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Visto lo visto hasta ahora, Andrés y Andrea estaban decididos a ir a la isla de la O.P.I.; sus amigos, los delfines, no se opusieron a hacerles el favor de acercarlos. De hecho, les hacía ilusión regresar a la Isla de los Abominables y así visitar a viejos conocidos como el cocordero y la tortujirafa. El viaje era largo, y Antoine, en base a un diseño previo de Ernesto, preparó con rapidez dos monturas para los lomos de los delfines, para que estos pudieran nadar sin que la carga se lo impidiera. Tanto Antoine como Ernesto observaban con satisfacción su obra de ingeniería:

—¿Lo veis? Son como cinturones de seguridad, no os caeríais ni aunque os quedarais dormidos.

—¿Os sentís cómodos? —le dijo Antoine a los delfines mientras este les ajustaba las correas.

—Muy cómodos, gracias, —resonó en la mente de Antoine.

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