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Continúo en Atenas, en el apartamento de Virgilio. Estoy sentado a su lado, viendo programación basura en la vieja televisión del viejo régimen. El chatito aún no ha muerto.

En este programa rosa sobre la vida de los famosos, acaba de aparecer una reportera diciendo esto:

—Bruselas. Tribunal Europeo. Mediodía. Una mujer joven, que todavía no ha abandonado la veintena, embarazada, sube con cierto trabajo las escaleras de un edificio de estilo neoclásico.

Mientras se sucede la noticia, busco más información sobre esta joven en la red y me entero de que se llama Veronika Nóvikov y es hija única de uno de los hombres más ricos de Rusia, que controla todo el gas de su país y de otras naciones más o menos aledañas a él como, por ejemplo, Chipre o Ucrania.

Dejo de consultar información, y me centro en el programa, que acaba de anunciar un breve resumen de la vida de esta chica:

—El pasado año, Veronika fue acusada de participar en los violentos disturbios del ya famoso Londres Rojo. En el juicio, las cámaras de seguridad de las tiendas de robots asaltadas probaron su participación en los hechos. Cuando la subieron al estrado, Veronika confesó haber tomado drogas durante el transcurso de estos acontecimientos y añadió que sus motivaciones no fueron, en absoluto, de carácter político, sino más bien puramente recreativas. De forma llana y transparente, confesó haber actuado guiada por el aburrimiento, ya que robar, y cito textualmente, me sube la adrenalina, hace que tu vida sea intensa, excitante, en una palabra, brutal.

Miro a Virgilio porque de buena tinta sé que este último comentario puede llegar a alterarle bastante. Observo el movimiento del dedo índice sobre el brazo del sofa, y me empiezo a temer lo peor. Aún así, como no se mueve, vuelvo los ojos al documental, que, ciertamente, me está interesando mucho:

—Estas inclinaciones de Veronika fueron bautizadas en la antigua red con el sobrenombre de papipatía, aludiendo a su condición de hija de papá. Tras un juicio corto, la hija del magnate fue condenada por una jueza a realizar servicios sociales para la comunidad, dada su condición de menor de edad. Para cuando esto pasó, Verónika ya había dilapidado, en una vida de excesos, algunos de ellos ilegales, hasta el último rublo de la herencia de su padre. Una herencia que, como el hijo pródigo de la parábola, fue pedida por adelantado y con contrato de por medio antes de romper toda relación con la familia.

Con verdadera curiosidad, busco imágenes y vídeos de Verónika en la red. Así es como me entero de que la última vez que esta chica apareció en pantalla fue en un programa de prensa rosa bielorruso llamado Heat Heart, al que acudió a recaudar dinero para una institución en la que ahora era voluntaria: La Asociación de los Inadaptados al Kapital, comunidad virtual que, en el Livuk, cuenta cada vez con más adeptos.

En el programa Heat Heart, Verónika aparece muy cambiada físicamente. Su pelo cae de forma natural sobre sus hombros, sin ningún artificio, y va vestida con ropa de la basura aunque muy bien conjuntada, inaugurando casi un nuevo estilo.

—Me he desenganchado de una vida tóxica, y ahora estoy completamente volcada en esta organización, que le ha conferido sentido a mi vida, con la que he madurado, y gracias a la cual, me arrepiento profundamente de todas las conductas del pasado, que son más propias de las personas que teniendo mucho, en el fondo, no son nada.

Identifico rápidamente en la última frase la referencia al filósofo Erich Fromm, y, me pongo a leer los comentarios que los internautas han escrito sobre el vídeo, a ver si ellos también se han percatado de la cita.

@hombrelobo: La papípata ha cerrado el parque de atracciones que tenía en la cabeza.

@megustalacremita: sí, y lo ha trueKeao por una pequeña biblioteca de barrio. #Fromm

@correquetepillo: pues algo es algo.

@caragio: pues que diga qué ha hecho con todos robots que se llevó, ¡ladrona!

@caragio: *LOS robots, perdón.

Esta es una pequeña muestra de los vuks que se podían escuchar hace tan sólo unos meses.

Entretanto, en el salón, la reportera continúa relatando los antecedentes de la estrambótica vida de Verónika, un mujer que, a juzgar por el número de visitas a su página web, levanta grandes pasiones a lo largo y ancho del globo, es la nueva Paris Hilton.

