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Riendo a carcajadas, el profesor Rego le sacó de sus fantasías:

—¡Santo dios! ¡Esa máquina no existe! Es sólo un sueño, una ilusión, una quimera, no hay tecnología suficiente aún para poder construirla.

—Miente como un villano, mi querido profesor, ¡existe! USTED YA LA HA CONSTRUIDO, y el registro de sus últimas facturas, donde se especifica la compra de alto y sofisticado material tecnológico, así como de extrañas y costosas materias primas, lo demuestran. Sí, mi querido profesor, existe, ya lo creo que sí, le suplico que no tenga el mal gusto de no mostrarse sincero en esta situación; no es propio de mentes refinadas y altruistas ensuciar su pensamiento con mentiras. Lo único que nos falta es conocer el lugar exacto donde ha sido construida, y escúcheme atentamente, doctor, si de algo estoy seguro en esta vida es de que más temprano que tarde usted nos va a decir dónde está esa máquina.

Dicho esto, abrió una botella de champán, llenó una finísima copa de cristal de Bohemia y dijo:

—Brindo por nuestro bien común.

Tras tomarse el champán de un solo trago, se dio media vuelta y volvió a sumirse otra vez en sus pensamientos, perdiendo la mirada en el paraíso bitonal que le ofrecía la gran ventana…

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