A la mañana siguiente, en el porche de la casa, Andrés intentaba hablar con Ernesto muy bajito y sin revelar demasiado del secreto de la Orden para no llamar la atención de Dominoe, que andaba dentro echándose a sí misma las cartas del Tarot.

Andrés insistía una y otra vez en lo que le había sucedido la noche anterior, mientras que un Ernesto bastante contrariado negaba con la cabeza y miraba a Andrea suplicándole ayuda con los ojos.

—No, Andrés, estás obsesionado con ese examen. ¡Si a lo mejor ni lo has cateado! Eso lo soñaste —repetía Ernesto.

—¿Y qué me dices del estropicio de los astilleros? ¿Eh? ¿Dónde está ahora el pórtico?

—Bajo el mar. En el periódico pone que un fallo de equilibrado en la pieza provocó que esta se soltara con el resultado que ya todos conocemos. Es lo que pasa cuando se quiere terminar pronto y trabajar por la noche.

—¡Claaaaaro, pero eso fue porque don Quijote le asestó un lanzazo en los controles que…!

Al ver que Andrés estaba empecinado en su insólita historia, Ernesto se arremolinaba una y otra vez sobre la frente el único mechón que utilizaba como flequillo. Sus gafas resbalaron hasta la punta de su nariz de tanto hacerle señales a Andrea.

—¿Qué quieres, Ernesto? Ya te he dicho que yo no lo he percibido como un sueño. También es cierto que, conforme pasa el tiempo, nuestras conexiones sinápticas difieren cada vez más. Ya no tenemos la misma mente, como al principio.

Andrés se levantó sobresaltado y les dijo:

—¡Seguidme! Tengo testigos.

Un rato más tarde, junto a los delfines, Ernesto volvía a arremolinarse con cierta ansiedad el rubio mechón concentrado en el enigma.

—Bien —continuó—, no nos valdrían de testigos en un tribunal, pero… he dudado de ti y lo siento —añadió con solemnidad.

—No te preocupes, —le aclaró Andrés a la vez que le revolvía aún más el pelo—. ¡Don Quijote y Sancho cabalgando por la orilla del río San Pedro! Es normal, cualquiera pensaría que estaba loco.

—Yo no pensaba que estuvieras loco…—se excusaba de nuevo Ernesto. Andrea le brindaba su encantadora sonrisa para que comprendiera que a Andrés no le había importado lo más mínimo.

Andrés siguió a lo suyo:

—Hablaban de la Mesa del Tiempo, ¿lo entiendes, Ernesto? La Mesa del Tiempo, lo que tú me contaste. Pensaban que el pórtico era un gigante y que lo habían vencido. Decían algo así como que tenían que salvar a unos chicos. ¿No te parece esta una anomalía en el tiempo digna de La Orden?

—Sobre todo, —añadió Andrea consciente de que lo que iba a decir lo hacía aún más inverosímil— si tenemos en cuenta que don Quijote y Sancho son personajes de ficción y no de carne y hueso…

Ernesto hizo un esfuerzo añadido tras escuchar a Andrea e intentó hacer funcionar los engranajes de su cerebro de la manera más óptima.

—Bien, tenemos unos personajes, de ficción, —recalcó— que evidentemente pertenecen a la España de hace tres siglos. ¿Cómo han venido a parar aquí? No lo sabemos. Y, para colmo, hablan de la Mesa del Tiempo. Bien, la Mesa es custodiada por La Orden. Si hacemos caso de las palabras del Caballero Negro, la Mesa, que se halla en Toledo, y cuya ubicación exacta solo es conocida por el gran Maestre de La Orden, es un trasladador espacio temporal. Por lo que podemos deducir, la Mesa está siendo usada en estos momentos, ya que La Orden está detectando anomalías. Hasta donde yo sé, los tempohistoriadores, antes de partir, la dejaron a buen recaudo, en el templo de Salomón. Esto ocurrió en tiempos de Saladino, unos quinientos años antes de que Cervantes escribiera el Quijote. Después de Saladino, la Mesa ha vagado, protegida por sus custodios, por diferentes ciudades: de Jerusalén a Alejandría, de Alejandría a Córdoba, de Córdoba a Estambul y, de ahí, finalmente, a Toledo. Yo diría que en la fecha en la que Cervantes escribe el Quijote, la Mesa del Tiempo ya se hallaba en Toledo. Si descontamos la posibilidad de que tu tío, el profesor Rego, haya tenido que ver algo en esto… ¿Andrés? ¿Andrea?

—No creemos que tenga nada que ver —contestaron al unísono.

—Pues, entonces, —Ernesto utilizó un tono más eufórico para terminar la frase —puede que hayamos detectado una anomalía. Hay que hacer algo. Pero nada de tomar la iniciativa nosotros. Primero, avisaré al maestre de la región oeste, al señor Eagleman, y, si nos tenemos que ir a Toledo, no nos movemos de aquí hasta que terminemos los exámenes.

Andrés se iba a quejar, pero, antes de que le diera tiempo a hacerlo, una Dominoe gata se trasformó en Dominoe mujer en el matorral que tenían al lado.

—Pego yo no tengo exámenes.

—¡Estabas escuchando tras el matorral! —le recriminaron los tres.

—Bah, bah, bah, pelillos a la mag. Pagece mentiga que no sepáis que no puedo dejag de seg una espía. Yo igé a Toledo y os buscagé esa Mesa.

—Dominoe, por favor, soy el guardián local de esta zona, deja que pida consejo a míster Phill, mi mentor, y que lo consulte, además, con el señor Eagleman.

—Está bien, casshoigitos, igemos a veg a tu pgofresog de inglés.

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