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EL SECRETO DE CAÑADA REAL

Nonainononainonoaino…. Aquí hay arte a raudales, que rezuma por todos los poros de la piel.

Por fin, ha llegado el gran día del último faraón sobre la faz de la tierra, la gran boda, la boda entre Adil y Salomé.

Todos los preparativos están listos para tan excepcional evento, el cual está teniendo lugar en el antiguo poblado de Cañada Real.

Por primera vez, después de que todo esto empezara, el poblado de Cañada Real ha bajado la gran muralla que le separaba del gran barrio de Vallekas, deslumbrando con su color a todos las comunidades vecinas de los alrededores, y despejando, a su vez, de un plumazo, todos los rumores, los chismosos cotilleos, que habían llenado horas y horas de los programas del mundo del corazón, donde Adil es el famoso más cotizado.

A causa de tanto secretismo, la noble villa de Vallekas dio por completo rienda suelta a su imaginación, inventándose toda clase de fantasías acerca de lo que pasaba dentro del poblado.

Hace dos semanas, una mujer marroquí dijo haber entrado al poblado por ser familiar de unos de sus habitantes y contó que la mansión de Adil se llamaba La Diamantina, porque estaba hecha de diamantes y porque tenía forma de platillo volante. Pero la mujer no se paró ahí. Mañana, tarde y noche se paseó por todos los platós del mundo rosa jurando por dios una y mil veces que Adil era un extraterrestre que había venido a la tierra a ayudarnos, y que ella sabía que era cierto porque las naves que había dicho la televisión que había en el planeta ese, Marte, le complementa el periodista, eran igual igual igual que la de él.

Sea como fuere, lo cierto es que ahora todos estos chismorreos se han olvidado y la verdad verdadera no ha defraudado a nadie.

En estos momentos, los invitados, en sus lujosas limusinas, bajo grandes medidas de seguridad, ya están entrando en el poblado. En una de estas limousinas va la reina de Inglaterra y detrás de ella vienen los semifaraones, zanjando en el coche los últimos detalles del final de la partida.

Al entrar en la muralla, la reina de Inglaterra ha exclamado:

—OH, MY GOD!

—Madre mía del amor hermoso, —le ha secundado la antigua reina de España que la acompaña.

Las mujeres bajan las oscuras ventanillas de sus coches porque no pueden creer lo que están viendo.

Toda, absolutamente toda Cañada Real está cubierta de oro, oro reluciente, oro deslumbrante, oro que quita el sueño y que te hace sentir muy poderoso.

Sale a la carretera principal mucha gente a hacer el paseíllo y sobre todo a recibir a la reina, que no quiere parecer una paleta, mostrando como si fuera una paria, la boca abierta y la baba cayendo de la fascinación. Recompone, pues, su factura, y continúa su camino saludando como ha hecho siempre, con una sonrisa amable pero distante.

Por el camino, la gente ya está bailando desde la primera hora de la mañana, el pueblo está lleno de flores, incluso el suelo, y hay comida, música y baile por todos los lados; es una gran fiesta, y, al mismo tiempo, una gran feria, con atracciones centrífugas por todas partes.

Van, como he dicho, todos los gitanos vestidos con trajes de oro, y la reina no se siente cómoda en esa situación, mirando su vestido, que, por cierto, es repetido. Menos acomplejada se siente la reina de España, que ya más acostumbrada al mundo de hoy, sabe que tarde o temprano, se diferenciará de los gitanos por algo que ellos no tienen y ella sí, conocimiento.

Atrás, los semifaraones también están fascinados. Uno de ello, al salir del coche, se ha arrodillado en seguida en el asfalto, y ha besado el suelo, como si fuera un antiguo papa abrazando tierra santa; al mismo tiempo, al igual que la reina, no ha podido evitar un sentimiento de inferioridad y de profunda envidia y deseo por la posesión de tan valioso, embaucador e inestimable metal, por el que la humanidad, y ellos sobre todo, había llegado a matar.

Más insensible al valor simbólico del oro, Mac Cain, al bajarse del coche, exclama:

—¡Hostia puta!! A ver si va a ser verdad que realmente el pijo este caga oro y todo esto está hecho de su mierda.

—Mac Cain, por favor, no seas vulgar, —dice su mujer.

Nulla esthetica sine etica y aquí no veo la ética por ninguna parte —dice Alexia pareciéndole todo una gran horterada.

