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El ruido en las escalerillas metálicas le advirtió de que se hallaban ya cerca.

A la altura de ochenta y cinco pisos, un hombre viejo y asustado aguantaba el equilibrio subido a la saliente cornisa de un céntrico rascacielos de Nueva York.

En silencio, temeroso por las acechantes pisadas, sus ojos huían hacia el suelo de la calle, viendo cómo el viscoso murmullo neoyorquino trepaba por el aire y se metía en sus oídos.

Cláxones de apelotonados coches, lenguas de multitud de culturas, música de nerviosos anuncios luminosos… Entre todo este desconcierto, comenzó a escucharse un leve zumbido que no tardó en enmudecer a los demás.

Un enorme helicóptero acababa de doblar la esquina y apuntaba fieramente con su faro al doctor, paralizándolo por completo.

Al otro lado, por las escalerillas, dos figuras asomaban sus largas gabardinas grises a rayas, cubriéndose el el rostro con altos cuellos.

Impresionado por la imagen, el cuerpo del doctor, ya mayor e inágil, dio media vuelta y trepó torpemente por la pirámide de cristal que coronaba la cima del rascacielos.

En la subida, resbaló por la acristalada superficie y cayó, inevitablemente, al vacío.

El horror recorrió todo su cuerpo y desembocó en un gran alarido.

Punto y final pondría a su vida, pensó al caer, estampándose en la cara el movido suelo de la calle.

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