Caminaba el ingenioso hidalgo, don Quijote de la Mancha, a lomos de su corcel Rocinante, por las calles de Toledo. A su lado, Sancho, su fiel escudero, iba escuchando lo que este le decía: “¿Lo ves, Sancho? Seremos inmortales, esta es la gracia que nos concederá la Mesa del Tiempo…”.

Estos eran los pensamientos que flotaban en la cabeza de Andrés, delante de su examen de Literatura.

—¡No, no, no! ¡Llegas tarde, narrador!

¿Cómo? Esto no es lo que tenías que exclamar.

—Que llegas tarde, narrador, que mis fantasías sobre don Quijote y Sancho ya las he contado yo.

—¡Huy! Lo siento, pero es que vengo de intentar narrar una preciosa historia de Cisnes Negros en la que, por estar toda hecha de diálogos, yo no podía salir, y, claro… eh…eh… bueno… ya veo que no te interesa… continúo…

Aquellos días de bravas aventuras junto a los Caballeros Tímidos habían pasado y, a la vuelta, Andrés, Andrea y sus amigos no se habían ocupado, como era menester, de sus exámenes del primer trimestre. Este examen, en concreto, se les estaba haciendo a todos bastante cuesta arriba. A todos menos a Ernesto, Andrea y Jacinto, que escribían sin parar las respuestas.

—¿Jacinto también?

Sí, lo que pasa es que, como está detrás de ti, no lo ves. Parece que ha decido hacer lo que no habéis hecho muchos: estudiar. Por cierto, Andrés, ¿vas a seguir interrumpiéndome?

—No, narrador, es que…

Los pensamientos de Andrés se alejaban del examen y se acercaban a una conversación. Una conversación con Ernesto llena de tanta intriga que no podía ser apartada de su consciencia.

—Es que eso también lo he contado yo ya.

Vale, vaaaaale, de acuerdo, ¿por dónde ibas? ¿Por cuando la profesora dice “se acabó el tiempo” y os pide los exámenes?

—No, no, no. Voy por donde respondo correctamente a la pregunta.

Sí, sí, a mí me la vas a dar a tú, que te lo crees tú eso, mírale qué listillo el chaval.

—Oye, ¿qué opinas tú, como narrador, sobre el impacto de la novela “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha” en la época actual?

Andrés, si te lo digo, tendría que narrar mi respuesta y no la tuya.

—Ah, ¿sí? Pues narra lo que voy a poner.

Andrés tomó su bolígrafo con decisión. Fue a escribir una palabra, paró, miró hacia arriba, de nuevo hacia el papel y comenzó su examen:

“En nuestros días, esta novela se ha convertido en el texto más antipático al que cualquier joven de secundaria tiene que enfrentarse. Por su grosor, por tratarse de un castellano tan alejado de nuestra forma de hablar y por estar protagonizado por un personaje viejo, achacoso y que, si se me permite la expresión, está como una regadera, este texto no contiene, a primera vista, ninguno de los ingredientes idóneos para incitar a su lectura a un joven de nuestros días.

Además, la insistencia del mundo adulto por fomentar dicha lectura no hace sino aumentar esta antipatía. A esta edad, todo aquello que presuponga obligatoriedad, todo aquello que, por estar consagrado, no tolera una crítica sincera, hace que, de antemano, nosotros, los jóvenes, desestimemos automáticamente el texto sin darle la más mínima oportunidad.

Sin embargo, una vez superado el prejuicio inicial, tengo que decir que, desde la página uno, la historia te atrapa y, enseguida, te acostumbras rápidamente al modo de hablar de los personajes y a las maneras de la época. Además, a lo largo de las dos novelas, el autor consigue que sientas y padezcas con los personajes. Estos, poco a poco, comienzan a formar parte de uno mismo, como ocurre con personajes más actuales que también se enfrentan a una sociedad que no los comprende.

Alonso Quijano, harto de vivir aventuras por boca de otro, decide experimentarlas en sus propias carnes y el resto de la humanidad (la cordura en mayúsculas) decide obstaculizarle y burlarse de ese placer.

