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Atenas. Grecia.

La familia de Virgilio y yo acabamos de llegar a la interminable fila de espera que hay en una de las sucursales del banco de Adil en el barrio de Virgilio, sucursal que hoy acaba de abrir sus puertas en este país.

En la entrada, cientos de personas hacen cola también para entrar a hacerse socios. Con sólo abrir una cuenta, el banco te regala mil puntos para comprar en las empresas creadas por los clientes del banco, y también algo que no puede fallar en todo banco que se precie, una olla express, que reposa muy dignamente sobre las mesas de todas las Elizas del banco encargadas de recibir a los nuevos clientes.

En la calle, hay una televisión para distraer al personal donde se hace publicidad del banco y se cuentan las últimas noticias del día.

—Si no le gusta el mundo en que vive, cree usted el suyo propio, cumpla su sueño, venga al banco Bienaventurado.

Sin mucho que decirse ya, como si llevaran años y años casados, la Paca y Virgilio comienzan a mirar la pantalla para pasar el tiempo.

La publicidad ya ha acabado y una señorita está presentando ahora las noticias del día. Mientras habla, aparece en pantalla una foto de Virgilio, un poco anticuada, y, encima, un mensaje que dice Enemigo Público número 1.

Paca y Virgilio se miran de reojo y este tira de ella para que se marchen de allí, pero justo en ese instante, una Eliza sale a la puerta y les sugiere que pasen.

Virgilio, muy aturdido, entra con su acompañante al banco mientras Eliza empieza a soltarles un agradable discurso de bienvenida.

El pobre viejo no escucha ninguna de sus palabras, tan fascinado como está observando la nueva sucursal del banco Bienaventurado.

El interior del edificio es una gran sala circular en cuyo centro solo hay un círculo de luz que cae por la gran claraboya. La gran esfera está rodeada por unas columnas que sostienen las plantas del edificio. Tanto estas como las paredes del banco son transparentes, y por ellas fluyen millones de billetes de todo el mundo, nadando por el aire como si fueran pececitos en el mar.

Entre columna y columna, hay puestecitos de frutas y bollos donde la gente, con mucha humildad, sacia su hambre antes de ser atendido. Algunas mujeres se llenan el bolso de comida por si acaso y piensan que están dentro de un sueño y que tarde o temprano, como siempre, despertarán a la pobreza.

Eliza y la pareja avanzan en dirección a una columna de cristal, allí, suben por un ascensor que, de buenas a primeras, ha empezado a ponerse de colores.

—Tranquilo, no se preocupe, este es un edificio inteligente. Hay termómetros emocionales por todas partes, medimos las emociones de nuestros clientes, con el fin de transformar los estados negativos en estados positivos.

Al llegar a la planta 29, Eliza abre una puerta y dice:

—Pasad, pasad, muchas gracias por desear ser clientes de nuestro banco y como muestra de dicho agradecimiento, el banco le da a elegir tres regalos de entre todos los que ven aquí.

Virgilio entra a una gran sala en forma de minisupermercado en cuyas baldas hay una muestra gratuita de todos los productos que están produciendo las empresas de Adil.

El falso matrimonio está deslumbrado con tal cantidad de cosas acumuladas en este estilo de bazar. Virgilio coge un pequeño ordenador, la olla express y una gran botella con diez litros de aceite de oliva.

Tras esto, Eliza les conduce a una sala, y, a modo de terapeuta, le dice a Virgilio que se tumbe en un precioso diván dieciochesco de color pastel que hay en medio de la sala.

—Y, ahora, si no le importa, le ruego que me cuente cuál es su sueño en la vida.

Muy intimidado por el lujo, los regalos y lo surrealista de la situación, Virgilio se tumba en el diván y comienza a relatar su historia.

Como esta parte ya me la sé, me doy un voltio por el resto de las salas. En una de ellas, un hombre huido de la justicia le está contando todas sus calamidades a una Eliza que no para de llorar, emocionada como está, con el relato del hombre. Mientras hace que se limpia unas lágrimas inexistentes con un pañuelo, toma notas en su ordenador y hace complicadas operaciones. Por lo que me voy enterando, este hombre es un foragido según una empresa de justicia de la antigua Portugal.

