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Madrid, norte de la Ciudad, está anocheciendo y el viento por fin ha pasado. Un numeroso grupo de periodistas y de gente común, sobre todo mujeres en busca de autógrafos y fotos, se ha abalanzado sobre Adil, que en estos momentos, está entrando al centro financiero de su banco, situado en las recién adquiridas torres Kio, al norte del Madrid.

—Señor Serendip, Adil, Adil, ¿cuándo va a distribuir su fortuna tal y como se dijo que usted iba a hacer en La Última ONG? —le preguntan a Adil.

Tras los periodistas, una gran turba de fans del faraón llora y grita de emoción mientras tira por doquier una muestra muy variada de bragas y sujetadores; ropa interior que los guardas tratan de cazar al vuelo para proteger la imagen pública de su jefe. Un diminuto tanga negro que volaba por los aires acaba de aterrizar en la cabeza de Adil. El pirriaque acude raudo y veloz en su búsqueda, pero Adil, muy solemne, para a los guardas con un gesto, y se quita el tanga de la cabeza. La gente se ha callado de repente y espera con cierto temor la respuesta del poderoso Adil. Este mira el tanga en silencio y observa que, en el centro, hay una florcita de oro. Ahora el oro de la iglesia está en mi poder, piensa Adil. Un motivo más para celebrar hoy la gran fiesta de Emerge, los nuevos Chicago Boys de la aldea global, piensa para sí mismo a continuación.

Henchido de satisfacción, Adil siente que un gran poder nace de su interior, una fuerza interna telúrica e inconmensurable que le embarga por completo.

—Adil, ¿y usted qué haría? —vuelven a insistir los periodistas de lo subjetivo.

—Primero, cogeré todo mi dinero y lo multiplicaré tal y como hizo Jesús nuestro profeta con los panes y los peces, y, luego, será cuando lo reparta entre todos los clientes de mi banco.

—Adil, Adil, el pueblo gitano es su principal cliente, ¿son los gitanos miembros de Populus?

—Todos mis clientes están siendo asesorados legalmente sólo como ellos se merecen, y, desde aquí puedo afirmar sin miedo a equivocarme que todos han salido en libertad sin cargos. Y, ahora, si me disculpan…

El príncipe entra en el edificio y, afuera, el gentío comienza a disolverse.

Camino al ascensor, el Pirriaque le habla:

—¿Le espero aquí, señor?

—Sí, hoy dormiré en casa.

Las puertas se cierran y Adil comienza a subir en un ascensor de cristal y oro que se detiene al llegar a una azotea cubierta.

Cuando las puertas se abren, un gran carnaval de Play Boy asoma ante sus ojos. Feliz Cumpleaños, dice John ofreciéndole un margarita.

Adil coge el margarita y, tras echarle un sorbo, contesta:

—Gracias, pero hoy no es mi cumpleaños.

—¿Y a quién le importa?

Dice John haciendo sonar el matasuegras y tirándose al agua.

La gran piscina-jacuzzi recoge en sus cálidas y burbujeantes aguas a un gran número de yuppies, tiburones, altos ejecutivos y demás casta neo-liberal; todos se han apuntado sin dudarlo al carro del anarco-capitalismo, la filosofía de negocio que, nunca mejor dicho, emerge de Emerge.

La mayoría de ellos son gente joven altamente cualificada; licenciaturas, másters y doctorados de las más diversas especialidades pueden leerse en sus currículums, así como altas competencias sociales para manipular la mente del otro.

La mayoría de ellos proceden de sectores laborales tóxicos. Hacen trabajos que destruyen la salud del planeta y de sus habitantes, pero que ellos, por sus altas facultades mentales, hacen de forma muy competente y disciplinada a cambio de grandes sumas de dinero.

Adil se ha propuesto reclutar a estos perros de presa sin escrúpulos, capaces de vender a su madre por una elevada comisión, con una campaña de cazatalentos un poco particular:

Haz lo de siempre, pero con la conciencia tranquila y sin renunciar a tu Aston Martin. Ven a Emerge, disfrute de dos meses de vacaciones pagadas en un hotel de cinco estrellas en cualquier parte del mundo, trabaje solo lo que usted quiera, consiga acciones de todos los negocios que logre poner en marcha…Deje de competir, gane dinero por colaborar, venga a Emerge… El paraíso de los altos ejecutivos.

Muchas personas no han dudado en acudir al reclamo, sobre todo aquellas que ya están cansadas de su tan ocupada vida en la que siempre tienen que estar aparentando no tener sentimientos. Porque yo, me está contando uno de ellos muy borracho a mí y a una conejita, yo también tengo sentimientos, tengo mi corazoncito…

—Ajá, —dice la conejita pensando en otra cosa.

