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—Está bien. Voy a ponerme manos a la obra. En estos momentos, me alegro más que nunca de haber sometido el negocio al cumplimiento de una estricta metodología.

—Se puede, don Roger.

—Rosa, perdona, no es que quiera resultar descortés, pero…

—Lo siento, lo siento, se me ha vuelto a escapar.

—Querida Rosa, ya te he explicado en más de una ocasión que ese apelativo te coloca en una posición servilista e inferior respecto de mi persona. Cuando usas esta palabra, le impones a nuestra relación una estructura de poder injusta para los dos, porque si yo no quiero estar por encima de ti, ¿por qué tú me colocas?

—Sí, don Roger.

En este punto, respiro profundamente y me voy a la playa del Palmar de Cádiz, en la que nunca he estado, pero cuya foto tengo colgada delante de mi cama, en mi tablero de visualización. Soy un seguidor empedernido del Secreto, Chopra, y toda esta gente, aunque, a primera vista, siempre doy la impresión de ser una bomba de odio por un mundo mal hecho a punto de estallar.

—Ay, qué mal lo paso, de verdad. Lo entiendo, de verdad que lo entiendo, pero es que lo tengo grabado a fuego. Así me han educado. Yo le respeto tanto, patrón, ha hecho tanto por mí y por mi familia, le estamos todos tan agradecidos…

—¿Pero es que piensas que no tienes derecho a la educación, a que tus hijos vivan bien, a trabajar en el país que quieras? Tienes derecho, no me debes nada. Esos son paternalismos de una estructura capitalista que se basa en relaciones feudales de poder. Eso está ya pasado de moda. Cuanto más lo reproduzcas, más durará. ¿No lo entiendes? Es como una regar una planta.

—…

—Estaba pensando… ¿Qué tal si te hipnotizamos? Se lo podemos explicar a tu parte inconsciente, y así, a lo mejor, el neocapitalismo te abandona.

—Sí, bueno, vale… Roger.

—Dime.

—Pues es que resulta que… Es que ha vuelto a pasar. Y como ha vuelto a pasar, pues, entonces, está aquí la señorita de siempre.

—Jooooooooodeeer. Qué puta pereza, dios santo de mi vida y de mi corazón, con la de cosas que tengo que investigar.

—Y, dime, ¿quién es ahora? ¿Lo sabes? Yo no le conozco, pero dicen que es alguien importante.

—¿Alguien importante?

—Sí, doctor Roger, alguien importante.

—¿Puedo pasar?

—Bueno, yo me voy.

—Hasta luego, muchas gracias, Rosa.

—De nada, a su disposición para lo que usted mande. Lo siento, perdón. Es horrible.

—¿Y a esta qué le pasa?

—Pues a esta mujer le pasa lo mismo que a todo el mundo: que nos enseñan muy bien las cosas equivocadas.

—Ya. Bueno. Doctor Roger, ¿qué tal el negocio? Se está poniendo la cosa muy calentita por lo que veo. Hay una cola fuera que da la vuelta a la manzana.

—Pues no entiendo por qué. En la puerta y en Internet, están claramente especificadas las normas de acceso. No es necesario esperar. Pero, bueno, qué le vamos a hacer. Yo no tengo tiempo para ir sacando uno a uno a todo el mundo de su error.

—¿De su error? En fin, dejémoslo ahí, no quiero empezar de nuevo como siempre. Vamos a ver si esta vez, cambiamos un poco la dinámica del encuentro. Dígame, ¿no siente curiosidad por saber quién es esta vez?

—Ardo en deseos. ¿Le conozco?

—Por favor, no se haga el tonto, después de todo lo que ha pasado, ¿sí?

—¿Yo? ¿Por?

—Tres días después, lo hemos encontrado.

—¿Muerto?

—Sí, muerto.

—Bien, bien, bien, universo, dios mío, gracias por haber escuchado y atendido convenientemente mis plegarias.

