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—¿Está el señor R? —dijo Aro.

Tres hombres que custodiaban una enorme puerta de madera asintieron y le dieron paso.

Al entrar en el salón principal, Aro habló:

—Señor R., le presento al profesor Jorge Rego, doctor en Biología Genética y en Física Cuántica.

Aún se hallaba mirando a través del ventanal, cuando el señor R. escuchó estas palabras.

Aguardando todavía un momento más de silencio, el hombre de la pipa se dio media vuelta desvelando así la incógnita sobre su aspecto.

El doctor Rego vio a una persona que aparentaba unos cuarenta años, esbelta y vestida con un traje de finas rayas rojas sobre fondo negro.

A juzgar por la expresión de su cara y el cinismo de su sonrisa, se trataba de un hombre de gran astucia e imaginación, pensó Rego.

Estas cualidades eran ensombrecidas por un pequeño brillo de maldad que centelleaba en sus pupilas.

Falsamente entusiasmado, el doctor R. dijo:

—Mucho gusto, profesor Rego. Déjeme confesarle que ardía en deseos de conocerle personalmente —dijo mientras le extendía su mano al profesor.

El doctor Rego, dudoso, le estrechó la mano mientras decía:

—No me parece esta la forma más idónea de conocer a una persona, vamos, ¡digo yo!

—¡Venga, hombre, doctor! No se haga usted el ofendido, como si usted no hubiera rechazado todas mis agradables invitaciones. Han sido sus negativas, y no mis buenas costumbres, las que me han obligado a utilizar maneras impropias de las personas de mi categoría y condición —contestó sonriendo el señor R. con naturalidad.

El profesor, enfadado y fingiendo no saber, dijo:

—No sé qué tengo yo que ver con sus ideas.

—Claro que tiene usted que ver, ¡doctorcito! Ya lo creo que sí —dijo Aro, que hasta ahora había permanecido serio e inmóvil.

—En efecto, Aro —continuó el señor R—. Doctor Rego, está usted hablando con el máximo representante de la O.P.I., Organización de Pobres Inconformistas. Todos los que formamos parte de esta comunidad somos, mejor dicho, éramos gente sin futuro; los mejores en nuestra profesión, pero sin oportunidades. Acróbatas, especialistas de cine, ladrones de guante blanco, científicos y técnicos sin tanta fortuna como usted, gente del espectáculo, espías, policías hartos de que los verdaderos ladrones, los que manejan los billetes, no pisen la cárcel… Yo los fui reuniendo a todos uno por uno, y ahora vamos a escarmentar a este hipócrita mundo que nos ha rechazado enseñándole lo que valemos. ¿Y usted me pregunta que qué tiene usted que ver en todo esto? ¡Ja! Pues muy fácil, doctorcito, permítame que se lo explique.

Dándose media vuelta, el señor R. comenzó a teclear en su ordenador.

—Veamos qué nos dice Eliza del profesor Jorge Rego. Muy bien, aquí está, permítame que le refresque la memoria con lo que le voy a leer. Eliza nos dice que no destacó mucho en sus estudios, sin embargo, en la secundaria, empezó a sobresalir especialmente en asignaturas relacionadas con las ciencias. Doctorado de honor por la universidad de Harvard, doctorado en Biología Genética por la universidad de Yale, actualmente, trabaja como investigador independiente y profesor de Biología en esta última universidad. Es polaco, pero tiene permiso de residencia en los Estados Unidos, sujeto, cómo no, a la realización de su labor investigadora. Estado civil: viudo y sin hijos. Su familia se reduce a un único sobrino, hijo de su ya fallecido hermano y residente en España. Al parecer, este chico trabaja en un mercado por las mañanas y va al instituto por las noches, y, gracias a la pensión que usted le pasa y a su trabajo, vive desahogadamente en una urbanización residencial situada en las playas del sur. ¿Desea usted saber algo más, doctor?

—Sí, ¿dónde compro mis calzoncillos? —dijo el profesor de forma irónica.

—Los últimos en “Go to bed”, tienda de lencería de lujo en la Séptima Avenida, en Nueva York —respondió el señor R. sin darle mayor importancia.

Enfadado por la invasión de su intimidad, el doctor repuso:

—Pero ¿qué quieren ustedes exactamente de mí? ¿Un nuevo miembro para la OPI? Yo no soy un resentido social.

—No, mi querido profesor, no se preocupe. No estamos interesados en tener más socios.

—¿Entonces? —preguntó el profesor.

—Como habrá podido comprobar, lo sabemos todo de usted, y, por lo tanto, es lógico que estemos al tanto de sus últimos descubrimientos en Biología Genética. Después de estudiar durante diez años el ADN, usted ha concluido, corríjame si me equivoco, dos cosas. La primera: usted afirma que, de una misma mente, puede salir tanto un cuerpo femenino como un cuerpo masculino. La segunda y más novedosa dice que usted puede crear dos cuerpos, uno femenino y otro masculino, a partir de una sola mente. Pero, espere, doctor, espere, que ya le veo con ganas de hablar, la cosa no se queda ahí, sino que, además, para mayor fascinación del mundo académico, usted ha construido una máquina que lo hace.

El señor R. hablaba cada vez más entusiasmado:

—Todo esto es, sin duda, apasionante, pero ¿sabe qué es lo que más placer me provoca?

Un silencio predecible inundó toda la sala.

—Que la máquina ya esté hecha.

Desbordado por su imaginación, el señor R. volvió a guardar silencio. La alegría que le proporcionaban las imágenes de sus pensamientos le hizo soltar una gran carcajada que retumbó en toda la sala.

—Pero aún hay más —continuó—, nuestros científicos han leído sus publicaciones más recientes y afirman que, en ellas, usted insinúa, o si lo prefiere, de ellas se deduce que dos mentes pueden convivir en un mismo cerebro, en un mismo cuerpo. El proceso por el que esto tendría lugar ha sido bautizado con el término de simplificación inversa. Pienso esto y mi cerebro se ilumina como un árbol de navidad, pienso en mi mente —y dijo esto con pasmosa lentitud—, viviendo dentro del cuerpo del presidente más poderoso de la tierra y entonces, yo… yo… yo… me…

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