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Un dandi de finales de siglo XIX, vestido con traje negro de chaqueta, erguido y de ojos azules, hizo una señal, y las palomas marcaron, a izquierda y a derecha, el camino de subida. Luego, se dio la vuelta, y se quedó contemplando lo que había al otro lado de la montaña, mientras esperaba a que el resto del grupo llegara.

–¡Es un abominable simplificado con paloma! –le dijo Andrés a Andrea mientras subían a toda prisa.

–Oye, Andrés, –dijo Miku– no te recuerda a…

Andrea la interrumpió a voz en grito:

–¡Madre mía! ¡Qué alucine! ¡Pero si es Nickola Tesla!

Al llegar a la cima, el grupo flanqueó guardando un silencio sepulcral al extraño hombre de negro.

Este, sin decir nada, levantó las manos, ofreciéndoles todo lo que había al otro lado como si fuera un regalo.

No era más que la vista del horizonte lo que se esperaba encontrar al otro lado. La diferencia entre el triunfo y el fracaso dependía completamente de lo que vieran tras esa montaña.

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