En la tele, la reportera —una periodista subjetiva encubierta— continúa con su rollo:

—Al cabo del tiempo, tanta fue la profunda entrega y devoción hacia las personas deslegitimadas por el capitalismo, que la madre comenzó a estar seriamente preocupada por ello, y la pobre señora, que lo único que había hecho en su vida había sido gastar dinero, pensó que, a su querida pequeña, le habían sorbido los sesos y, que, definitivamente, el padre, su marido, debía tomar cartas en el asunto. Los abogados del gran magnate no tardaron mucho tiempo en interponer una demanda contra la organización, acusándola, entre otras cosas, de ser una secta.

La presentadora interrumpe a la reportera. Claramente, al escuchar que lo único que había hecho la madre de Verónika en la vida había sido gastar dinero, se ha dado cuenta de que se les ha colado en la cadena una periodista subjetiva, y, rápidamente, hace una señal al realizador para que tome las medidas pertinentes.

—Vamos a parar aquí para darle la voz a Boris, que es un profundo conocedor de las cuestiones íntimas de esta familia.

Un señor que ronda los sesenta, con pajarita de lunares y gafas de Lenon, coge el turno de palabra y comienza a hablar del padre de Verónika como si cada mañana le leyera el pensamiento:

—En su fuero interior, el padre de Verónika, que es un grande de Rusia, siempre ha albergado la esperanza de que su pequeña, ya completamente recuperada de sus adicciones, abandonara la pobreza material, no renegase de su verdadero destino y aceptara a ganarse el dinero trabajando en su empresa. Posiblemente así, con el tiempo, podría estar preparada para sucederle en su gran emporio empresarial, actividad profesional para la que, dicho sea de paso, la niña ha sido educada desde pequeñita.

Virgilio continúa escuchando muy atentamente la noticia. Tal y como la presentadora del programa había anunciado al principio, hoy la historia de este padre y esta hija ha dado un vuelco espectacular que tiene pendiente de un hilo a muchos aficionados a las vidas de la gente chic de la aldea global.

El juicio está a punto de comenzar y Verónica, que ha sido elegida portavoz representante por la asociación, ha entrado por el pasillo de la sala del tribunal con una enorme barriga en compañía de uno de los abogados de la asociación.

Virgilio se ha echado para adelante, apoyando los codos en las rodillas, y mostrando verdadero interés por lo que va a pasar en el juicio.

Los padres de la niña, al verla entrar a la sala en estado de buena esperanza, se han olvidado por completo de la razón por la que estaban allí, y sin pensárselo dos veces, han corrido con lágrimas en los ojos a tocar la barriga de su hija.

—Es un barón —dice ella mirando al padre con cara de papípata.

El padre mira a su hija consentida como cuando tenía dos años, y, mientras abraza la barriga, sueña con la llegada del futuro heredero de su gran imperio.

Entretanto, el abogado del padre habla con la jueza para retirar todos los cargos, la corte superior de Bruselas, muy indignada, le ha hecho pagar un multa millonaria.

Afuera, muchas cámaras esperan a que la familia salga del edificio y haga las primeras declaraciones sobre la reconciliación.

—Aquí salen —dice otra reportera del programa, sin que se nos explique nada sobre qué ha pasado con la anterior.

Todos los medios se abalanzan sobre ellos, y los guardias de seguridad hacen un pequeño círculo para proteger al bebé de posibles empujones.

—¿Cómo se encuentra? —le preguntan al padre.

—¿Está usted emocionado?

—Muy emocionado —contesta rodeado de sus muchos asesores y con su mujer a un lado y su hija al otro— hoy ha sido un gran día, y Dios ha entrado a mi casa para unir a mi familia de nuevo, no solo he recuperado a una hija, sino que también he ganado un hijo.

Ahora, los periodistas se dirigen a Verónika:

—¿Cuáles son tus perspectivas de futuro?

—Continuaré trabajando gratuitamente para la organización, y, con más fuerza y ahínco que nunca, porque hoy mi padre por fin me ha aceptado definitivamente tal y como soy. Su amor por mí es tan grande como su generosidad, y es por eso que mi padre donará un millón de dólares a nuestra asociación. Este dinero será destinado a cuidar de aquellas personas que no son capaces de adaptarse al sistema Kapitalista, pero que no por ello, dejan de tener derecho a una vida plena.