—Eso no le está ayudando nada. Tengo aquí una orden de detención expedida por el fiscal del estado. Por fin le vamos a poder llevar a juicio.

—¿Ahora? Me pilla fatal. Me he enamorado. No tengo tiempo para probar de nuevo mi inocencia. Debo conquistar a una mujer y estudiar paso a paso la estrategia de seducción que voy a seguir, puesto que es alguien muy especial.

—Mire, doctorcito, estoy hasta los ovarios de sus gilipolleces. Allí afuera tengo a su director de tesis metido en una urna de cristal con el cuerpo intacto, la tapa de los sesos abierta, y tres moscas buey devorándole cruelmente el cerebro.

—Lo cierto es que su materia gris nunca sirvió para gran cosa, salvo para aprovecharse de sus inferiores, medrar aparentando lo que no era y desprestigiar a los que eran más inteligentes que él. Solo puedo ayudarle diciéndole que el que lo haya hecho sabía muy bien lo que se hacía. Su manera de morir es completamente simbólica, y muy ingeniosa, por cierto. Lo siento por su familia, pero hoy es un día grande: he conocido a la mujer de mi vida, y el mundo físico es, a partir de hoy, un lugar más saludable.

—¿Un lugar más saludable? Acabáramos.

—Mire, inspectora, yo soy un hombre realmente ocupado. Tengo un tiempo de vida limitado y muchos misterios por descubrir. Yo ya he colaborado en todo lo que he podido. Incluso me quedé en la comisaría el otro día retenido durante cuarenta y ocho horas. Si, al asesino, ese día no le entraron ganas de matar, no es asunto mío. Tengo que confesar que hasta a mí me está sorprendiendo. Si es que es un sicópata, debería ser un poquito más sistemático, ¿no cree, inspectora? Usted sabe igual que yo que los patrones de conducta no se rompen así como así. La pulsión de matar es algo que siempre se canaliza bajo unos ritos. Es como una fantasía sexual. Todos follan, pero cada uno lo hace estimulado por una serie de palabras, imágenes, disfraces diferentes.

—Huy, sí, sí, muchas gracias por su gran iluminación, doctor, déjeme que piense un momento… ¿es posible que a lo mejor rompiera el patrón de conducta POR QUÉ ESTABA EN LA CÁRCEL RETENIDO?!

—Perdone, no se altere, y sobre todo, no me levante la voz.

—Por favor, levántese, debo colocarle las esposas.

—Pero, vamos a ver, hemos repetido este maldito protocolo tres veces ya, cuatro, con esta. ¿Qué le hace pensar que esta vez va a ser diferente?

—Doctor Roger, no se rebele contra la autoridad. Sabemos que es un insumiso y el creador de la plataforma de Desobediencia Civil más importante en EEUU.

—Pero, dígame, ¿qué pruebas tiene contra mí? ¿De dónde se saca usted que yo haya asesinado a mi antiguo director de tesis?

—¿Le parece poco que en este último mes vayamos a cadáver por semana, que todos los cadáveres aparezcan en su negocio, que dichos cadáveres estén íntimamente ligados a su pasado como científico, y que, casualmente, pero solo casualmente, usted les odiara a todos y todos le odiaran a usted, tal y como está testimoniado por las personalidades más influyentes del mundo académico norteamericano? —Esa oración es muy larga, producirla correctamente, sin perder el hilo, demuestra un buen uso de su memoria ram, y cierta inteligencia. Es posible que la haya subestimado intelectualmente, y le pido que me perdone.

—¿Se piensa que no estoy familiarizada con sus absurdas técnicas para cambiar el foco de la conversación?

—Nada más lejos de mi intención, era un simple inciso, como le iba diciendo, inspectora, el mundo académico es peor que un folletín, peor aún que la literatura épica, mucho peor, incluso, que las revistas que compran los pobres para ver cómo viven los ricos. Todos chupan neuronas, venden y compran cerebros a muy bajo precio y no paran de cotillear todo el día.

