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Rumores de guerra

Al escuchar la Torre de Babel todos se quedan muy serios y un poco desconcertados. Habían escuchado en la organización historias sobre este mito, pero lo cierto es que, ahora, en este contexto, todo cobraba sentido.

Intuyen todos que Adil conoce los secretos de los faraones, secretos que aún no ha compartido con ellos, a pesar de haberles puesto a su altura.

Tras la reunión, la maquinaria de la guerra se ha puesto en marcha sin perder un segundo.

Muchos conflictos armados han creado artificialmente los faraones a lo largo de la historia, incluyendo las dos guerras mundiales del siglo veinte, y, por eso es que se alegran mucho de jugar por fin en un tablero de sobra por ellos conocido.

La nueva estrategia, pues, no se ha hecho esperar, y, hoy se ha dado el primer paso hacia la escalada del conflicto.

Hace tan solo unos momentos, los países del antiguo régimen se han quejado ante la ONU de que sus medios de comunicación están siendo duramente manipulados, y acaban de amenazar con ir a la guerra contra los países R si no cesan de atacar a sus ciudadanos con informaciones falsas y dañinas desde un punto de vista psicológico y cultural.

La amenaza ha sido pronunciada por el presidente de la alianza no R, el presidente de Tailandia, que de cara a su país, ha declarado que los virus informativos atentan contra los siete principios que su gobierno ha impuesto al ciudadano para ser feliz, entre ellos, no cuestionar a sus instituciones.

Este es el clima de tensión en política exterior con el que ha desayunado el ciudadano R en el día de hoy. En los foros del Livuk, la imaginación se ha disparado, y la palabra guerra, apenas usada en el livuk según las estadísticas, hoy ha entrado en escena por la puerta grande, disparándose su frecuencia de uso y por tanto su relevancia desde que todo esto empezara en el Club Bilderberg.

—¿Va a hacer la guerra para la paz, señor Stalin?— le pregunta un periodista subjetivo a Mac Cain en Dinamarca, en la isla de Fionia.

El mejor ataque siempre es una buena defensa. Esta es la filosofía del sistema R, basada en la autoprotección ante el bruto.

—Según las cuentas bancarias en las últimas semanas ha invertido cantidades ingentes de dinero en armas de autoprotección. Si atendemos al dinero que le queda en el banco, es un hombre completamente arruinado. ¿Tiene más dinero en otras partes?

—Dentro de una semana, presentaré a la humanidad un gran invento para la protección. Una especie de chaleco antibalas infalible. He invertido toda mi riqueza en este gran invento para la humanidad, y, estoy seguro de que el sistema R sabrá recompensarme como es debido.

—La justicia popular le exculpó la semana pasada de todos los cargos de narcotráfico, a pesar de ser el máximo responsable del tráfico de drogas. ¿Sigue declarándose inocente?

—Yo no la cultivé, ni la distribuí, ni la vendí, ni la consumí. Espero que en los próximos días aumente el consenso para la legalización de los alteradores de consciencia. La moneda R debe ser una moneda transparente.

—¿Defiende usted la idea de que puedan comprarse drogas con la moneda de la revolución?

—Lo defiendo a ultranza, y no creo que tener esta idea, tras la revolución, deba ser un delito. O no, ¿señorita? Mi equipo de trabajo ha presentado un proyecto de ley para la legalización de las drogas. Desde aquí hago campaña electoral por él, y espero que den luz verde a este proyecto de ley, y que sus principios se reflejen en la constitución universal.

Mac Cain aparta el micrófono y entra a un edificio muy moderno, con una estatua vikinga en el hall. Allí le esperan los directores de las empresas armamentísticas más importantes de los países nórdicos.

—Veamos, qué tenemos aquí.

—Tecnología de la invisibilidad para la protección.

Los científicos le enseñan un buen catálogo de inventos de autoprotección.

—Si convierto todo esto en patente R, ¿qué garantías hay de que no pueda ser usado con un mal fin?

—Ninguna, señor. Estamos tratando de programar la capa de invisibilidad con sensores emocionales, de tal manera que la capa dejaría de ser invisible si el usuario sintiera rabia, ira o enfado.

A Mac Cain se le viene a la mente, como un flash, el día de la fiesta del 17R, y la pantalla de Populus por la que solo pasaban los buenos.

—¿Y qué pasaría si solo funcionara con el amor?

—Es una buena idea, solo que desconocemos cuál es la frecuencia del amor. La fórmula del amor, en el caso de que exista, está muy lejos de ser un hecho científico. Por el momento, es esoterismo, pseudociencia o, para los izramitas, religión. Y Alexia… Aún no ha descubierto nada.

Mac Cain reflexiona un momento y dice:

—Pasemos a la siguiente cuestión.

El grupo se mueve de la sala y suben a la azotea del edificio. Desde allí, pueden verse hectáreas y hectáres llenas de enormes piscinas llenas de toda clase de armas.

—Los señores de la guerra están haciendo su trabajo, por lo que puedo ver.

—Aún así, los gobiernos del antiguo régimen nos venden las armas, obtienen su dinero, y luego, fabrican ellos las suyas propias. El desarme de los ejércitos no está siendo efectivo.

—Vendámoles nuestros productos de protección.

—Nuestros comerciales ya lo han intentado; incluso usando las técnicas más avanzadas de neuromarketing, los gobiernos no quieren armas de protección, sino de ataque. Nuestros productos no les interesan. Estamos al borde de la ruina.

—Vayamos con el producto estrella.

Una mujer sueca se pone una bata blanca y se la abotona, como si ese acto tan cotidiano, fuera digno de ser presentado. Luego, dice:

—Pégeme con toda la fuerza que usted, que dice ser un cyborg, pueda darme.

