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Nos encontramos justo después del momento en el cual míster Phill, el profesor Eagleman, Andrés y Andrea discuten sobre la conveniencia de que Dominoe marche a Toledo y busque la Mesa del Tiempo. Como sabéis, deciden que sí, con lo que Dominoe, viajera acostumbrada, tira con desparpajo la mochila en su blanco Bentley descapotable y se despide con su clásico “Au revoir, caschoggitos”.

Mientras esto ocurría, algo pasó con Antoine que precipitó los hechos hasta donde os he contado.

Para poneros en antecedentes, hay que decir que Antoine, durante el tiempo de permanencia en casa de Andrés y Andrea, se había construido una barca para poder surcar marismas y esteros en la bahía de Cádiz. Algunos sabrán que su alma aventurera y su amor por la naturaleza le acompañaban allá adonde iba. En una de estas escapadas, Antoine tenía en mente buscar algo que sirviera como cadena para poder sujetar el ancla de su embarcación. Con esta empresa como objetivo, se dirigió distraído hacia los astilleros. De camino, tuvo que pasar por la parte trasera del colegio. Mirando distraídamente hacia él, Antoine observó que había un cable de acero colgando de una ventana e hizo un gesto de negación con la cabeza que expresaba, una vez más, su decepción hacia la gente, que seguía tratando los lugares que son de todos como si no fueran de nadie.

—Tíralo en medio del salón de tu casa, a ver si te gusta —pensó en alto Antoine—. Creen que el planeta y su casa son cosas diferentes. Llegará un día en que no podamos dar marcha atrás; entonces, nos lamentaremos de que el planeta no pueda ser ya nuestro hogar —continuaba Antoine con su discurso.

Como era un firme defensor del reciclaje como práctica para evitar la sobre explotación que el ser humano hacía de la naturaleza, Antoine decidió utilizar ese cable para su ancla. Pero… ¡sorpresa, sorpresa! Cuando fue a tirar de él para descolgarlo, el cable se enroscó como si fuera la cuerda de una persianilla.

Rápidamente, Antoine dio la vuelta al instituto, subió las escaleras, atravesó corriendo el pasillo intentando no ser visto por los profesores que estaban dando clase y, finalmente, llegó al aula vacía en la que se encontraba el cable de acero. Al intentar cogerlo, el cable cobró vida, atravesó la clase zigzagueando a toda velocidad y salió despedido por el pasillo.

Antoine salió de la clase vacía para buscarlo, pero no vio nada; después, se asomó con mucha cautela por la ojiva de una de las aulas en la que estaban dando clase de Literatura, y allí lo vio, zigzagueando lentamente por el suelo, entre las piernas de la señorita Jazmín que, de pie, leía un pasaje del Quijote.

Antoine llamó educadamente a la puerta, pidió perdón por interrumpir la clase y permiso para entrar en ella. Después, se acercó a Patrick, un alumno de intercambio al que conocía y que ahora tenía la pierna escayolada. Antoine, que sabía tratar con “serpientes”, le pidió una muleta a Patrick, le dio la vuelta, la asió fuertemente con ambas manos y comenzó a andar con decisión hacia la profesora. Lo único que tenía en mente en ese momento era que quería inmovilizar el cable de acero con la muleta.

—Antoine… Antoine, ¿qué haces? ¡Antoine! ¡AAAhhh!

Adivinando las intenciones de Antoine, el cable se escurrió sigilosamente por la rejilla de ventilación que había debajo de la pizarra. Antoine y la muleta atravesaron en vano las piernas de la profesora para caer en plancha contra la rejilla.

Mientras Jazmín, la profe, con gran susto, tiraba libro y las gafas por los aires, Antoine, que no se daba cuenta de nada de tan absorto que estaba en la caza del cable, miró por la rejilla, dijo en alto sin darse cuenta, “lástima, por poco” y, ahora sí, miró a la clase, que, completamente atónita, lo miraba a él bajo las piernas de la señorita Jazmín.

—Lo siento, señorita, ees… mi mascota. Se me ha escapado.

Y salió disparado de esa situación, avergonzado, muleta en la mano, directo a la clase que estaba al otro lado de la rejilla, que era la clase de Química, la cual, afortunadamente para Antoine, estaba vacía.

—¡Ahahá! ¡Ahí estás! —dijo al divisar a la pseudo serpiente colgada de la lámpara del tubo fluorescente.

Antoine se dispuso a azuzarla con la muleta. La pseudo serpiente se defendió. En una demostración de poder y como si de un látigo de acero se tratara, el cable comenzó a romper probetas y demás utensilios de laboratorio a diestro y siniestro. Los líquidos que contenían las probetas, al caer al suelo y romperse, empezaron a mezclarse entre ellos y a formar humaredas de colores, burbujas, llamas, hasta generar, en algunos casos, pequeñas explosiones que sonaban como petardos de a diez. Antoine esquivaba los ataques del cable como podía y, sin amilanarse, contraatacaba con la muleta cada vez que veía una oportunidad.

