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El sonido de una avioneta a punto de aterrizar cerca de la asamblea knu interrumpe el discurso del hombre sabio.

Dentro del jet privado, Adil 747 prepara su próxima reunión. Los gemelos de oro que anudan los puños de su camisa le distraen de su cometido. Una irónica sonrisa aparece en su cara. Cuántos recuerdos le vienen ahora a la mente.

Adil 747 había pasado la mayor parte de su vida viviendo en la ciudad de los muertos, en el Cairo, lugar donde nació. Su padre era cojo y antes conducía un taxi por la ciudad, pero después de la primavera árabe y de la modernización del país, le impidieron, por sus condiciones, acceder a la licencia del taxi y su familia sucumbió a la pobreza más extrema. Su única fuente de ingresos provenía de servir a la clase media.

Su madre regentaba una portería en uno de esos barrios residenciales. Desde pequeño, él le hacía recados a una familia que vivía en el cuarto piso, padre abogado, madre profesora de universidad e hijos médicos e investigadores. Ello no quiere decir que fueran ricos, pero, al menos, tenían educación. Él los admiraba mucho y siempre se quedaba mirando por la rendija de la puerta el interior del piso, lleno de libros por todas partes, libros que a él no le servían para nada, puesto que él no sabía leer, al igual que todos los miembros de su familia.

Un día los señores le dijeron que se trasladaban a su segunda residencia hasta que los movimientos de resistencia laicos se paralizaran un poco. Él no entendía nada, alguna vez había ido a las manifestaciones pero para qué, después de tantos movimientos en el mundo árabe, su situación de pobreza, la suya y la de su familia, no solo no había mejorado, sino que había empeorado ostensiblemente, hasta el punto de llegar a pasar hambre.

En estas condiciones caminaba él, hambriento, según los recuerdos que le van viniendo en el avión, por las calles del Cairo, con una bicicleta en la mano, rota en los últimos disturbios. Caminaba muy deprimido pensando que de dónde iba a sacar él ahora un recambio para la cámara de la rueda derecha. De sobra sabía él que sus dientes podridos, su entrecejo, su cuerpo maltrecho y su sucia túnica no atraían amistades. Pensó en aprovechar su imagen de pobre para pedir, pero era demasiado orgulloso.

Debatiéndose entre cero posibilidades, caminaba en dirección al centro de la ciudad. Por un momento, el pesimismo le hizo desear el suicidio y le trajo pensamientos que le hacían decirse a sí mismo y así acabarás con esta vida de lucha y sacrificio que tan pocas alegrías te da. Pero, por sus creencias religiosas, el suicidio no era una opción a contemplar. Su fe de musulmán le hacía tener sentimientos de culpa cada vez que lo pensaba.

Para contrastar estas ideas negativas, recurría una y otra vez a una fantasía de la que era un adicto declarado: su boda con la tercera hija del abogado. Había hecho grandes progresos en dicha fantasía. Era obvio que, por razones de clase social, era imposible casarse con una mujer así, no solo porque era la mujer más bella e inteligente que había conocido jamás, sino porque en su cultura era el hombre el que ponía la casa, entre otros bienes materiales, y él, en esos momentos, ni siquiera tenía para acceder al agua y asear su cuerpo convenientemente tal y como su religión prescribía.

Qué guapa era esa mujer, alta, llena de curvas, melena castaña, larga y ondulada, cara de Nefertiti, sus antepasados más gloriosos, olía siempre a melocotón en almíbar y hablaba muchas lenguas, entre ellas, español. Esto último se lo dijo el padre una vez cuando, después de pasar seis meses sin verla, consiguió reunir el valor suficiente para preguntarle al señor por ella, y el padre, parco, seco, con cara circunspecta, le dijo que estaba en España haciendo la tesis. La tesis… como si supiera él qué era la tesis.