—En los supermercados, te venden seguros por todo; por los dientes, por la bicicleta, por el coche, por tu anillo de bodas, asegura tu vida, te dicen. Hace una semana violaron a mi hermana, pero ninguno de sus seguros cubría la violación, ni la atención médica, ni la justicia. Llamar al seguro me producía mucha inseguridad. Tienes que pagar un seguro por cada cosa que haces y que te pueda pasar, y esto, ¡ESTO ES IMPOSIBLE! —dice esto último con tanta ira, que las paredes del despacho se han puesto de un rojo virulento y palpitante—. Ahora, estoy perseguido por la justicia que me reclama grandes sumas de dinero, por no poder contratar el seguro de defensa militar. Son todos unos ladrones, te engañan por todos los lados. No te dan trabajo si no te suscribes a sus propias compañías aseguradoras, y, si luego no cubren tus necesidades, te dan por saco, porque no tienes más dinero para pagar a otros servicios, y como muchas son por internet, ¿a quién le reclamas? Yo, señorita, vengo a que me den los diez millones de dólares que, según los hombres más ricos del mundo, es lo que me corresponde por el hecho de existir sobre la tierra. En la red lo llaman deuda histórica, ¿me va a dar usted el dinero? Sean buenos, por favor.

—Señor, no le podemos dar ese dinero, pero sí podemos hacer que su sueño se haga realidad.

—Entonces, mi único sueño es el de poder trabajar, soy muy buen trabajador y aprendo rápido.

El señor se levanta y se arrodilla ante Eliza para suplicarle:

—Ayúdeme, señorita, no tengo trabajo, no conozco a nadie, duermo en la calle desde hace un mes, huelo mal, tengo hambre… Estoy desesperado… —dice en un mar de lágrimas.

El motor de empatía de Eliza está a su máximo nivel. Aún así, se siente un poco extraña por la situación. Es la primera vez que un ser humano se comporta así con ella, y, aunque hace lo que el motor emocional, su corazón, le dice, no tiene en su base de datos registrada esta situación y no sabe qué sería lo más adecuado decir.

—No sé qué decir… Es la primera vez…

—Diga que sí.

—¿Que sí a qué?

—A lo de conseguirme un trabajo.

—Sí, pero necesito que usted me diga cuál es su sueño.

—Trabajar, ya se lo he dicho.

Mientras escucho, me pongo a escusear por la sala. Al fondo, he encontrado un espejo ovalado, muy grande, como el de Blancanieves. Rápidamente, me he asomado, un poco presumido, a él, pero en lugar de encontrarme con mi reflejo, he visto a otra persona. Me he vuelto a asomar, y ha aparecido el rostro de otra persona diferente, una mujer, que desde el otro lado del espejo me ha dicho:

El ojo que te mira no es ojo porque tú lo veas sino que es ojo porque te ve.

Me entra la risa, y el hombre mira para atrás un poco asustado. Eliza no parece haberse enterado, tan centrada está en acabar de hacer todas las operaciones:

—Está bien. Según las normas del banco, usted no puede trabajar sin montarse su propia empresa.

—Una empresa de qué.

—De lo que ha dicho, de trabajo en lo que sea con tal de trabajar. Veamos, según Emerge, la empresa se llamará Job for Free. ¿Le parece bien?

—Sí, sí, pero trabajaré a cambio de dinero, ¿verdad?

—Claro, claro, trabajo por dinero. Aunque, ¿quiere que le diga un secreto? —Eliza mira hacia los lados, como si estuviera a punto de hacer una travesura, luego se pone coqueta y comienza a susurrar —cobre usted primero en puntos, y luego, cambie los puntos a dinero. El precio del punto cotiza entre los accionistas del banco, una especie de bolsa interna, usted ya me entiende —el hombre no entiende nada, pero aún así, seducido por los encantos de Eliza, asiente—. Cuando el banco se creó, el punto estaba a céntimo de dolar, ¿a cuánto diría usted que está ahora?

—No sé, a ¿un dólar?

—No. A diez.

