En un lugar de la Mancha que no quiero recordar, vivía hace un puñado de siglos, allá por el 1600 después de Cristo, un señor mayor, un poco viejo ya, que se llamaba Alonso Quijano.

Alonso Quijano estaba tan delgado que el pellejo se le pegaba a los huesos y era tan alto, enquencle y desgarbado que la gente hacía bromas a sus espaldas.

Al tener ya una edad, no tenía que trabajar para vivir, así que Alonso pasaba la mayor parte de su tiempo leyendo, sí, leyendo; leyendo día y noche, noche y día, novelas de caballerías, que hablaban de un tiempo pasado, de caballeros y reyes y princesas, un tiempo en el que existían los héroes, que eran hombres valerosos, que salían con su caballo en busca de aventuras, tratando de hacer el bien y de restituir la justicia; todo con la esperanza de eliminar el mal sobre la faz de la tierra, y volver así a un tiempo antiguo, aún más anterior que el de las novelas de caballerías, a una era del hombre muy primitiva, donde el hombre vivía en un mundo para nosotros ahora utópico, un mundo del que aún escuchamos sus ecos, a pesar de estar perdido en el tiempo, un mundo que todos conocemos por el nombre de la Edad de Oro.

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