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EL ARCA

Sigiloso y cauto, entro en su despacho, y en seguida me doy cuenta de que está vacío. Sorprendido por el fallo temporal, me meto en la cabeza de Eliza, que se queda un poco tonta, mirando a las musarañas, mientras busco en su agenda.

—Ah, vale.

Corro hacia el palacio de Linares, la fundación Alquimia, con la impresión de que me estoy perdiendo una conversación importantísima.

—¿Nexo? ¿El libro del todo? ¿El arca? What the hell? Nunca se me comentó nada de esto. ¿Eso no es un cuento chino? —dice Adil pensando que los alquimistas se han vuelto locos.

Nadie contesta al otro lado. Adil trata de pensar qué es lo que se espera de él.

—Hazte con ella —retumba la orden en todo el palacio.

De nuevo, silencio. Adil, por primera vez, pierde los papeles:

—¿Estáis locos? Ni siquiera sabéis cómo funciona. Parece algo muy peligroso, el agua se contaminó, y todo dejó de funcionar.

Silencio, otra vez.

—Estáis locos, lo sabéis, ¿verdad?

Adil se larga de allí confundido. Queda ya poco para la boda, y todavía falta una parte muy importante de su plan, piensa para sus adentros, y ahora, le dicen que lo que él quiere hacer solo puede hacerse con ese cacharro de cuento de hadas, que nadie puede asegurar que exista realmente, y, de existir, a saber dios dónde estará.

—¿Me buscabas? —un holograma en 3D de Mac Cain aparece delante suya, como un fantasma. Adil grita de susto.

—¿Qué eso del arca maldita? ¿Sabes tú algo? ¿No era eso una película de Indiana Jones?

—Si yo te contara todo lo que sé y todo lo que he vivido, este viejo no tendría saliva artificial suficiente en este cuerpo inmortal para contarlo.

—Abuelo porreta… —dice Adil por lo bajini cansado de escucharle siempre la misma frase.

Mac Cain le da una especie de colleja, que luego se transforma en llave de Judo.

—No te rías de mí, niñato, que…

—Esto no tiene nada de autodefensa, Stalin —dice, dolorido por la llave, para que le suelte.

—Tranquilo, chaval, solo hay un ser humano sobre la faz de la tierra que desea que mueras, y ese ser humano acumula tanto odio contra ti como amor siente el resto de la humanidad hacia su faraón progre —dice Mac Cain riéndose de este último adjetivo.

—¿Y ese hombre es…? —contesta Adil como si fuera su profesor.

—Pues quién va a ser, este.

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