Al llegar al zoco, algo nuevo le llamó poderosamente la atención. Había una pantalla grande donde él aparecía reflejado. Era la primera vez que se veía por televisión y la impresión fue tan divertida que se quedó al menos cinco minutos analizando su imagen. En efecto, su aspecto era deplorable aunque acordó que eso de que la televisión engordaba era totalmente cierto. Arriba, coronando la enorme pantalla, había un cartel lleno de letras moviéndose. Dominado por la curiosidad, tuvo que parar a un transeúnte para que le explicara por qué estaba esa pantalla allí a modo de espejo, reflejando las caras de toda la gente que por allí pasaba.

—Es un proyecto de investigación.

—Ah —dice él con cara de no entender nada.

Al ver su cara, el hombre, un funcionario del estado, se apiadó de su ignorancia y se paró para explicarle:

—Esto sirve para registrar todas las caras del mundo y así poder encontrar patrones comunes a todas ellas. Quieren confirmar la teoría de que todos tenemos uno doble que convive con nosotros en el mismo espacio-tiempo, incluso algunos piensan que tenemos más de uno.

Quién iba a querer hacer eso y por qué se preguntaba para sí mismo mientras se despedía del señor en dirección al mercado.

—¿Quieres ser rico, tener una vida emocionante, aventurera, quieres salvar a la humanidad? —escuchó de repente a una con un burka negro que le hablaba a su espalda.

—Yo no soy más que un pobre.

—Tú tienes algo que un amigo mío valora mucho, y, por ello, él está dispuesto a dártelo todo, hasta su identidad.

El piloto le acaba de informar de que el aterrizaje se ha producido con éxito y de que es seguro salir del avión.

Adil 747 despierta de su ensoñación y baja las escalerillas seguro de su cometido. Con confianza, se acerca a los círculos concéntricos que forman la asamblea y pide permiso para tomar la palabra.

—Tendréis acceso a todos los valores sin dinero. Yo asumiré vuestra deuda.

—Nosotros no queremos que pagues la deuda puesto que la deuda no existe. No reconocemos la existencia de la deuda.

En este momento, Adil 747 sabe que necesita todo el espíritu conciliador, humano, toda su empatía para salir de esta situación con éxito.

—Está bien, —dice—. Es cierto, la deuda no existe, es tan solo un instrumento de dominación global.

—Queremos que el mundo entero sepa que nosotros no reconocemos el concepto de deuda.

—Escuchad. Vuestro pueblo ha dado un gran paso. Dejadme que os ayude a completarlo. No es momento ahora de hacer pública esa información. Solo ganaríais enemigos. No os conviene, no es inteligente hacer un cambio buscando el enfrentamiento. Si entráis en guerra, moriréis y estaríais impidiendo el proceso de materialización de vuestra propia utopía.

Los sabios se quedan en silencio. La comunidad vota. Guerra no, no queremos morir, queremos ser felices, sintetiza su Hacedor.

—Conocemos los modos de occidente. Vuestra falta de espiritualidad. No hacéis nada por nadie si no es buscando un provecho, un beneficio, un interés propio.

—Solo quiero que todo este ambiente permanezca tal y como está ahora. Que nada se descongele, que pongáis vuestro granito de arena para detener el cambio climático, la desglaciación de este casco polar. Si os comprometéis a mantener el hielo, podréis saciar todas vuestras necesidades.

—Nosotros no podemos evitar que la humanidad suba la temperatura del planeta con sus industrias y residuos.

—Estoy seguro de que encontraréis la forma. Firmaré todos vuestros tratados de compromiso, redactados por vosotros y en vuestra lengua. Sin confianza, nada puede llegar a buen puerto.

El chamán medita en silencio las palabras de Adil. Al rato dice:

—Es de sabios no generar odio entre los poderosos. Hay que guardarse el orgullo, que no es más que una estúpida sombra de nuestro ego. El pueblo Knu está obteniendo su libertad, una libertad invisible, sin ostentaciones, ni absurdas demostraciones al mundo. Pararemos el deshielo, y la pirámide permanecerá oculta.

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