La cara de póker del padre le ha hecho mucha gracia a Virgilio, que ha empezado a troncharse de la risa como no lo había hecho en mucho tiempo.

Otros espectadores están, sin embargo, apiadándose del pobre hombre, que se ha quedado más blanco que la pared y que no sabe muy bien cómo reaccionar.

La mujer no para de darle pellizcos para que mantenga la compostura y acepte; su abogado más próximo le ha susurrado las palabras de negocio ético y lavado de cara al oído.

—¿Es así, señor? ¿Confirma la donación?

—Mi hija puede haber hecho muchas cosas en la vida pero no es una mentirosa, si ella lo ha dicho, es porque es verdad. Y, ahora, si nos disculpan, nos gustaría un poco de intimidad para vivir estos preciosos momentos de amor y …

La última palabra ha sido felicidad, pero Virgilio no la ha procesado. Ya no está en el sofá escuchando la tele, sino en el ordenador, haciendo una cosa: se le acaba de ocurrir una idea que se le antoja brillante, y, con solo pensar en ella, ríe que te ríe a carcajada limpia, como si fuera el príncipe de las tinieblas, con una risa cavernosa y profunda, de malo, que viene acompañada de los rayos y truenos provocados por el arma climática.

Sin hacer mucho caso de las alteraciones que estoy provocando en el ambiente, un anuncio de publicidad de un banco, la vida se paga en digital, ha terminado por hartar definitivamente al viejo, que con enorme rabia y frustración, ha levantado la tele casi con un solo brazo, como si fuera un Hércules anciano, y la ha tirado por la ventana.

Un gran estruendo suena en el patio interior. La gente se asoma, algunos se quejan, pero otros, hartos también de la televisión, deciden secundarlo y comienzan a tirar también sus propios televisores por el patio, creando poco a poco una gran montaña de basura electrónica. La niña tonta de tirabuzones está grabando la tirada de televisiones con su móvil, y, en seguida, lo ha subido a Populus, donde otros han remedado la performance, y en pocos minutos, en toda Europa, hay patios y patios llenos de televisores destruidos, haciendo montañas que parecen escalar al cielo, como en el cuento de las habichuelas y el gigante.

Cuando el patio vuelve otra vez a la calma, un gran sentimiento de armonía reconfigura el aura de Virgilio.

Un antiguo tocadiscos, hasta el momento olvidado en un rincón polvoriento, canta ahora La vie en rose de Edith Piaf.

Tras unos minutos de respiración profunda, reúne fuerzas para ir a auscultar a su hijo, todavía duerme, aún no ha muerto, aunque las pulsaciones, tal y como explicaban en internet, están bajando, piensa Virgilio.

Al salir de la habitación, ha vuelto a mirar por la ventana, y, luego, se ha frotado las manos enérgicamente como para indicar que iba a ponerse manos a la obra: Está bien, ahora empieza lo bueno.

Virgilio pulsa un botón para subir el vídeo que acaba de confeccionar para Populus. A los pocos segundos, Populus le avisa de que, con una rayita de ancho de banda, el vídeo tardará tres días y medio en subir.

En esta época, la velocidad de datos se paga; el internet rápido es para los ricos, el lento para los pobres, y, por experiencia, puedo decir que cada vez va más lento, y, si hago caso a mis investigaciones, no es algo casual.

El viejo emite un gran suspiro de sufrimiento mezclado de resignación, está a punto de cancelar la subida del vídeo cuando oye que alguien llama a la puerta con golpes muy fuertes.

¡La policía! Piensa el viejo. Rápidamente, se dirige, descalzo, a la mirilla. Allí hay una mujer de unos cincuenta años, enorme, muy entrada en carnes, con dos buenas pechugas por pechos y vestida con una bata y una gran abrigo de señora en el brazo. Al lado, descansa en el suelo un gran maletín negro que no pega en absoluto con el resto de su facha. Virgilio se da la vuelta y comienza a rezar para que se vaya, pero la mujer se ha puesto a dar golpetazos y fuertes empujones, y parece estar decidida a echar la puerta abajo.

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