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—Buenos días, la detective Krahmer, del departamento de homicidios del FBI. Me gustaría hacerle unas preguntas si no le robo mucho tiempo.

—¿Si no le robo mucho tiempo? ¿Por qué dice eso cuando está obligada a hacérmelas ya que para eso le pagan? Pase, pase, siéntese.

—Gracias, prefiero dar un paseo por su despacho, si no le importa.

—No, no me importa, al revés, me halaga que se interese usted por mi universo. Espero que los libros no la aburran, porque hay muchos.

—Ya lo veo. Sí, sí. Y dígame, doctor Roger, ya que veo que para usted la cortesía es una pérdida de tiempo, iré al grano, ¿me podría explicar exactamente qué tipo de servicio contrató la víctima?

—Sí, por supuesto. Será un placer. Kalifornia’s Dreaming es un sitio al que solo se accede por red social. Cada miembro del Kalifornia’s tiene derecho a invitar a tres personas. Cuando la persona invitada se registra, escribe el tipo de fantasía sexual que quiere que le sirvamos. Después se diseña un programa con la fantasía del cliente, el cliente llega a una habitación, se coloca un casco, y tiene la sensación de estar experimentando lo que está viendo, ya que se tocan regiones del cerebro asociadas a la acción, al tacto, a los sentidos, en definitiva. Si piensas que estás cogiendo un tronco de cien kilos, aunque en la realidad estés cogiendo aire, ese aire te va a pesar como un tronco de cien kilos. ¿Me he explicado con claridad?

—Cuando hago fujitsu, el profesor dice que nos coloquemos como si estuvieramos sujetando un tronco de madera contra la corriente. Una vez me concentré tanto que tuve esa sensación. ¿Y en qué consistía la fantasía?

—Para responder a esa pregunta, primero debo hablar con mi abogado, ya que firmamos con los clientes un estricto contrato de confidencialidad.

—¿Cuántos programadores tiene trabajando para usted?

—Nadie trabaja para mí. Pero, bueno, no entremos en discusiones ideológicas, que me aburren mucho. Quinientos programadores a lo largo de todo el país programan desde sus casas freelance para el Kalifornia’s Dreaming.

—¿Cada uno diseña una parte?

—Sí, ninguno sabe al final lo que se está programando.

—¿Alguien lo tendrá que saber? ¿Alguien tendrá que leer la carta?

—No. Eliza lo hace todo.

—¿Y quién es Eliza?

—Un robot.

—Eso es imposible.

—Bueno, traiga usted a quien deba traer del departamento de tecnología y se lo explicaré con mucho gusto, aunque por supuesto, no voy a desvelar ninguno de los algoritmos de programación. El código está cerrado. No me apetece nada que se utilice la Inteligencia Artificial para hacerle ganar más dinero, aún si cabe, a los ricos y quitarle el modo de ganar dinero a los pobres.

—¿Pero usted puede acceder a los vídeos, al resultado final?

—Sí, aunque no es mi costumbre.

—Está mintiendo. El año pasado se publicaron tres artículos sobre la sexualidad femenina en las dos revistas científicas más prestigiosas del mundo académico en Norteamérica: Science y Nature. Los artículos llevaban la firma de La Universidad del Sexo, el edificio de al lado del Kalifornia’s.

—Es cierto, y muy interesantes, dicho sea de paso. Los artículos, digo. Bueno, no la quiero aburrir con el funcionamiento de esta institución, pero, si lo pregunta, yo le doy la información. Yo no he escrito esos artículos, no me gusta poner el nombre en los trabajos en los que no he hecho nada. A diferencia del 50% de la elite que monopoliza el mundo académico. Antes no le he dicho toda la verdad. Los investigadores que trabajan para esta universidad tienen derecho a ver los vídeos, luego les ponen unas etiquetas, digamos que los categorizan, y los guardan en una base de datos total y ordenada con criterios dinámicos. Con el tiempo, podremos acceder a una taxonomía de la sexualidad humana en este momento histórico. Los artículos son el resultado de la observación científica de estos vídeos.

—¿Podría darme el vídeo que visualizó la víctima?

—Yo creo que para eso va a necesitar una orden, pero no me gustaría decirle a usted cómo tiene que hacer su trabajo.

—Perdone que le interrumpa, pero hoy no estoy para aguantar las borderías de nadie. Nos veremos, doctor Roger.

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