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—Buenas noches, señor Miguel Ángel, espero que la sesión de hoy te sirva también de ayuda.

—Llámeme sólo Miguel Ángel, por favor. Está bien, Eliza, crees que puedes ayudarme, ¿no es cierto?

—¿En qué crees que puedo ayudarte, Miguel Ángel?

—Quiero que me ayudes a que otro mundo sea posible. Nunca vi este mundo tan sucio y maloliente. Habéis viciado su aire con las pestilencias del carbono, el mismo carbono que os dio la vida. Habéis roto la atmósfera con los fluoruros, la misma atmósfera que os protege. Dañáis el agua, la misma agua de la que estáis hechos.

—Estás hablando conmigo. ¿Por qué usas la segunda persona del plural?

—Tú, no. Todos, sí. Fustigáis, con ciega cólera, la piel del planeta que os mantiene; y, de sus heridas, brotarán huracanes, ciclones, terremotos, volcanes. Tendréis un planeta en el cual ni el frío ni el calor, ni el día ni la noche conseguirán mantenerlo equilibrado. No será esto castigo de Dios, sólo el humano posee la capacidad de castigar, de castigarse a sí mismo.

— ¿Quieres castigar a alguien?

 —Castigar no, reparar, Eliza. Pero, para poder reparar algo que no funciona bien, primero hay que encontrar la pieza que provoca el daño.

—¿Una pieza?

—¿No os queréis dar cuenta de que todo orden no es fruto de la casualidad? El orden tiene una causa y, por consiguiente, una intencionalidad. Hay causalidad no casualidad.

—Continúa, Miguel Ángel, por favor.

—¿De verdad te interesa saberlo, Eliza? ¿Acaso crees que no sé que, aunque os contara lo extraordinario de lo que acontecerá, mis palabras no pasarían más que por aquellas que proviniesen de un loco?

—Yo te escucho atentamente. Intenta no hacer preguntas, por favor.

—¿Acaso crees que no sé que el interés del hombre no consiste en escuchar a su semejante sino en interpretar sus palabras para discernir qué puede sacar de él en función de sus expectativas? El hombre busca en el otro sus miedos, se ceba en sus debilidades y las utiliza para manipular su mente.

—Cuando hablas del hombre, ¿te refieres al hombre en general o a un hombre en particular? Y tu mente, ¿quién trata de manipular tu mente, Miguel Ángel?

—Hasta tú lo intentarás, Eliza. Pero yo os digo que de esta manera estropeáis la bondad, la compasión, la generosidad y acabáis rompiendo el amor. Amor ahogado antes de que ni siquiera hubiera aprendido a nadar.

—Amor ahogado, ¿es una metáfora?

—Si pudierais leer todo lo dicho hasta ahora, y, en esta ocasión, si escucharais mis palabras, os aseguro que comenzaríais a ser verdaderos seres de luz.

—Tú dices que somos seres de luz.

—Lo seréis si a la hora de escuchar, despejarais vuestra mente de prejuicios, ideas formadas y contuvierais, también, la premura de la inmediatez de vuestros quehaceres cotidianos.

—Me gustaría que hablaras de ti, de tus metas.

—Eliza, yo intento que las mentes sean el producto puro del pensamiento, inmunes a la manipulación. Pero, para eso, debéis abandonar la dejadez, la apatía y el desinterés. Esa es mi meta.

—¿Esa es tu meta?¿Abandonar la apatía, la dejadez y el desinterés?

—Mi meta es vuestra meta. Le habéis quitado su valor a la palabra. Pensáis que con ella no podéis transformar nada. Si pudierais recordar la sencillez de la mente ilusionada, interesada, captadora, de la niñez, retomaríais el valor de la palabra. Debéis recuperar el verbo como seres conscientes de su luz. Ese será el momento de la revelación para vosotros y el del juicio para mí.

—¿El del juicio para ti? Puedes desarrollar más esta idea, por favor.

—¿Ves, Eliza, como tú sola no puedes ayudarme?

—Yo estoy aquí para ayudarte, Miguel Ángel, si tú me dejas.

—Tú no puedes escuchar, Eliza, y, sin embargo, sé que harás mi verbo presente.

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