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Tras el crack, la mesa donde Dominoe había estado tumbada, estaba ahora partida en dos mitades, y el queso y los ratones sabios habían caído rodando todos por el suelo.

Poco a poco, del centro de la mesa, fueron saliendo unos símbolos muy extraños fueron materializándose en una piedra blanca muy luminosa. La madera de las dos mitades de la mesa comenzó a diluirse en torno a esta piedra hasta llegar a desaparecer por completo.

De repente, en un instante casi imperceptible para el ojo humano, salieron de la piedra dos manos humanas, y, detrás de ellas, un cuerpo bajito, unas piernas enclenques, una cabeza muy pequeña y una nariz muy larga y achatada.

—¡Diantre de gata! ¡Cuánto pesa y cuánto sabe, la muy…!

El hombre miró el siete que le había hecho Dominoe en su camiseta de monitor por culpa de sus malditos arañazos en la mesa; luego, se ajustó su pañoleta roja y amarilla como si de ello dependiera la armonía del universo y, finalmente, se dispuso a hacer lo que mejor sabía: coger una varita de su cinto y amenazar con ella a los ratones.

—¿Dónde estáis, ratones? Os vais a tragar los platos que me habéis roto encima; que dolían, ¿eh?

Cogió el queso del suelo, lo alzó con ambas manos y se lo lanzó con violencia a los ratones. Al chocar contra el suelo, este se dividió en múltiples pedazos que, en un instante, desaparecieron de la vista de Castigo.

Pronto este dejó de prestarles atención a los ratones. Había visto el hueco de la pared por el que había escapado Dominoe. Rápidamente, se subió torpemente sobre la alacena y comenzó a escuchar…

Sí, lectores, sí. Era Castigo Villanoz el que espiaba a través del hueco, o Castigo “Pesadez”, como le llamaban los que lo habían sufrido en anteriores aventuras. Y la Piedra luminosa no era otra cosa que el ordenador cuántico del que ya hemos hablado anteriormente en esta y otras aventuras de Andrés y Andrea. Ahora el complejo ordenador estaba en manos de un ser que apenas sabía manejarlo. Esa era la razón por la que Castigo se había convertido en mesa camilla.

Con la Piedra en la mano, pensando en la Mesa del Tiempo y una manera de poder espiar sin ser descubierto, el ordenador cuántico había captado sus imprecisas instrucciones y había transformado sus átomos en una vulgar mesa de camilla.

Ahora, supongo que te preguntarás, lector, qué era lo que hacía Castigo metido en esta aventura. Y, yo, que soy un narrador generoso que no se perdona haber llegado tarde a la narración de esta aventura, retrocederé en el tiempo sin necesidad de ninguna mesa, sino por la gracia o el poder que el escritor me concede. Une, deux, trois, ¡voilà!

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