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Tras despedirse, Andrés y Andrea llegaron a su casa. Allí reinaba un tremendo jaleo. El cochazo del padre de Emilia Bravo esperaba en la puerta. Emilia amontonaba sus pertenencias en baúles y, cuando estos estaban abarrotados, su padre los transportaba resignadamente hasta el maletero del coche. Emilia había pasado el verano en casa de Andrés y Andrea con Antoine, y, ahora, los dos, en silencio, abrazados, se despedían como dos tortolitos. Muy pronto Emilia regresaría a su colegio, un caro internado en Londres, y Antoine y ella no se volverían a ver hasta las próximas navidades.

Mientras, el tío de Andrés, el científico Jorge Rego, se marchaba a la isla de la O.P.I. a petición de su colega el profesor Gustav (a saber qué nuevo invento se traerían entre manos esta vez), con lo que un montón de cachivaches también se agolpaban metidos en cajas en medio del salón.

Por si fuera poco, Dominoe, aprovechando que Aro se hallaba de gira con el circo Chino (Aro había retornado a su antigua ocupación con un número de equilibrismo en moto), había llegado de visita sorpresa con Cegato y, a pesar de que no solía llevar mucho equipaje, esparció (como era costumbre en ella) bolso, chaqueta, macuto, el cestito de viaje de Cegato y todo lo que llevaba encima por todo el salón y parte de la cocina.

Para completar el caos, Dominoe les había traído, como obsequio, una pareja de foxterrier enanos hijos de perros artistas circenses. Andrea y Andrés no dudaron nada más verlos en llamarles Mi y Lu. Los cassogitos (que así lo pronunciaba Dominoe) saltaban, corrían, ladraban y lo mordían todo. Cegato, fastidiado con tanto trajín de canes, no se hallaba del todo cómodo en la gatuna cesta de su antiguo hogar. Aparentaba dormir, pero una de sus orejas permanecía siempre levantada en señal de alerta.

Para sumar más gente a esta algarabía, Antón llegaba también en ese momento pulsando una y otra vez el atronador claxon de su vieja furgoneta. Se había ofrecido para llevar en ella los instrumentos del profesor Rego hasta el embarcadero, donde esperaba la embarcación de la O.P.I. que le llevaría a la isla de los abominables. Los baúles de Emilia y las cajas del profesor competían ahora por salir por la pequeña puerta del porche.

Al escuchar el claxon, Andrea se asomó a saludar a su amigo con la pequeña Lu en los brazos:

—¡Mira, nos la ha traído Dominoe!

—Vienen del circo chino —añadió Andrés mostrándole al pequeño Mi.

—¡Eh, perritos, eh! —saludaba Antón a los cachorros tirándoles suavemente de las orejas a modo de juego.

—¿Te vas tú también, Antón?

—Sí —le confirmó Antón a Andrea.

—¿A Londres?

—Al final, he encontrado trabajo en una librería de Sportland, un pueblecito con mucho encanto en Pittsburg, la cuna de Charles Dickens. No es Londres, pero me valdrá igual para aprender inglés; además, no se puede negar que es un pueblo con cierto valor cultural.

—¡Listo, Antón! ¿Ha cabido todo?

—Sobrado, profesor.

—¿Nos vamos?

—Claro, profesor. Adiós, pareja.

Andrés y Andrea se despidieron de Antón y de su tío. La furgoneta se alejaba de la casa haciéndose cada vez más y más pequeña.

Después, vino la despedida de Emilia, que, ya en el coche, le daba a Antoine el último beso.

Al fin, se quedaron solos. Andrea, Andrés y Antoine experimentaron una sensación agria, la misma que sentimos cuando nos separamos de una compañía querida.

Afortunadamente, Dominoe había llegado y pronto conseguiría con su enérgica presencia que ese sentimiento de pena fuera, poco a poco, diluyéndose en el ambiente, mezclándose con su perfume.

Sentados en el salón, el grupo intercambiaba información social, hablaba de sus cosas, preguntando por uno, por el otro y por el de más allá.