Harto de tanta lucha, el cable de acero escapó de nuevo por la rejilla para volver a la clase de la profesora Jazmín, pero, una vez allí, se encontró con que todo el mundo (incluida la profesora) estaba allí agachado intentando ver qué estaba ocurriendo en la clase de al lado. Sin dudarlo un minuto, la serpiente se dio media vuelta y regresó a la lámpara de antes; de allí, columpiándose sobre su cola, llegó a la ventana y reptó hacia la clase de abajo.

Sin tiempo para recibir una reprimenda por haber destrozado la clase de Química, Antoine salió disparado. Corría tanto que patinó bastante antes de frenar del todo para poder bajar la escalera de dos en dos y luego de cuatro en cuatro hasta entrar como un loco, muleta en mano, en la clase de música, que, afortunadamente para él, también estaba vacía y silenciosa.

Antoine puso sus sentidos en estado de máxima alerta a la espera de un nuevo movimiento. De repente, el piano comenzó a sonar. El cable se estaba deslizando a lo largo de todas teclas. Después, pasó a serpentear por los instrumentos de viento hasta que trató de introducirse en la caja de resonancia del violonchelo, pero este, que no pudo con su peso, se tambaleó y golpeó contra el suelo produciendo un sonoro acorde “doiiiiin”.

Antoine, como un depredador a la espera de un error de su presa, se quedó agazapado, inmóvil. Aún así, el cable consiguió detectar su presencia y comenzó a huir despavorido, derribando a su paso todos los instrumentos de metal, e introduciéndose finalmente dentro de una tuba.

Antoine se abalanzó contra ella y le dio rápidamente la vuelta, pero el cable apareció agresivamente por la boquilla.

Asustado, Antoine dio un brinco hacia atrás y el cable escapó hacia la sección de percusión y quedó adherido al gong.

¡GOOoooOOOONNNGGG! fue lo que sonó en todo el colegio cuando, con toda su fuerza, Antoine intentó golpear el cable con la muleta.

Con miedo de la ferocidad de Antoine, que realmente estaba de los nervios, el cable se escapó hacia el bombo y comenzó a trepar por su tela.

Esta vez Antoine sí que consiguió pillarlo con la muleta, pero comenzó a presionar tan fuerte que la tela del bombo se rompió y el cable cayó dentro de la caja. Un segundo fue lo que tardó Antoine en colocarlo boca abajo y dejar, por fin, al cable encerrado en él; luego, se sentó encima del bombo y respiró profundamente. ¿Qué narices estaba pasando si se podía saber? Se preguntó en alto como si hablara con una entidad superior a él.

Andrés, Andrea y Ernesto, que se encontraban finalizando el rito de iniciación a la Orden para que Dominoe fuera a Toledo, estaban escandalizados con tanto ruido y no tardaron mucho en llegar al aula de música. Allí encontraron, resoplando de cansancio, a su querido amigo sentado sobre un bombo.

A pesar de estar acostumbrados a sus extravagancias, se extrañaron bastante cuando se acercaron a él. Estaba muy serio. Su melena, casi completamente pelirroja, estaba más encrespada de lo habitual y se le notaba cansado, muy cansado.

—¡Antoine! Pensábamos que no tenías clase hoy. ¿Qué haces ahí sentado? —preguntó Andrea sin ocultar su sorpresa.

—Eso está vivo —dijo Antoine sin más, señalando bajo él.

—A ver, veamos qué es —dijo Andrés—. Levántate.

—Ni hablar —se negó Antoine jadeando todavía—. ¡Con el trabajo que me ha costado atraparlo!

Ernesto se arremolinó el flequillo, dudando, como siempre, de lo inverosímil.

—Arrastrémoslo hasta el foso del escenario, una vez que esté allí, no podrá salir —resolvió Andrea.

Todos colaboraron para arrastrar el bombo por el suelo hasta el salón de actos. Al llegar al foso, el cable cayó sobre él y, tras retorcerse unos segundos, se quedó totalmente quieto. Los tres se quedaron pasmados mirando el cable viviente. Ernesto se atrevió a decir:

—¡Vale! Has atrapado un cable de acero, amigo.

—Que no, Ernesto, que esto está vivo —replicó Antoine.

Estaban que sí que sí, que sí que no, cuando escucharon un fuerte “¡crak!”, como si una cáscara de huevo se hubiera roto.

—No puede ser, ¡Castigo “pesadez”! —exclamó Ernesto que, de los que estaban allí, lo había sufrido más que ninguno. Los demás se quedaron mirando el foso boquiabiertos.

En efecto, Castigo Villanoz había llegado al brazo de mar en Cádiz hacía unos días y deseó convertirse en algo que le permitiera, sin riesgos, espiar a la Orden.

Con la Piedra en la mano el muy… (me guardo la palabra para que no se le ocurra hacer cosas por su cuenta) consiguió que sus átomos se conformaran en un cable de acero de sujeción de piezas del pórtico de los astilleros. Una buena vista, sin duda.

