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Estoy en el barrio de Asakusa, Tokio. Aquí se encuentra el templo más antiguo de Japón y también el bar donde se hizo el primer brandy del país.

Acabo de llegar. Una viejecita de no más de un metro, vestida de vampira y con una tiara de princesita en lo alto de la cabeza, camina encorvada entre las sombras de los edificios, resguardándose de la luz de la luna.

De repente, sin venir mucho a cuento, la mujer se para pegándose a la pared, como si alguien la siguiera. Qué paranoica, pienso para mí.

Me pongo a observarla bien de cerca, y, de pronto, veo cómo una cucaracha muy negra muy negra y muy asquerosa, muy asquerosa, le está saliendo de la tiara, se descuelga de su pelo, y emprende la bajada por su diminuto cuerpo hasta llegar al suelo, donde el animal corre que se las pela en dirección a una alcantarilla.

Poquito a poco, impulsándose con una varita mágica de juguete de color rosa purpurina, vuelve a ponerse en marcha, deslizándose por la sombra de una cornisa hasta entrar en un cibercafé.

En pocos minutos, me informo de que es un cibercafé para homeless, con habitaciones y apartado postal.

Decido esperar un rato fuera del bar. Miro hacia arriba y doy gracias a Dios. Afortunadamente, no ha sido difícil encontrarla. No había mucho tiempo a la luz de los últimos acontecimientos. Una pista muy absurda me condujo al bosque de las lonas azules, una de las comunidades más grandes de mendigos aquí en Tokio.

La existencia de las comunidades salvajes de mendigos se debe a la influencia que el anarco-capitalismo de Emerge está teniendo en Japón.

Según la nueva filosofía de Emerge, los sin techo son tanto más baratos cuanto más integrados estén en la naturaleza.

El estado japonés –en pleno colapso— se ha mostrado muy abierto a estas nuevas fórmulas que se proponen en las mejores escuelas de negocio y consultorías del mundo occidental, y que, como digo, siguen a pies juntillas la ideología empresarial de Emerge, que poco a poco se va filtrando en todos los sistemas educativos de la aldea global.

No sé si entrar o quedarme aquí afuera esperando a que la draculina salga del ciber. Mientras me lo pienso, comienzo a recordar la historia que, ayer por la noche, al calor de la lumbre, me contaron unos ex alto ejecutivos en el bosque de las lonas azules:

—Todo empezó cuando la Asociación Japonesa de Mendigos denunció a Energy, la empresa que controla las centrales nucleares del país. La acusaban de haber hecho tratos ocultos con la mafia yakuza. Al parecer, los yakuza se encargaban de reclutar a mendigos o personas en estado terminal para limpiar zonas altamente radioactivas.

—Tras una larga sucesión por el estrado de testimonios, la jueza se retiró a reflexionar.

—Y reflexionó.

—Y reflexionó.

—Y reflexionó —continúan los hombres narrando la historia como si fueran antiguos juglares de la Edad Media — y, al cabo de un tiempo, la jueza hizo saber a la sala que ya contaba con un veredicto.

—La sentencia condenaba a los altos cargos de la empresa a vivir con sus familias en las zonas contaminadas hasta que solucionaran el problema; solo así, el estado se aseguraría de que la organización estaría haciendo todo lo posible con el dinero público.

—Al conocer la sentencia, hasta el mismísimo emperador japonés puso el grito en el cielo.

—Y cuentan las malas lenguas que se inició una gran campaña para demostrar que la jueza se había vuelto loca, levantando falsos testimonios y apoyándolos con reputados informes psiquiátricos para sacarla del puesto.

—A la semana siguiente, la jueza instruyó su último caso y se desnudó delante de toda la sala, y, así, tal y como su madre la trajo al mundo, salió a la calle hasta llegar aquí, al bosque, bajo estas lonas, donde le dimos acogida.

Apenas estoy recordando estas últimas palabras cuando veo que la vampirina acaba de salir de su estancia y que, tal y como mi intuición me decía, va acompañada de la Paca, el gigante de carnes redondas y piernas arqueadas que salió de una cueva del Perito Moreno.

Sin mediar palabra, las dos mujeres se han acercado a un taxi que espera en la puerta. Al verlas venir, el taxista se lamenta de que una mendiga del bosque haya contratado sus servicios y pone cara de fastidio.

Le dan un poco de asco los mendigos. Son unos vagos que no quieren trabajar y afean mucho la ciudad, además, de avergonzar al país y a todo el pueblo japonés. En opinión de este señor, todos estaban haciendo todo lo posible por levantar la nación después del terremoto y del Gran Crack. Luchemos contra la radiactividad, se podía leer en todos los luminosos que recorrían el país, las deudas se pagan, ponía en otro de más allá.

La princesita abre la puerta y le dice al taxista:

—Señor, aquí le presento a mi hermana, ha venido de Grecia a verme y ahora se dispone a volver a su país. Si es tan amable, a cambio de este dinero, me gustaría que accediera a llevarla al aeropuerto.

El hombre hace una falsa reverencia como le ordena la cortesía de su cultura y accede a llevarla. Cuando la mujer mediterránea se sienta en la parte de atrás, la antigua jueza le pone el libro del Corán en sus manos.

—Que la fuerza te acompañe —le dice en japonés.

—Que la fuerza te acompañe —le repite la señorona en lengua griega.

Al ver el Corán, el taxista no ha podido evitar un gesto de asco. En Japón, la religión musulmana no está bien vista, es un libro escrito para gente obtusa, pero aún así arranca en dirección al aeropuerto rumbo a las tierras mojadas de la magna Grecia.

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