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—Buenos días, señor Mac Cain.

—Buenos días, sí, sí que son buenos, señorita Eliza, ¿señora o señorita?

—Llámeme doctora Eliza. ¿Le parece que retomemos el tema de conversación del otro día? Me estaba usted explicando que se sentía provocado por las mujeres.

—¡Pues claro! ¿Es que no ve cómo van vestidas?

—Veo cómo van vestidas.

—Entonces, estará usted de acuerdo conmigo. Mire lo que le digo, si no llevan puesta alguna prenda ceñida, van con algo que se les trasparenta a contraluz. Si no van bien escotadas, van con las falditas por aquí. O con esas camisetitas, despreocupadas, como si no se dieran ni cuenta de que se les nota que no llevan sujetador. Y ese atuendo al que llaman traje de oficina, que, según ellas, les da un aire masculino, sí, sí, masculino, yo sí que les daba “aire masculino”. Y las cajeras, ¿qué me dice usted de cómo van las cajeras? Siempre ahí abajo, con esas blusitas a las que, mira tú qué casualidad, siempre les falta algún botón. ¡Y venga a enseñar la ropa interior!

—Ya. La ropa interior.

—¡Eso! ¿Y no me diga que no ha visto a esas que van hechas un adefesio con el pantalón caído a medio culo enseñando sin rubor el triangulito hortera de su tanga? Y esas niñas, a la salida del colegio, mujeres como trinquetes ya de grandes y con sus falditas de tablas, que son las mismas de cuando tenían diez años, y esos calcetines hasta la rodilla, con el móvil metido dentro, especialmente pensado para que tú te fijes bien en el trozo de carne que queda al aire libre. O las limpiadoras, maduritas ya, venga a menearse, dando el espectáculo con sus batitas. Claaaaro, como tienen tanto calor, pues no se ponen nada más. ¿Y las criadas? ¿Y las camareras? ¿Y los pantalones vaqueros? ¡Venga ya, señora Eliza, no me diga que no están todas buscando!

—Pero, según usted, ¿qué es lo que están buscando?

—A mí, a los que son como yo. Pero es que, luego, no se lo pierda, que cuando te acercas y les dices algo, algo fino, me refiero, nada soez (no vaya usted a pensar que soy un salido), lo menos que te contestan es viejo verde. Y digo yo, ¿qué mal les he hecho? ¿Acaso el sexo no es algo divino también? ¿Sabe lo que le digo? Que son todas unas guarras.

—Debe usted calmarse, intente evitar los insultos, los insultos no ayudan.

—Ya, ya… No quiero que piense de mí que… ¿Pero es que follar es solo cosa de tíos? Como si ellas, las muy zorritas, no lo hicieran. Lo hacen todas. Todas. Si no, a ver de dónde ha salido toda esta gente, ¿eh? ¿Es que ahora somos todos biónicos? No soporto esta hipocresía en las mujeres. Siempre amparándose en el rollo de que han estado reprimidas sexualmente durante tanto tiempo que ahora tienen derecho a hacerse las santas. Como si el sexo fuera algo sucio de los hombres. Algo a lo que ellas acceden únicamente porque les da un poco de pena que su tierno amor se quede a medias después de haber recibido tan lindas caricias. Cuando el telón cae y se apagan las luces… todas guarras. Oiga, no me malinterprete, que a mí me parece muy bien, que no hay nada peor que irte con una tía cañón y que luego sea una asquitos en la cama; prefiero cien mil veces una que no esté tan buena pero que esté bien dispuesta. En fin, lo que no entiendo es que tenga que estar permanentemente en esta complicada mendicidad de apariencias para satisfacerme. Y satisfacerlas, no lo dude.

—¿Por qué tendría que dudar, señor Mac Cain? ¿Tiene usted algún problema para satisfacer a una mujer?

—Eeeh… ¿Por qué me hace usted esa pregunta?

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