Mi querido premio Nobel

Dentro de La Estructura Faraónica, yo pertenecía a la clase o a la casta de los usurpadores.
Los usurpadores somos aquellos que roban, sin importar el medio, la gnosis de la Red Invisible, en cualquiera de sus grados de consciencia; y les mostramos a la masa sus productos alterados como si fueran nuestros.
Lo hacemos para lavar la cara de la Estructura, y presentarnos ante el pueblo ignorante como sus salvadores, sus genios, sus líderes, para que ellos nos sigan idolatrando por los siglo de los siglos como si fuéramos gente superior.
Mi premio Nobel estaba hecho de sangre roja, muy roja. Muy roja. Y debo confesar, como lector empedernido que soy, que la etapa de la usurpación fue la fase más bella y feliz y emocionante de toda mi vida. Y ni todo el dinero del planeta ni todos los premios Nobel de la Academia podrán jamás igualar el inmenso placer de deslizar mis pupilas por esas palabras impresas y algunas de ellas aún manuscritas que habíamos ido cuidadosamente apilando antes, durante y después de la guerra civil española, para darle respetabilidad intelectual al régimen franquista y meter bajo la alfombra, aunque solo fuera por un segundo, ese slogan de la dictadura: Muerte a la inteligencia.

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