—Pues a mí me gusta, es como estar en un cuento de hadas, —añade Anicka.

Llevan todos los gitanos de Cañada Real una especie de corona de oro en la cabeza, fina, ligera y con gran arte tallada, un símbolo que les recuerda que ellos también, según la constitución, son reyes de España.

Estos reyes conducen a las otras reinas a sus habitaciones, donde se refrescarán del viaje, antes de que empiece la ceremonia.

Cuchichean en una de las habitaciones las dos reinas sobre todo lo que han visto aquí. Con cierta nostalgia, la reina saca el diamante más caro del mundo, ensartado en una especie de largo collar de oro. Tiene este diamante un valor incalculable, y no es para ir sacándolo de casa así porque sí. Quizás por esto la reina de España le dice:

—¿Lo has traído?

—Debía hacerlo.

Ambas miran para abajo y luego cambian de tema, ya son viejecitas y no quieren hablar de cosas tristes. El cuerpo les falla cada vez más, la muerte está cerca, y aunque saben que su tiempo histórico ha llegado al final, les queda el orgullo de haber vivido tiempos muy extraordinarios, el orgullo también de conservar aún el patrimonio de su linaje, aquello que, como este diamante, le dice al mundo que en un pasado, ellos fueron hombres grandes, hombres valerosos, con coraje, que condujeron a la humanidad hacia el presente de hoy.

Piensa esto la reina de Inglaterra sin ser muy autocrítica, no tiene remordimientos, aparentemente, y está completamente convencida de que todo el mal que haya podido originar a la humanidad siempre fue por una causa mayor, la supervivencia de su linaje a lo largo del tiempo.

Charlan las dos amigas de los nuevos tiempos, y, la sabiduría de ambas les invita a percibir un aire de provisionalidad en el ambiente, que les hace permanecer en alerta ante cualquier cosa. Ambas conocen a Adil desde pequeño, y saben que es un mentiroso compulsivo, un inmaduro, y que todo lo que él tiene es aire, por mucho que lo cubra de oro, siempre será aire.

De pronto, llaman a la puerta, y pasa una mujer gitana de unos dieciséis años, que trae en una bandeja toda clase de frutas, té, toallas y sales de baño.

—Acércate, no tengas miedo, —le dice la ex reina del país mediterráneo.

Ella se acerca silenciosamente un poco sonrojada e intimidada por la situación.

—Llevas unos zapatos de extraordinaria calidad, parece que han sido hechos por la mano de dios, ¿verdad? Por favor, te importaría prestarme uno.

—No creo que… llevo todo el día trabajando, no quiero yo, por favor, no me haga eso, mis pies están suci…

—No te preocupes, apostaría mi mejor joya de la corona a que no huelen a nada. Ni yo misma puedo llevar ahora un zapato de tanta calidad. Te quería preguntar quién los hace.

—Me los ha dado un zapatero que llevaba mucho tiempo haciéndolos y que decía que se los regalaría a aquel que mejor le sentasen. Yo me enteré por el Livuk de su mensaje, fui, me los probé y me los dio. Luego cuando llegué a casa me enteré de que mucha gente antes se los había probado y que solo a mí me lo había querido dar, con lo que, como comprenderá, no se lo puedo a usted dar porque es un regalo. El hombre dijo que no los vendería ni por todo el oro del mundo, que sus zapatos, tenían tanto valor que no podían tener ningún precio.

—Querida, —dijo la reina de España—, nadie te los ha pedido.

La chica hace una reverencia y se va rápidamente. Se sujeta la corona, para darse coraje, para pensar que ella también es reina, para sobreponerse al diálogo con esas señoras que la han mirado por encima del hombro, con aires de superioridad, aunque ella tenga en su poder todo el oro del mundo, y los mejores zapatos que nadie haya podido confeccionar jamás.

Las reinas se miran sonriéndose entre sí. Una de ellas va a decir algo pero nota que su cucaracha lucha por salir del bolso.

—A ver qué quiere esta ahora con tanta impaciencia.

La reina de Inglaterra abre su pequeña cartera y por ella pega un salto la cuqui hasta caer al suelo y proyectar, a toda prisa, un extraño entorno virtual.

—Soy Populus. El ojo que todo lo ve.

—¿Populus? ¿Pero eso no es ya cosa del pasado? Pensaba que su creador había muerto.

—Se dice, se cuenta, se rumorea que…

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