Bueno, pues ya hay un veredicto.

—Gracias a todos por su colaboración. Hasta la vista.

(Van abandonando la sala uno a uno)

(Una vez fuera, a Miguel Ángel lo llaman por teléfono.)

—Dígame.

—Joder, macho, ya era hora, me da un rabia que no me cojas el móvil… ¿Lo has salvado?

—Sí.

—¡Toma, toma, toma, pastillas de goooomaaaa!

—Afortunadamente, acerté.

—Afortunadamente, ya, ya. Eres el rey de la abducción.

—Ahora es tu turno.

—No te preocupes. La carta llegará en el momento justo para tomar decisiones.

—Estupendo. Nos vemos en Un Mundo Feliz. ¿Vendrás?

—Ahí estaré.

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