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En estos momentos, estoy entrando por el portal de un sucio y roñoso edificio de pisos. En la pared de la entrada, un graffitero de Populus ha escrito la tercera ley de Newton:

A toda acción le corresponde una reacción igual y contraria.

Sin esperar un minuto más, subo corriendo las escaleras hasta alcanzar mi destino.

A pesar de su edad y del mal tiempo, en seguida veo que Virgilio se ha levantado ya y acaba de encender la tele mientras prepara el desayuno.

Como cada mañana, el viejo consulta si el teléfono funciona; un gesto inútil, puesto que ya no espera ninguna llamada; son solo rutinas, inconscientes, piensa para sí, que deciden parte de nuestra existencia, pero solo en parte, porque a partir de ahora, todo va a ser diferente.

Con cierta tristeza, vuelve a colgar el auricular sobre el cuerpo rojo del anticuado teléfono. Al hacerlo, recuerda la desagradable voz robótica de ayer:

—Este es el contestador automático del ministerio de asuntos sociales. En estos momentos, no estamos disponibles. Le informamos de que el Estado se ha declarado en bancarrota. Los pagos de las pensiones y demás ayudas sociales quedan anulados por falta de fondos. Le deseamos un buen día.

No importa, sigue hablando en alto como si la llamada estuviera ocurriendo aquí y ahora: hoy es un nuevo día.

Tomado el café, aseado y vestido como de costumbre, se dispone a despertar a su hijo. Con calma, Virgilio prepara una infusión bajo las indicaciones del sitio web Mil formas de suicidarse sin dolor alguno. Una página cada vez más concurrida por los sin recursos. También en Grecia hay muchos suicidios en público últimamente, pero los tertulianos de la televisión dicen cosas muy parecidas a esta que estoy escuchando ahora por la tele de Virgilio:

—Los suicidios tienen que ver con causas relativas a la psicología del individuo y no tanto a las circunstancias del medioambiente, ya que si así fuera, toda África se habría suicidado ya, cosa que no ha ocurrido.

Según el texto de internet, las gotas del preparado no alterarán en demasía el sabor de la hierba. Su hijo, obediente, se incorpora en la cama, emite un hola, papá muy deformado, que suena casi a aullido, y se toma la infusión como si esta fuera una mañana como otra cualquiera.

Tras unos minutos, el Chatito vuelve a dormirse de forma plácida, descansa en paz, espérame, no tardaré mucho en reunirme contigo.

Como un autómata, el pobre anciano vuelve al salón a hacer la última llamada de su vida.

—¿Les ha llegado el pago?

—(…)

—Gracias, adiós y muy buenos días.

Para hacer frente a este último mes de la compañía de seguros para los entierros, Virgilio ha tenido que hacer grandes sacrificios diarios como el de pasar días y días sin meterse nada en el estómago.

Virgilio haría lo que fuese para no perder todo el dinero acumulado a lo largo de los años en esto de los muertos, tal y como lo llaman la gente de por aquí. Mi hijo —piensa Virgilio— es un alma inocente, ajena a toda esta podredumbre moral; mi hijo se merece un entierro como dios manda, lo perderé todo, pero no la dignidad de su muerte, continúa Virgilio, el chatito descansará al lado de su madre, y, quizás yo también.

Pero solo quizás, porque Virgilio tiene pensado acudir, en los próximos días, a La 3ª Bonzonada, un evento en el que muchas personas de la tercera edad se quemarán vivas delante del Partenón.

Con este acto, los mayores le rendirán culto a los griegos antiguos, de cuya consciencia suprema no queda ya nada, tan solo una maltrecha y desgraciada involución, este es el discurso que el viejo lleva ensayando día y noche para cuando llegue el gran momento.

Tras llamar a la funeraria para que vengan a llevarse a su hijo, Virgilio mete un bidón de gasolina en una polvorienta mochila negra. Luego, tranquilamente, se sienta en el sofá a esperar.

A los pocos segundos, vuelve a levantarse porque se ha acordado de algo. Enciende el ordenador y escribe en su Livuk que un vídeo apabullante de Populus, proclamando venganza por el corralito, está a punto de entrar en escena. Nuestro héroe le ha dado a un mozo de su barrio unos cuantos lechuguinos para que grabe la gran bonzonada y la suba a Populus.

Con desgana, coge el mando y enciende la televisión. Comienza a hacer zapping y decide quedarse en un canal de información rosa. De cara a las autoridades, que analizan toda la información que el ciudadano consume por TV, Virgilio pretende hacerse pasar por cualquier viejecito solitario de cualquier parte del mundo aficionado a los cotilleos de los privilegiados.

Si, ahora mismo, yo no estuviera aquí, tomando nota de todo lo que ocurre, nadie sabría que fue en este pequeño lugar donde empezó todo.

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