Mac Cain ríe de forma nerviosa, pero el resto del grupo permanece callado a la espera de que el experimento tenga éxito.

—¿Estás segura de que funciona?

—Déme usted una paliza, como antaño se pegaba a las mujeres, pégeme hasta quedarse sin fuerzas, con los puños, con los pies, con la cabeza, no se corte.

Mac Cain se cruje las manos, mueve un poco el cuello y sonríe como preparándose para la pelea.

La mujer le espera quieta, en medio de la azotea. Una brisa de aire mueve el vuelo de la falda, por debajo de las rodillas. Las manos, en el par de bolsillos de la bata blanca de científica.

Mac Cain avanza y comienza, como si estuviera poseído, a darle hostias como panes. Luego patadas voladoras, después cabezazos, y más tarde, trata de agarrarse a ella como un boxeador exhausto que espera a que se agote el tiempo del round.

La mujer continúa en el mismo sitio, inmóvil, con cierta cara de triunfo, y con las manos en los bolsillos de la bata, viendo cómo los golpes de Mac Cain se hunden en el vacío, sin llegar si quiera a despeinarla.

—Suficiente, —dice Mac Cain jadeando y atusándose el pelo.

—¿Qué hay de las armas de protección nuclear?

—Estamos en ello, pero tememos afectar a posibles universos paralelos si…

El sonido del móvil de Mac Cain corta la conversación. El teniente se despide del grupo dándole las gracias mientras este no para de sonar.

Camino de la calle, Mac Cain descuelga:

—Señora presidenta, cómo me excita escuchar su voz.

—Mis asistentes me informan de que tenía una llamada suya.

—Informo al ciudadano R, que sé que nos está oyendo, —dice Mac Cain— de que las cucarachas en el futuro serán también armas de protección masiva.

La gente R que está escuchando escribe el emoticono de aplausos, parte del diccionario de neolengua del Livuk.

Marilyn lee que el hacedor le da las gracias a Mac Cain por su trabajo:

—Muchas gracias en nombre del ciudadano R, señor Stalin.

—No hay de qué. Salvaré muchas más vidas de las que he quitado.

Marilyn corta el teléfono y su jefe de gabinete le avisa de que es la hora.

Grácil, con la espontaneidad que le caracteriza, se acerca a una mesa de bricolaje y espera a que el director de cámara diga:

—Entramos en antena en 3, 2, 1…

—Feliz día R a todos los ciudadanos de la aldea global. Hoy la palabra guerra se ha metido en el paraíso, y nos hace saber que en el mundo todavía hay personas de baja consciencia que piensan que la guerra es la mejor forma de solucionar los conflictos humanos. Yo, en cambio, pienso que un conflicto siempre se soluciona con amor, mucho amor y mucha generosidad.

La señora presidenta hace una pausa, y continúa:

—Hoy, me ha llegado una carta a través de una paloma blanca que ha volado desde la ciudad de Guadalajara. En ella, una persona me pide prestada mi cucaracha holo3D. Y yo, con todo amor y generosidad, voy a hacer algo mejor que prestársela, voy a fabricarle una nueva. Yo le voy a regalar esta cucaracha porque no quiero una guerra con México, nuestro país hermano, porque sé que al odio se le combate con el amor, a la guerra con la paz, a la violencia con inteligencia.

Marilyn construye la cucaracha en su taller de bricolaje con un papel de instrucciones y un vídeo de imágenes sobre cómo hacerlo.

Los Marilyn, que es la red social de hombres y mujeres que las 24 horas del día, se peinan, se visten, hablan y hacen todo igual que ella lo está haciendo, se han puesto también a fabricar en sus casas una cucaracha para un ciudadano mexicano como si estuvieran haciendo una receta de cocina enseñada por televisión. Yo, aunque no soy un Marilyn, también me pongo a ello, porque he descubierto que fabricar cuquis me relaja #cantidad.

Cuando llevo ya tres hechas, veo que en mi Livuk tengo un mensaje de una señora que vive en una comunidad amish al norte de Oregón y que dice que me da un millón de q coins de su renta de abundacia radical si le hago una cucaracha a ella también.

Como tengo tres, cojo una de ellas, miro mi reloj y salgo a la ventana. El Livuk me dice que a esta hora pasa por esta calle en la que estoy un globo para transportar productos R a los clientes. Cojo el sobre y se lo entrego a la señora que lleva el globo, una mujer que pesa ciento quince kilos y que se está poniendo fina a comer apio con mayonesa.

Me vuelvo a mi habitación y me pongo a consultar mi programa de investigación. Tengo una visita pendiente a un museo en Austria, pero me da pereza y me tumbo en la cama. Hoy, la verdad, es que no me apetece hacer nada. Abandonándome un poco a la vagueza, de pronto, de buenas a primeras, me entran ganas de fumarme un cigarro. Nunca he fumado, y pienso que probablemente, sea el contexto el que me haya empujado a desearlo. Intento racionalizar el estímulo, apartarlo de la cabeza, pero mientras hago esto, mi cuerpo ya se está levantando de la cama y bajando las escaleras para comprar tabaco en la esquina.

En la tienda, investigo todas las marcas y me doy cuenta de que todas son tóxicas. ¿Qué fue del trabajo sano? Me pregunto en alto. Un hombre muy parecido a Rober de Niro se ríe.

—¿Tabaco sano? Para el capitalismo, no es sano que haya tabaco sano.

El tabaco sano no es sano, me voy pensando en este titular, mientras encuentro una motivación para salir de casa. Consulto mis fuentes, me meto en una cabina de teléfonos ya abandonada, que nadie usa, y digo esto: Rodrigo Alejandro, Livuk tres ocho corazón mesa 6 cero aplauso.

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