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En estos instantes me encuentro en las Islas Caimán. En el pasado, aquí había seiscientos bancos y dos mil quinientos fondos especulativos. Ahora, desde que Populus ha llegado, el dinero es transparente, y ya todo el mundo puede saber qué es lo que se cuece aquí, aquí y en las Islas Vírgenes, en Gibraltar, en Panamá, y en tantos otros sitios dedicados a esconder dinero.

Desde que Populus irrumpió en escena, los bancos no consiguen evitar que el bufón les hackee y saque sus datos a la luz una y otra vez, una y otra vez.

Tras mucho invertir, tras mucho bregar, los bancos se han rendido, y ya no existe el dinero oculto, ahora todo es abierto, y todo el mundo también puede llegar a saber cuánto tiene cada uno.

Atrás quedaron los tiempos, pues, en los que hablar de dinero era una ordinariez, en los que el dinero era un tema tabú, y se consideraba una falta de respeto o de buen gusto ir preguntándole por ahí al prójimo cuánto dinero tenía o cuánto dinero le había costado tal cosa o cuánto dinero pagaba por consumir tal o cual bien.

Los semifaraones no están nada contentos con esta opción, necesitan que el dinero negro vuelva otra vez para ocultar sus negocios ilegales, negocios que están parados desde que Populus vigila todos los movimientos bancarios.

Para conseguir este objetivo, los nuevos faraones han puesto su maquinaria de poder vertical a trabajar, y sus artes han sido tan sibilinas como siempre.

Lo primero que han hecho ha sido lanzar una campaña política a favor de la vuelta del dinero físico en la plataforma de democracia electrónica del Livuk, que es donde se redactan y votan las leyes.

Of course, cómo no, quien supuestamente lidera esta gran reconquista del pueblo no son ellos, sino el 17R. Escuchamos, por tanto, a neonazis de Nexo disfrazados de neohippis defendiendo ante los medios de comunicación las veinticuatro horas del día la tesis de que el dinero físico tiene que volver, porque así el ciudadano escapa del control de los bancos, porque así se gana más libertad.

Claramente, pienso, a Adil esto le viene como anillo al dedo, justo en el momento más apropiado, y hago una búsqueda en el buscador oral de Populus para ver si el príncipe está apoyando la campaña.

Meto Adil Banco en el buscador y este me devuelve las noticias más relevantes de la jornada bajo el hashtag La Guerra de los Vagos. Muy divertido por este nuevo término que se ha creado en la lengua común, me pongo a visualizar el vídeo con más visitas de Adil en el día de hoy.

Al pulsar play, en seguida veo al príncipe saliendo del edificio de Correos al anochecer. Aún así, hay mucha gente en la puerta, periodistas oficiales y subjetivos, así como cientos de manifestantes de toda clase.

Un hombre, que no da la sensación de ser periodista, sino un ciudadano normal y corriente sin más, hace el amago de tocarle, pero con un gesto ágil, un Pirriaque muy centrado se lo impide.

Entre tanto, una jauría de voces exhortan al presidente del Bienaventurados a desmentir el vídeo del Hombre Más Vago del Mundo.

—Hay mucho en juego —dice el portavoz de un grupo de obreros que ha acudido allí a manifestarse— el trabajo es dignidad, no nos puede usted quitar eso, el valor del trabajo, desmienta el vídeo ya, desmienta el vídeo ya.

Sin abandonar su perfecta e irresistible sonrisa, delante de las puertas de su banco, con un cartel arriba que dice: Bienaventurados los últimos, porque serán los primeros, Adil se dispone a hablar.

Todo el mundo guarda un silencio muy tenso, y en el Livuk han dicho que hasta los coches de la rotonda se paraban para escuchar lo que el faraón tenía que decir, pero yo, que he estado aquí, puedo decir que esto no es más que una exageración juglaresca de aquellos a los que les gusta hacer que la historia se convierta en leyenda.

—Calma, calma, pido silencio, por favor, lo que tengo que comunicarles es de suma importancia.

Adil pone otra de sus caras. Esta vez, es de seriedad y determinación con un leve toque de despotismo ilustrado, muy útil para estas situaciones.

—Yo, al igual que los clientes de mi banco, estamos muy decepcionados con la falta de orden que impide que la gente de bien, que madruga todos los días para levantar este país de la bancarrota, no pueda tener ni siquiera la paz, el orden que se necesita, para cumplir sus sueños de bienestar y riqueza material. Unos sueños que, quizás, los terroristas del pseudo amor no puedan siquiera comprender, porque estos terroristas no han vislumbrado aún un proyecto de vida que emprender y con el que poder autofinanciarse.

Aplausos, vítores y risas interrumpen el discurso de Adil, que más parece un político dando un mitin que el dueño de un banco malo, levantado sobre una burbuja de cŕedito, compuesto de productos financieros basura y cargado de toda la deuda de los ciudadanos europeos.

—Estos terroristas del pseudo amor, que según mis fuentes, han hecho este vídeo poniéndome a mí, A MÍ, con esa pinta, no tienen ninguna intención de ganarse la vida, porque si así fuera, ya habrían venido a mi banco y yo les habría dado una oportunidad, les habría dado crédito. Pero no ha sido así. Ellos quieren que yo les dé, les mantenga, sin dar ellos nada a cambio, y todo ¿por qué? El sentido común me dice que lo hacen por vagueza, por dejadez, por falta de salud mental, por un defecto genético.

