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En una pequeña isla del mar Mediterráneo, una figura ataviada de forma exquisita miraba tranquilo por el gran ventanal de su mansión.

En las pupilas de sus ojos, se reflejaba un helicóptero gris a rayas negras que, suspendido del cielo, se disponía a aterrizar en el jardín.

A los pocos minutos, bajaba por la rampilla, el hombre de cuero con la cara cortada.

Ojos profundos, negros, con cara de semioriental. De aspecto joven, casi agradable, salvo por la gran cicatriz negra que atravesaba sus mejillas y la vistosa cresta blanca de su cabellera.

Ya en tierra firme, un séquito de hombres también vestidos a rayas grises y negras salía a su encuentro:

—Te esperábamos, Aro —dijo uno de los que le aguardaban—. ¿Lo has traído?

—Claro, Aro es infalible, nunca falla. ¡Sacadlo!

Al bajar, los pies del doctor Rego se posaron sobre un extraordinario jardín artificial.

Un sendero de un mármol suave, fino, blanco, conducía hasta la gran mansión.

Lindándolo, había jardines de piedra negra de los que crecían verdes árboles de gran ramaje, flores de variados colores y torres de cristal.

De estas torres, colgaban largas y fuertes enredaderas y también blanquinegras lianas de hojas secas.

El extraño jardín era regado por finos chorros de agua a gran presión que aparecían y desaparecían de forma intermitente y que embellecían el paisaje con ciertos ritmos de musicalidad.

Al final del sendero, el doctor Rego se detuvo ante una gran casa de mármol blanco. De un empujón, subió por una hermosa escalinata y penetró en el porche.

EL porche estaba sostenido por esbeltas columnas de color negro y blanco que se alargaban hasta el segundo piso.

Un piso más arriba, en la tercera planta, sobre una pequeña columnata, se encontraba el gran ventanal desde el cual el profesor había estado siendo observado a través del humo de una exquisita pipa.

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