—¡Ajajá! Vosotros, campistas de pacotilla, robapiedras, payasos, cenutrios, como no me saquéis de aquí os, os…

—¿Nos qué? Ya no estás al mando, Castigo, contigo aprendimos a no tenerle ningún respeto a una autoridad que no se hace digna de dicho respeto. Somos todos los que delegamos nuestra autoridad en unos pocos, por consiguiente, somos todos los que podemos quitársela a aquel en quien la hemos delegado si consideramos que este está haciendo un mal uso de ella, ¿entiendes o te lo explico con dibujos de colores? —digo Ernesto con seguridad.

—Tú, y vosotros dos, y tu tío, y ahora este pelopaja —dijo refiriéndose a Antoine— os habéis aliado todos contra mí. Me queréis arrebatar la Piedra.

Castigo se quedó pensando en que se diera el caso…

—Me las pagaréis —concluyó. Sus palabras desprendían toneladas y toneladas de odio.

—Pero ¿de qué estás hablando, Castigo? ¿Cómo es que estás aquí? ¿Y la Piedra? Pensábamos que tú y la Piedra os habíais desintegrado o algo parecido. Esa Piedra, ordenador cuántico o lo que sea, no pertenece a nuestro tiempo. Deberíamos enterrarla en el mismo lugar en el que la encontramos, olvidarnos de ella y seguir nuestras vidas. Y eso lo digo también por ti, Castigo; debes superar la aventura pasada, forma parte de la vida, dedícate a hacer otra cosa nueva. Estás estancado.

Ernesto hablaba con el sentido común y la prudencia que corresponde a cualquier guardián de La Orden de los Caballeros Tímidos que se precie.

—¿Qué lío estás formando con esa piedra? El otro día vimos a don Quijote y a Sancho Panza por aquí. Seguro que es cosa tuya, Castigo, —dijo Andrés.

—Alonso Quijano me persigue…—dijo con pesar en voz baja, pero, en seguida, reaccionó. —¡No os hagáis los mosquitas muertas! El lío lo habéis formado vosotros.

Castigo sacó nervioso de su mochila unos libros y los puso a un lado, luego, hurgó en el fondo del macuto y extrajo unos folios que se dispuso a leer por encima. Aquí:

En la isla de la O.P.I., en el mar Mediterráneo, los profesores Gustav, Rego y Dupont se afanan con todo su ahínco en la comprensión del funcionamiento del ordenador cuántico y lamentan profundamente no tener la Piedra en sus manos para poder intentar descifrar los códigos que suelen aparecer en la fase previa a la transformación de átomos. Los tres científicos piensan que podría ser un buen punto de inicio.

—¿Eh? ¿Qué os parece? Más claro, agua.

Castigo miró a todos desafiante. Andrea le reprendió como si fuera un niño:

—¿Qué es eso, Castigo? ¿Qué es lo que estás leyendo? ¡Déjame ver!

Castigo le acercó los folios a Andrea estirando la mano. Cuando Andrea fue a cogerlos, cambió la mano de los folios por la otra que estaba vacía.

—¡Sacadme de aquí antes! —les gritó.

Los amigos se miraron. El posible peligro que podía causar Castigo era muy inferior a la curiosidad por saber el origen de esos informes. Ernesto le ofreció su mano, Antoine se acercó para ayudarle, y Castigo logró salir del foso. Una vez arriba, Andrea le volvió a pedir el informe. Castigo esta vez se lo entregó. Andrea, llena de curiosidad, leyó el título en alto: Las inéditas aventuras de Andrés y Andrea. Volumen 3. La Mesa del Tiempo.

—Aquí, niña desconfiada, página 60.

—No-me-llames-niña —indicó malhumorada Andrea—. Continúo leyendo por donde iba Castigo:

Al llegar a la isla de la O.P.I, Andrés y Andrea se quedaron muy sorprendidos cuando uno de los exconvictos, acogido por la O.P.I, les dijo:

—Es don Quijote, don Quijote y Sancho, os lo juro, tíos. Están ahí.

Andrea miró con curiosidad el final de la novela.

—No está terminada. ¿Qué significa esto? —increpó a Castigo.

—Ya basta.

Castigo le arrebató de un manotazo el manuscrito a Andrea, metió la mano en su macuto, tocó la Piedra y deseó convertirse en algo que fuera muy rápido para marcharse de allí lo antes posible.

El profesor de Música, la de Literatura, el de Químicas y el director del colegio se hallaban en el patio del colegio, enfrente del salón de actos, comentando y quejándose de los estropicios creados por Antoine. Una bengala salió disparada del salón, atravesando y haciendo añicos, el gran ventanal.

Antoine encogió todo el cuerpo, entrecerró los ojos e hizo una mueca, como si con ello fuera a evitar el sonido de los cristales rotos cayendo al suelo. Todos los profesores y el director miraron hacia el salón de actos.

—Yo me ocupo —les dijo Antoine a sus amigos con resignación.

El valiente de Antoine salió del salón de actos a dar a los profesores dios sabe qué explicación. Entretanto, Andrea se había percatado de algo y alertó a Andrés. En su huida, Castigo se había dejado olvidado los dos libros en el foso. Ernesto bajó a recogerlos y, luego, Andrés y Andrea le ayudaron a salir. Arriba, los chicos leyeron los títulos: “La Máquina de los Abominables” y “La Orden de los Caballeros Tímidos”.

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