El hombre se queda mirando la pupila de Eliza y, por primera vez en su vida, se visualiza siendo un hombre rico.

Entretanto, yo, río para mis adentros, y decido volver a la sala de terapias con Virgilio:

—¿Conoce usted su vocación?

—Sí, —confiesa Virgilio muy solemne— tuve la fortuna de haberla descubierto en los tiernos años de mi infancia.

—¿Y bien?

—Yo siempre quise ser invisible.

—¿Quise o quiere?

—Bueno, ahora ya…

Eliza consulta en el mercado de las necesidades, la base de datos del banco, y descubre que el traje invisible no es una necesidad de los clientes, pero que tampoco se oferta nada igual.

—Bien, estamos ante un posible caso de demanda oculta.

Eliza hace un triloquio a Emerge y el gran software de este se pone a trabajar. A los pocos minutos, la impresora empieza, como loca, a imprimir documentación.

—Muy bien, firme aquí, aquí y aquí. A partir de ahora, usted es socio accionista mayoritario de la empresa Visto&NoVisto. Puede cambiarle el nombre, pero Emerge nunca se equivoca. El 49% de las acciones se reparten entre el grupo Emerge y el resto de los clientes del banco, entre ellos Adil Serendip. En estos momentos, le debe a la empresa Morada tres millones de lechuguinos, que es lo que cuesta residir en territorio griego de forma legal. Esta cantidad equivale en nuestro banco a seis millones de favores, que si usted hace para los clientes del banco, habrá saldado esta deuda con la empresa Morada, que no es nuestra. De momento, no se preocupe, Adil se hará cargo de esta deuda y de todas las demás, pero le recomiendo que consuma siempre dentro de las empresas de nuestro banco, ganará favores, puntos y dinero, mucho dinero, y no generará deuda. Esto que le doy ahora es una tarjeta de crédito ilimitado. Si compras en nuestras empresas, no habrá comisiones, tendrás un 50% de rebaja en los precios y te damos 100 puntos por cada compra. ¿Tiene usted Life Book?

—Sí.

—¿Puede decirme quién es? Tranquilo, máxima confidencialidad.

—Soy el enmascarado de plata.

—Bien. A partir de ahora, su livuk tendrá integrado nuestra aplicación del banco, desde allí podrá gestionar su salud, su empresa, sus compras, su educación, todos los aspectos de su vida están representados en el Bank Book, ¿lo ha entendido bien?

Virgilio se ha quedado como ido y no responde. Con un poco de vergüenza ajena, Paca le coge del brazo y lo saca de allí.

—Muchas gracias, señorita.

—Siempre es un placer y recuerde, usted ya no está solo, el banco Bienaventurado cubrirá todas sus necesidades.

Muy aturullado, Virgilio le dice a la Paca:

—No he entendido nada.

—No te preocupes, esto es más fácil que el mear. Tú compra y vende con puntos y todo te saldrá gratis. Punto pelota. No hay más.

La extraña pareja avanza hasta el hall. Al salir, otra Eliza les despide:

—Señor y señora Diamantopoulos, ¿ya se van? Muchas gracias por su visita. Mucha suerte, y, ya saben, estamos aquí para protegerles y ayudarles en todo lo que necesiten. No me gustaría que se fueran si recordarles las normas clientelares de nuestro banco. El modo en que funcionan las relaciones personales en nuestras empresas. Por supuesto, no están obligados a seguirlas, pero si lo hacen…

—Obtendremos puntos, ¿verdad?

—Bravo, ya veo que su mujer ha captado como nadie la filosofía de nuestro proyecto.

Virgilio coge un papel que le da ELiza con las normas de la red clientelar:

Acepta un favor, antes que dinero.

Favor con favor se paga.

Trate a sus clientes como le gustaría que le trataran a usted.

De pronto, algo interrumpe la lectura de Virgilio.

Al salir del banco, el ordenador de la Paca se ha quedado pegado a uno de los detectores de robos de la salida. Esta le da un tirón al maletín imantado y sale del banco sin decir adiós.

—¿Qué ha sido eso? —dice Virgilio muy extrañado.

—Ordenadores, máquinas, quién las entiende.

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