—Vosotros, los intelectuales, sois muy aburridos. No pegáis un palo al agua en todo el día, os mantenéis con el dinero de los impuestos de todos los que curramos de verdad, y encima, para colmo, tenemos que escuchar lo cultos e inteligentes que sois y lo cortitos que somos los demás. ¡Por favor! Y ahora, encima, no solo os recicláis montando antros sexuales para liberar la represión sexual de años y años sin comerse una rosca, sino que, además, y por si fuera poco, ¿os ponéis a mataros entre vosotros? Y luego dicen que la investigación es un oficio respetable. Estáis todos como una puta cabra. Venga aquí, acérquese, que no tengo toda la mañana, el forense me está esperando. Estos dos agentes le acompañarán a declarar a la comisaría.

—Jooooder, de verdad, en serio te lo digo, es que me da una pereza que te mueres dejar lo que estoy haciendo para ir ahora a eso. Respecto de lo que ha dicho de no pegar un palo al agua, en ese discurso necio, inculto y absolutamente indocumentado que me acaba de soltar haciendo uso de la autoridad que el estado te ha conferido, ¿qué puedo decir? Lo he contraargumentado tantas veces que me da náuseas solo de pensar que tengo que volver a repetirlo de nuevo. Así que, si me permite, lo tengo aquí todo grabado en un cd y espero que por la noche, cuando llegue a casa, o cuando se vaya usted de vacaciones y tenga tiempo de cultivar su alma y de crecer como persona, espero que lo escuche. La sabiduría es una adicción. Usted esto no lo puede comprender, porque vosotros, los policías, no sois personas refinadas intelectualmente.

—Le insisto en que no tengo toda la mañana.

—Está bien. Léame, por favor, mis derechos, si no le importa. Así trabaja un poquito la memoria. Ya sabe, el alzhéimer en la policía galopa de forma salvaje.

—Ramón, léale al doctor Roger sus derechos. Nos vemos en la sala de interrogatorios. Pero esta vez sí que va a ir a juicio. Tenemos pruebas que le implican.

—¿De verdad? Qué mala jugadora de póker. ¿Cómo te puedes tirar un farol desviando la mirada de esa manera? Es usted patética. No sabe mentir.

—Qué gracia me hace escucharle pasar del usted al tú con tan mal gusto. De verdad, si fuera usted tan culto, elegiría una persona y la mantendría durante toda la conversación, ¿o es que no le enseñaron las formas de tratamiento en las clases de español?

—Yo, si quiere, hablo con usted español, no me importa, es mi lengua nativa, pero, por favor, haga un uso correcto de mi lengua, no se cargue la gramática.

—Espere que coja el cd numero dos. Por favor, hágalo por mí. Esta clase es muy interesante, habla sobre el significado del usted y del tú en España, que es donde aprendí yo a hablar español. Yo, si le soy sincero, y esto lo digo con mucha humildad aunque no lo parezca, me paso por el forro de los cojones todo lo que está relacionado con un uso convencional, normativo del lenguaje. Para su información le/te diré que dicho uso codifica lingüísticamente estructuras de poder injustas para los que menos tienen. Solo mantengo el usted cuando la persona es muy mayor y me inspira respeto por la sabiduría acumulada a lo largo del tiempo. ¿Has entendido usted la explicación o quizás uso un registro de lengua demasiado elevado para una persona como tú sin estudios superiores?

—Tiene usted una gota de mostaza en el cristal izquierdo de sus gafas de culo de botella. No he visto unas gafas así desde el personaje de Steven Urkel en Cosas de Casa. Dios mío. Espero que usted no trabaje aquí, sino que solamente dirija el negocio, porque es la antilujuria. Muy buenos días, doctorcito, nos vemos en comisaría. Deje en su despacho su retórica académica, y use palabras del vocabulario común, los que tenemos que trabajar, no tenemos tiempo para memorizar el diccionario.

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