El obrero que antes estaba protestando está ahora aplaudiéndole como un loco, adora a Adil y ha prometido servirle fielmente hasta el final de sus días. Antes, este hombre, llamado Mohamed, era un marroquí ilegal que deambulaba sin rumbo por el madrileño barrio de Lavapiés, donde se había visto en la necesidad de atracar a los intelectuales burgueses que pululaban por allí para poder financiar su existencia. Ahora, Mohamed tiene su propio negocio, su casa, y ha podido traerse a toda su familia de su país. A la entrada de su tienda, hay una foto de él con Adil, que inmortaliza la primera vez que el príncipe visitó su negocio. Muchos marroquíes entran a su tienda y le piden que ponga, como es costumbre en su país, la foto del rey de Marruecos en la pared, pero él niega con la cabeza y les contesta con orgullo: es el príncipe el que me ha salvado, y no vuestro rey, que desde su palacio permite que su pueblo vaya sucio y sin dientes predicando su analfabetismo desde Casablanca hasta Marrakech.

Adil mira hacia arriba, levantando los brazos, como si estuviera recogiendo el maná de un dios superior y, luego, cambia de cámara y dice con un tono de voz más elevado que el anterior:

—El trabajo es lo que nos hace dignos, es lo que da sentido a nuestras vidas, es lo que todo el mundo debe hacer para que una sociedad funcione correctamente.

—Bien, coño, bien, Adil —le animan los obreros capitalistas tras sus pancartas.

Un periodista le interrumpe y le pregunta:

—¿Niega terminantemente la oferta a la red social de vagos de mantenerlos hasta el fin de sus días?

Con gesto sobrio, solemne, y apuntando con el dedo, a modo de amenaza, Adil responde:

—Me gustaría que quedase bien claro que yo no mantengo a vagos, ni que me he hecho rico pidiéndole gratis nada a nadie. Como siempre que tengo la oportunidad digo, todo aquel que tenga algo valioso para la sociedad, algo que pueda convertir en negocio, será financiado por mi banco; pero no me gustaría que nadie me mal interpretase cuando digo que es mejor que un improductivo desaparezca lo antes posible de la faz de la tierra antes que permitir que sobreviva y pueda reproducirse; cuando vemos a un vago, lo que en realidad estamos viendo es la vergüenza de la involución de la especie que tiene que tender al perfeccionamiento de la raza humana.

Un periodista subjetivo le ha tirado una libreta de tomar notas a la cabeza al tiempo que decía ¡NAZI! ¡FASCISTA!, pero la seguridad de Adil ha parapetado el golpe, y el Príncipe ha seguido hablando como si nada:

—En estos momentos críticos de la historia de la humanidad, no podemos permitirnos el lujo de promocionar a los inútiles, ¿qué clase de información cultural heredarían, entonces, las nuevas generaciones? Estamos en el siglo veintidós. Todo está a nuestro alcance, el que es pobre, es porque quiere; el que no trabaja, es porque es un vago; el que pide para comer, y llenado su estómago, utiliza su energía mental en pensar en cómo volver a pedir para comer al día siguiente, no merece nuestra generosidad, por su falta de ambición, de superación, de confianza en sí mismo, y, en última instancia, por su falta de fe.

Unas imágenes muestran cómo cuatro hombres mazados con atuendo neonazi cogen al periodista por los brazos y los pies y lo meten en un coche. Luego, el objetivo de la cámara, vuelve a Adil:

—¿Rechaza las investigaciones científicas que dicen que dar proporciona más felicidad que recibir?

—Sería injusto que la gente pensara que yo, al igual que muchos clientes de mis empresas, no tenemos creencias religiosas, valores éticos, que no tenemos corazón ni sentimientos. Yo soy rico, pero honrado. Con mucha fortuna, me he podido educar en las tres religiones monoteístas más importantes, y de ellas he aprendido muchas cosas, una de ellas, ha sido que la generosidad no puede, no debe, ser una obligación moral. Y no existe código moral, ni religión bien formada, en la que se imponga al prójimo a dar. Aun así, no quiero que la opinión mundial se lleve una mala impresión de mi persona. Soy un ser humano muy generoso, la gente de mi raza ostentamos, alardeamos, culturalmente, de nuestra generosidad, un gitano no podrá ser nunca tacaño, porque va contra las normas de su cultura, que también es la mía. Es por eso que, para que no se diga, y como dicen en mi poblado, es mejor que sobre a que falte, mi banco invitará a cenar a toda la humanidad el día de mi cumpleaños. Quien quiera recoger la invitación, que acuda a mi página web. Muchas gracias, señores, no haré más declaraciones, muy buenas noches.

Protegido por un séquito de hombres altos, fuertes y rapados al estilo neo-nazi, Adil se mete en su limousina rumbo al sur de la ciudad.

Fin del vídeo. Apago el móvil y me acuesto en la arena, ya verás la que se va a liar mañana, le digo a un perro antes de dormirme al raso en la playa.

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