¿Quién en su lectura no ha sido un poco don Quijote y ha deseado que los gigantes fuesen reales y que, en sus andaduras, se enfrentase a verdaderos caballeros andantes? Tal vez, Alonso Quijano no estaba tan loco y los locos eran los demás, con los pies tan en la tierra, con todo tan incuestionablemente en su sitio, sin imaginación, sin sueños.

Me atrevo a decir que, si Cervantes escribiera hoy en día el Quijote, lo haría con un lenguaje de la calle, de los años ochenta, a las puertas casi del siglo XXI, y que lo haría con la misma maestría con la que lo hizo en el siglo XVII que fue cuando lo escribió. Lo titularía algo así como: ”Quijote y Sancho en busca de la Ínsula de Barataria”, serían cuatro entregas, y, entre una y otra, se especularía mucho sobre los acontecimientos de la venidera, como ocurre con los capítulos de las series hoy en día. Incluso estoy casi seguro de que competiría en número de lectores con “El señor de los anillos” y muchas personas estarían enganchadas a su mundo de ficción. Probablemente, sus jóvenes lectores esperarían que, finalmente, el caballero de la Blanca Luna se enfrentase al bachiller impostor para que don Quijote no se rindiera y para impedir que la era de la sumisión y la aceptación a lo establecido se impusiera definitivamente.

Me gustaría concluir este examen diciendo que el Quijote, en nuestros días, se ha convertido en un fenómeno sistémico, a través del cual se ha establecido, sin reservas, como una de las obras de mayor importancia de la literatura universal de todos los tiempos. Seguro que, antes que convertirse en un fenómeno sistémico, Cervantes hubiera preferido que su obra fuera una novela leída por el gran público de nuestro tiempo. No olvidemos que las expectativas de la mayoría de los escritores es que su trabajo sea leído por el máximo número de personas posible a lo largo de la historia, y, para que esto sea posible, en vez de inculcarla con calzador, bastaría simplemente con mostrarla tal y como es, una novela antisistema, que denuncia la mediocridad que reina, a pesar del paso del tiempo, en la imaginación de la mayoría de los seres humanos.”

De esta forma fue como Andrés dio por finalizado su examen. Conforme iban terminando, poco a poco, sus amigos, se fueron reuniendo en los escalones del ventanal del aula de plástica. Andrés fue de los últimos en llegar.

—¿Qué tal el examen? —preguntó Andrea cuando el grupo de amigos se dirigía ya a sus casas.

—Bien, bien —dijo Andrés intentando evitar responder.

—Casi lo había terminado y, entonces, empezaste tú —dijo Ernesto sospechando de una posible respuesta evasiva de Andrés.

—No sabía la respuesta y he escrito lo que me ha dado la gana, mi opinión. —Y añadió con cierta duda interior, —mi opinión sincera.

—Andrés, sabes perfectamente que la profesora Jazmín quiere que le respondas lo que aparece en el libro. Te va a poner un cero —le advirtió Andrea.

—¿Qué más da? El cero lo tenía ya asegurado si llego a responderle nada. No sé por qué algunos profesores piensan que no podemos tener nuestro propio criterio.

—Porque no lo tenemos. Para tener criterio hay hasta que pensar —bromeaba Guille como siempre.

Andrés intentó cambiar de tema y, aprovechando que Rubén le seguía la broma a Guille, le hizo a Ernesto una pregunta en clave mientras le apartaba del resto.

—¿Algo nuevo de lo que hablamos el otro día?

Ernesto respondió en voz baja. Andrea no perdía palabra.

—Andrés, es posible que pasemos toda nuestra vida sin que detectemos ninguna anomalía.

Andrés estaba algo desilusionado y es que, cuando se acaba de pasar por aventuras tan extraordinarias, la rutina diaria se antoja poco estimulante, y el deseo de volver a experimentar sensaciones fuera de lo común crece con tanta fuerza que solo se piensa en ver ese deseo hecho realidad.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Universo Borg
error: Content is protected !!