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Mientras la asamblea Knu debate, Adil se pasea por sus dominios con tranquilidad, diseñando una estrategia para enfrentarse a la primera huelga de su gobierno faraónico.

Sabe Adil que, en estos tiempos que corren, todo rico que se precie tiene que tener una fundación para lavar sus trapos sucios y así Adil lo ha hecho para no romper las convenciones de su clase social, costumbres que los semifaraones estudian al detalle.

Al llegar a la segunda planta, el faraón toma un ascensor horizontal y transparente que va desde el palacio de correos hasta el Palacio de Linares, donde se encuentra La Fundación Alquimia, Instituto de Altruismo y Filantropía.

Encima del edificio, en un holograma sobre el cielo, figura el símbolo de la cornucopia, acompañada de palabras como abundancia radical, prosperidad, esperanza, felicidad, y un montón de etiquetas idealistas que invaden de forma intermitente el cielo para que todo el mundo pueda leerlas.

Adil ha salido del ascensor transparente y ve que todo está oscuro; solo un foco de luz ilumina el centro del hall; al ponerse bajo él, una voz cavernosa de ogro con eco le saluda:

—Le agradecemos encarecidamente su visita, amo.

—¿Dónde estoy?

—En el laboratorio de nuevas profesiones.

—La huelga es un instrumento pasado de moda para este siglo.

—Los científicos quieren agradecer su generosidad por salvarles de la pobreza material, la tortura y la muerte proponiéndole un acertijo.

—Extraña forma de dar las gracias, pero sigan, adelante. ¿Ese es el motivo de la revuelta? ¿Un acertijo?

Existe una piedra que no es tal piedra, un objeto precioso que carece de valor, un ente multiforme que no tiene forma, una cosa desconocida que todos conocemos. Dinos, querido Adil, ¿sabes qué es?

—La basura.

—No es la basura.

—Pues si no es la basura, debería serlo, porque basura es lo único que puedo daros, además de manteneros. Esta será vuestra materia prima, y quien no tenga suficiente imaginación para transformarla, le invito a que coja sus cosas y salga a ahí fuera, al mundo ultracapitalista, a probar mejor suerte. Ni huelgas, ni revueltas, ni ningún niño envuelto o muerto, que nunca supe cómo era el dicho…

Adil está un poco alterado, no quiere que los científicos le causen ningún problema, ni piensen por un momento que guardan una relación de igualdad con el faraón.

Parece que la voz cavernosa se ha quedado muda. Adil no sabe si sus palabras han conseguido intimidar o si simplemente se están riendo de él al otro lado.

—¿Ha quedado claro, señores?

—Claro como el agua. Haremos de la basura su bien más preciado, faraón.

—Así me gusta, y, ahora, si me disculpan, es mi hora del baño.

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