—Tiempo, tiempo, yo lo que quiero es tiempo, ¿entiendes, amigo?

—Tiempo… —le contesto con un tono un poco suspendido, parece que estoy a punto de recitar un poema, pero luego me callo.

—Tiempo que no pueda llenarse de cosas materiales, sino de emociones. ¿Cuánto cuesta una emoción? Yo daría todo el oro del mundo por una que durase más de lo que tarda una estrella fugaz en morir en el espacio, les contesté en la entrevista, y, tú, amigo, ¿qué les contestaste? ¿Para qué estás aquí?

El mercado de las emociones¿cuánto pagaría usted por una emoción? Todos los que están aquí, hoy, en esta mega fiesta de cientos de personas de todos los países, han tenido que contestar a esta pregunta en algún momento de las diez entrevistas que han conformado el proceso de selección.

Tengo que decir que, en la sala en la que me encuentro, hay un ambiente de euforia total. Los yuppies ligan entre ellos con frases del tipo mis activos no son correctivos, sino evaluativos, y demás expresiones propias de la jerga.

Adil sube con John a una zona alta de la fiesta, y, tras beber otro sorbo del margarita, le dice a su compañero de fraternidad:

—Yo puedo leer en sus corazones. Esta nueva casta se sentirá tan poderosa que querrá derribar a los semifaraones, viejos, anticuados, pasados de moda, decrépitos… Ellos se eregirán micro faraones…

—No lo dudes, Adil, no lo dudes —contesta John encendiendo todas las pantallas que se encuentran repartidas por todo el lugar.

La música ha parado y la atención de todos se ha dirigido hacia lo que está saliendo en una enorme tele de plasma.

En ella, puede verse una parodia de las familias más ricas del mundo desmintiendo el vídeo de Populus.

—Si tengo una barrica llena con un tequila de hace doscientos años —uno de los hombres más ricos del mundo está tratando de explicar por qué no reparte su riqueza —¿no es lógico que este tequila sea para mí y para los de mi familia? No hay reserva para todo el mundo, los recursos escasean, son limitados, hasta un tonto comprendería esto.

Tras esto, John continúa haciendo las veces de maestro de ceremonias, divirtiendo a Adil, ganándose su confianza, su aprecio, su corazón.

El DJ de la fiesta comienza a pinchar la canción del momento, la pieza musical más descargada, más vendida y más intercambiada en la red, y se puede vender, reproducir, copiar o cambiar libremente, porque forma parte de la sabiduría popular, y, como todos los productos del 17R, lleva la marca SPI, hechas por personas que han donado la propiedad intelectual al pueblo.

Quiere el 17R responder con un poco de humor al rotundo fracaso del movimiento Sed Buenos, por favor, ya que a la hora de la verdad verdadera, casi ningún rico ha repartido su dinero a partes iguales entre toda la humanidad.

Esta canción es un rap bastante pegadizo que me ha llevado unos cuantos días sacarme de la cabeza.

La letra es una parodia de los Rockeffeler en la que, con rimas sonoras y asonantes, se narra la leyenda de los teléfonos con monedas de la casa del primer Rockefeller de la dinastía. Poesía arromanzada, facilona, ajuglarada y muy coloquial para que todo el mundo pueda memorizar y reproducir casi sin darse cuenta como si fueran meros repetidores de información.

Todo el mundo se ha puesto a bailar el rap, que viene, cómo no, con coreografía incorporada.

Tras la canción, John, que está pletórico, loco de contento y muy drogado, se sube a una especie de escenario, con la corbata liada a la cabeza y unos gayumbos de flores estampadas, para mi gusto, horribles.

Todos le graban con las cámaras y muchos de ellos buscan sus calzones para comprarlos en internet. Aunque no haya sido voluntario, de aquí parte el comienzo de la nueva moda del neo-yuppi, que tantas risas, por lo menos a mí, me va a causar.

En estos momentos, John está sentado como un mono en una especie de barandilla, intentando mantener el equilibrio y hablar al mismo tiempo por un micrófono que le cuelga de la oreja:

—Y ahora, socias, socios, conejitas, conejitos, la escuela de negocios Emerge, que quiere estar a la moda y participar de cualquier halo de modernidad que se respire en el ambiente, ha hecho su pequeña contribución al Sed Buenos, por favor.

John se incorpora, como un funambulista, sobre la barandilla y, con la pose de un torero, mira a Adil señalando a la gran pantalla:

—Va por ti, maestro.

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