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En calzones y camisa blanca de algodón con tirantes, Adil mira por la ventana de su habitación y piensa: la mansión, pronto estará lista.

Al salir del cuartucho, en la cocina, como cada mañana, le espera su suegra con un café recién hecho.

El buen hijo da los buenos días, pero su señora madre política no le presta mucha atención. Está mirando la TV-Internet como si estuviera hipnotizada. Adil mira la pantalla y solo ve chirivitas onduladas de colores que aparecen, vibran unos segundos y luego desaparecen para volver a aparecer microsegundos después.

—¿Qué hassseee usté, mare? ¡Se va a quedá siega!

Sin quitar los ojos de la pantalla, la mujer contesta como si, en realidad, estuviera hablándole a la tele:

—Poh, nà, qué viaséh, que la Salomé la vé asín y ma disho que sale una telenovela de un viejo enamorao de un robot que le salva la vida, y ríe y llora, y de tó, pero yo miro y no veo nà.

Dándola por imposible, Adil se acerca a la pila a coger una cucharilla para el café. Por el agujero del desagüe, asoma de forma atrevida un par de antenas con un poco de luz en sus extremos, y detrás de ella, una cucaracha muy gorda y muy insolente, que corre como loca hacia Adil como si no hubiese un mañana.

Muerto de miedo, corre el último faraón asustado a esconderse detrás de su suegra, azuzándola para que vaya ella a matar el animal.

—Quita, quita, que a esah solo lah entiendo yo. Uhhh qué gorda eh la hija de la gran puuuuuuuuta, —continúa con su acento extremeño— trae pa’ca la ehcoba que a ehta la voy a apañar yo.

Guiada por un fuerte instinto de protección y sintiéndose una heroína con el súper poder de matar cucarachas, la mare se abalanza contra el fregadero, dispuesta a cumplir con éxito la valerosa tarea que le ha sido encomendada.

Oliendo el tufillo a muerte, la cucaracha salta de la pila al suelo, y corre como alma que lleva el diablo por debajo de la mesa de la cocina, en dirección a Adil, que muy nervioso, ha empezado a huir de ella, mientras lloriquea como un niño ¿pero por qué a mí? ¿pero qué le he hecho yo? ¿pero por qué me persigue?

¡Bum! Un enorme escobazo cae como una lápida sobre el animal y lo entierra en un manojo de tiras de paja.

—¡Está muerta? —pregunta Adil con tono ilusionante.

La suegra levanta la escoba y la cucaracha, ahora patas arriba, comienza a balancearse hacia los lados hasta conseguir darse la vuelta. A punto de ser aplastada por la zapatilla de la señá Gregoria, el animal levanta las antenas y estas comienzan a desprender dos potentes hilos de luz.

Casi de inmediato, la realidad de la cocina comienza a diluirse rápidamente y a girar sobre sí misma como una ruleta rusa.

—¿Dónde estamos? —pregunta la mujer como si hubiera hecho un viaje en el espacio-tiempo.

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