Un ascensor al Titanic

Tan solo pasó una semana de la inauguración de los ascensores que bajaban al Titanic y ya había cientos de versiones sobre lo que había pasado realmente. Si estuviéramos en tiempos pre-revolucionarios, antes de la abolición del dinero, habríamos dicho que cualquier hijo de vecino opinaba sobre el Titanic sin tener ni pajolera idea. Pero estábamos ya en una democracia real, y cualquiera era un hijo de vecino, puesto que todos éramos igual de importantes. Y no obstante, gracias a que nuestra democracia electrónica era muy avanzada, el algoritmo que la regía ordenaba las opiniones por un ránking de cualificación, relevancia y adhesión, de tal forma que todo el mundo tenía derecho a opinar, pero no todas las opiniones valían lo mismo; importaba la autoridad de la persona que las emitía, así como si estas opiniones estaban basadas en hechos o no, entre cientos de parámetros. Y ¿por qué digo todo esto? Pues porque en el ránking de las opiniones, en seguida comenzó a escalar una que se ‘intitulaba’ la manzana del Titanic, y nada más publicarse, en seguida se hizo viral, puesto que El Hacedor la situó arriba del todo, en el rango de las opiniones más relevantes.

Y es que lo que había ocurrido era que un antiguo militar, que ahora en la utopía se dedicaba al cultivo de manzanas, se había montado en el ascensor del Titanic casi ‘obligado’ por su hijo mayor, que le había propuesto este, según él, atractivo plan para las vacaciones de verano. Y el hombre, que sin ninguna gana había aceptado, ya que llevaba encerrado sin salir más de un año investigando una nueva propiedad de las manzanas, relacionada con el olor, que hacía que fueran más durarera, y tardara menos en pudrirse. Esta investigación formaba parte de una red mayor conformada por cientos de miles personas de todo el mundo que trabajaba sin descanso por una conservación sana y natural de los alimentos, que permitiera vivir al presente, sin acumular, pero a la vez, no tirar ni un gramo de comida.

Y cómo sería el pattern matching, la relación o vínculo que este señor había desarrollado con este fruto a lo largo del tiempo por dedicarse a su estudio intensivo, que nada más poner los pies en el Titanic, como si fuera un profeta, un iluminado, un clarividente de las manzanas, como si tuviera una nariz zahorí, le dijo a su hijo por el micrófono de su traje: Aquí hay una manzana, no la huelo, pero como si la oliera. La siento, está aquí.

Y como el sistema de seguridad de los ascensores era tan estricto, más de un vigilante escuchó esta conversación entre padre e hijo, y le faltó el tiempo para publicarla en redes.

—Que un pavo que ha bajado al Titanic dice que hay una manzana viva en el Titanic. Y se ha puesto a buscarla.

Y acompañó este mensaje en el Livuk con una foto.

Entonces fue cuando se desató la furia de la manzana. Y todos los visitantes allí presentes se pusieron como locos a buscar la manzana, asemejándose la supersticiosa Rusia del Zar, antes de que los servicios de inteligencia británicos asesinaran a Rasputín.

Pero el horario de visita se cumplió y esa hornada tuvo que ascender para dejar bajar a la siguiente tanda de visitantes. Y estos también buscaron la manzana. Y se hizo un plano de todos los lados que se habían explorado y cuántos puntos quedaban.

Para aquel tiempo, los niveles de auto organización de nuestra sociedad estaban rozando el paroxismo si tomamos como punto de referencia el mundo antes de la abolición del dinero, que ahora resultaba primitivo, atrasado y cruel.

Así que de forma sistemáticamente anárquica, por pura voluntad personal que se fundía con un gran sentido de la comunidad y de lo coletivo, cada visitante que bajaba se encargaba, si quería, de explorar un cuadrado del mapa, a fondo, y si quería, de grabar todo lo que hiciera, para luego subirlo a la red, y que fuera auscultado por el ojo de Populus, el ojo global, el ojo que todo lo ve, el ojo de todos los humanos que quisieran libremente acceder a esta información.

Y eureka! Al final, un señor mayor, que vivía en Nueva Zelanda, y solo, recién enviudado, y con una depresión de caballo, se había aficionado a este hobbie, como quien hace un puzzle, y espera a terminarlo para suicidarse e irse con su mujer a la otra vida.

Eran las siete de la mañana en Nueva Zelanda, las nueve de la mañana en el horario global, y como cada mañana, desde que salió este tema del ascensor al Titanic, se sentó en una habitación llena de pantallas, a mirar una y otra vez las imágenes que los visitantes iban subiendo a la red.

Cuando de pronto, vio que en la sala de máquinas, había una pequeña asimetría, casi imperceptible para un ojo no entrenado para el detalle, pero muy evidente para él. Había un falso fondo. Estaba seguro.

En seguida, contactó con uno de los visitantes que estaba por ahí cerca para que inspeccionara el lugar.

La cosa llevó su tiempo, porque por democracia electrónica tuvo que lanzarse una votación sobre si se debía levantar esa tabla, y modificar ‘la obra de arte’ para comprobar si había algo debajo. Pasadas las 24 horas, la población mundial votó a favor de levantar la tabla, con una mayoría un poco rasgada, del 61%.

Y la tabla se levantó. Y lo que apareció fue algo tan sumamente brutal, algo que nadie se esperaba, que ya no se habló más en toda la galaxia Gutenberg en todo el día.

Bajo la tabla había nada más ni nada menos un falso fondo, y allí, reposando sobre él, nada más ni nada menos, que un ataud, en cuya solapa estaba escrito Vlad Dracul.

#LaMandíbulaEnElSuelo fue el hastag para indicar el nivel de sorpresa de la población mundial.

De nuevo, otra vez a votar, para decidir o no si se abría el ataúd. Y esta votación llevó mucho más tiempo. Tres días habían pasado, y aún no se había llegado al 61\% de consenso. Estábamos cagados de miedo. ¿Qué pasaba si se abría y se levantaba Drácula? Los niños tenían pesadillas, y los mayores también.

—Que no, que no, que no, que el ataúd no se abre.

Tras mucho debatir, se decidió subir el ataúd a la superficie con unas medidas de seguridad de conservación pensadas para obras de arte de alto nivel. Para ello, se desarrolló incluso tecnología desconocida hasta la fecha. Seis meses tardaron en sacar el ataúd sin alterar su atmósfera, en el mismo estado en el que se encontraba bajo el agua.

Ahora sí, con todas las garantías, y con un plan de protección en el que habían participado 3 millones de personas, por fin, la aldea global llegó al sesenta por ciento de consenso. El ataúd de Drácula se iba a abrir. Ninguna película de ficción de ese año podía superar a la realidad real, a la emoción, a la expectación de lo que pudiera pasar.

10, 9, 8, 7… Como si estuviéramos en NocheVieja, la humanidad entera contó la cuenta atrás y contuvo el aliento. El ataúd se abrió…

Y lo que había dentro de él fue tan decepcionante como enigmático a la vez:

—Una manzana de color azul brillante, lista para comer, y desprendiendo un olor absolutamente embriagador.

La prueba del carbono 14 dictaminó que el ataúd de Vlad Dracul tenía 6000 años.

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