Así fue cómo Dominoe comenzó a decir que echaba un poco de menos la acción, la adrenalina de su antiguo trabajo de superespía, pero que, solo por ver a Aro tan feliz, tan cambiado, alejado de sus anteriores actividades (no siempre legales), el cambio de vida le había merecido la pena. Les contaba también a los chicos que, en Pekín, cuando se aburría, se transformaba en gata y se colaba en La Ciudad Prohibida. Allí dentro comenzaba a divertirse trayendo a maltraer a la guardia popular que ora intentaba detener a una joven, guapa, rubia y exuberante occidental, ora intentaba cazar a un gato. Dominoe casi lloraba de la risa al pronunciar cómo solían llamarla “el diablo rubio de La Ciudad Prohibida.” Todos también reían con ella.

Cuando las risas fueron evaporándose en el aire, Dominoe se acordó de algo, hurgó en su bolso y le dio una piedrecita a cada uno, un pequeño canto rodado perfectamente pulido.

—Gracias, ¿qué es? —pregunto Andrés intrigado.

—Nada, un canto godado, vulgagmente conocido como un chino. Son de La Ciudad Pgohibida.

—Pero, Dominoe, si todo el mundo cogiera una piedrecita de La Ciudad Prohibida, acabaríamos quedándonos sin La Ciudad Prohibida —recriminó Andrea.

—Bah, bah, bah. Así os obligo a que vayáis a Pekín a visitagnos y a devolveglas.

—¿Y eso otro? ¿Qué cosa es? —preguntó Andrea aún más disgustada.

—Una cajita china. La encontré allí. Es mi cajita de la suegte — respondió con instinto de posesión Dominoe dejándole claro a Andrea que no pensaba devolverla.

Después, le llegó el turno a Antoine, que empezó a contarle a Dominoe que no se había marchado de la casa de Andrés y Andrea, ni de la bahía de Cádiz, desde que terminó la aventura con La Orden de los Caballeros Tímidos. Le explicaba también que la bahía y el brazo de mar (el llamado río San Pedro) era un lugar estupendo para practicar windsurf por el fuerte viento de Levante, aunque había veces en que se escapaba a Tarifa.

—Sí, sí, el fuegte y famoso viento de Levante. Creo que es este viento el que te sujeta fuegtemente a Emilia —intuyó Dominoe con su agradable acento francés.

Antoine, sonrojado, reía y continuaba diciéndole a Dominoe que, aprovechando que su padre iba a estar fuera hasta después de las Navidades, había pedido permiso para hacer el primer trimestre aquí, en el instituto de Andrés y Andrea, y así poder aprender bien el español, y que pasadas las Navidades, volvería a Saint Marie (un pueblecito en la frontera franco-suiza en cuyas montañas Antoine residía habitualmente) con muchas ganas de aplicar sus nuevos conocimientos a su tabla de snowboard.

Cuando Dominoe preguntó por Aurore, la pareja de Ernesto, Andrea no se pudo contener.

—La situación se ha agravado en Guinea-Conakry. Cada vez hay más personas en los campos de refugiados huyendo de sus respectivas guerras. No comprendo cómo los gobiernos de los países ricos no hacen nada. Hay muchas personas a las que les queda algo de humanidad y desean ayudar, pero no saben cómo ni tampoco se fían de lo que te dicen que tienes que hacer si quieres ayudar. Creo que los ciudadanos deberíamos formar organizaciones al margen de los estados, organizaciones no gubernamentales; por lo menos, para ofrecer ayuda humanitaria, porque la situación de la pobre Aurore y de los habitantes del continente africano no cambiará mientras las grandes empresas alimenten guerras que les permitan explotar sin restricciones los recursos naturales de estos países.

—Hemos formado una colecta entre los amigos —continuaba Andrés — para intentar que venga por Navidades. Ernesto dijo que estaba muy preocupado y que, si ella no venía, seguro que iba él.

Y, así, continuaron, en agradable conversación, hasta que llegó el momento de cenar y de retirarse a dormir.

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