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Todo buen historiador sabe que para llegar al núcleo de la historia siempre tiene que volver al origen, allí donde comenzó todo, y es por eso que me encuentro, una vez más, en Bildelberg.

A pesar de que nosotros tres, Anicka, Mac Cain y yo, hemos entrado por el mismo sitio, no hemos salido juntos y, una vez más, les he perdido la pista.

Desorientado, porque no he ido a parar al mismo sitio de las veces anteriores, estoy caminando un poco a lo loco por la calle, tratando de situarme. En esas estoy cuando de pronto oigo que alguien me pregunta sin mucha cortesía:

—¿El Hotel Ritz?

—¡Alexia Zyanya? —exclamo como un fan muy muy pero que muy patético.

—¿Y a ti qué coño te importa quién sea yo? ¿Cómo me has reconocido? ¿Es que vienes a matarme? ¿Eres de la CIA, de la NSA, para quién trabajas?

Voy a contestar, pero ella rápidamente se aleja, andando muy ligero y hablando sola, ajena por completo a lo que pasa a su alrededor. Una vieja indigente, comida por la artrosis, sucia y de dientes podridos, me sonríe al tiempo que me pide de comer.

—Siñore —me suplica— una ayudita, una ayudadita, siñore.

Miro a su lado y, luego, a lo largo de toda La Rambla, y veo que hay una cola interminable de gente viviendo en la miseria haciendo lo mismo. Siento tanta pena que decido ir uno por uno repartiendo pepitas de oro hasta quedarme sin nada. Para cuando quiero incorporarme al evento Bildelberg, Alexia ya está finalizando su discurso. Justo a tiempo, me digo:

Muchos de vosotros sois sicópatas. Disfrutáis confundiendo a las hormiguitas, os reís cuando se reúnen para manifestarse, os dan ganas de aplastarlas con vuestros zapatos, hechos del mejor cuero, cuando hacen asambleas. Os gusta matar. Y no sentís ni culpa ni remordimiento. Derrumbáis la bolsa en un día y millones de personas mueren de hambre por vuestra causa y nada os importa. En este país, se suicida por falta de recursos una persona al día y, alegres por el exterminio encubierto, lo celebráis en el sitio más caro de la zona. No es vuestra culpa, os decís todas las mañanas, pregúntenle a la selección natural, argumentáis muertos de risa.

Un semicírculo vacío se ha abierto entre la conferenciante y su público. Algunos, situados en las últimas posiciones, han pasado de ella y han salido fuera a fumar un cigarro y a hacer negocios. La antigua reina de España ha sacado de su catálogo de expresiones públicas una leve sonrisa de comprensión con la que está aguantando de forma estoica todo el chaparrón.

Decís que el amor es solo cosa de las comedias románticas. Decís que el bueno es tonto, porque es fácil sacar provecho de su bondad. Decís que se evoluciona por competición y no por cooperación. Pagáis a curas, tecnócratas y periodistas para que digan en los debates de televisión que eliminar a los pobres, dejándolos morir de hambre y enfermedad y quemándolos sin los caros ritos de enterramiento, es ventajoso, que supone un ahorro… Pobres ignorantes, desconocéis que será esta pobreza la que hará explotar el sistema, y, cuando esto ocurra, acudirá a vuestras atrasadas mentes una leve remembranza de los sabios poetas del pasado, que alumbrados por la musas cantaban:

Sueña el rey que es rey, y vive
con este engaño mandando,
disponiendo y gobernando;
y este aplauso, que recibe
prestado, en el viento escribe,
y en cenizas le convierte
la muerte, ¡desdicha fuerte!
¿Que hay quien intente reinar,
viendo que ha de despertar
en el sueño de la muerte?

La seguridad de la reina también se ha ido progresivamente poniendo en guardia a causa de los inadecuados comentarios de la premio Nobel. Qué grosera, piensan algunos que interpretan sus palabras como un ataque directo a las reinas allí presentes. Los murmullos ya han hecho acto de presencia, y algunos incluso ya la están insultando directamente a la cara. Alexia eleva el tono de voz e ignora las cosas que le están diciendo porque estas son sus últimas palabras:

El mátrix confunde, equivoca, yerra los pensamientos de la gente, que está malinterpretando la información que recibe. El pueblo piensa que no tiene instrumentos de poder para elegir sobre todo lo que concierne a su vida, desde lo que come hasta la lengua que habla. Los recursos son infinitos, porque las ideas lo son, porque lo es la información, que es infinita puesto que es recursiva. En este universo, no hay pregunta sin respuesta, no hay problema sin solución, no hay límites para la imaginación. El conocimiento y la conexión nos conducirán a un mundo donde el poder sea el resultado de la unión de los poderes individuales, a un planeta tierra paradisíaco, un mundo libre para unos corazones llenos de amor que han nacido para ser libres.

Según algunas versiones de Populus, pero no otras, ahora, alguien gritaba ¡fuego! y toda los mandos de seguridad disparaban a Alexia.

Según otras versiones, no es ahora cuanto esto ocurre, sino un párrafo después, tal y como al parecer, está pasando, ya que Alexia no parece haber concluido:

Y este pensamiento colectivo que, por las noches, se alimenta de nuestros sueños crece día a día, sustentado en una consciencia global, en una fe por la llegada de un nuevo mundo: un súper mundo feliz. La R-Evolución ya es un hecho, un hecho incuestionable, irreversible, imparable. Nuestro sistema de organización innato, aquel que nos llega del futuro y que fue el que nos permitió llevar un dios dentro, será anárquico e imposible de controlar por unos pocos. Viviremos en un sistema autorregulado, autogestionado y donde la felicidad sea el valor más importante. Y no pasaremos por encima de vosotros, sino por vuestro lado, pero lo haremos a tanta velocidad, que vuestros ojos, acostumbrados al viejo mundo, no serán capaces de captar nuestra nueva luz. Cada oleada será más fuerte, cada mecha prenderá más conciencias. No podréis parar el proceso de liberación de toda la población mundial que ya está en marcha y que ya todos sabremos que será explosivo!

Ahora sí que sí, me digo, pero sin embargo nadie dispara y, tal y como juraron y perjuraron una y otra vez los medios oficiales, el cinturón de Alexia explosiona.

Unos segundos antes de que esto ocurra, Dickens acaba de salir de la biblioteca y, tras cerrar la puerta con mucha elegancia, ha pegado dos fuertes palmadas que han retumbado en toda la sala.

La gente se ha vuelto a mirarle, y como si estuviéramos en Sodoma y Gomorra, se han quedado congelados, como si se hubieran convertido en estatuas de sal.

Yo, que también he sido paralizado por el truco, me encuentro al lado de las dos reinas, donde hay un hombre con una máscara de V de Vendetta sonriéndole a una cámara mientras le sirve champán a la copa petrificada de la reina de Inglaterra, que se parece, más que nunca, al doble del Museo de Cera.

Las partículas del cinturón se hallan en la primera fase de la explosión, con lo que una nube de fuego estrellado se encuentra también paralizada, al igual que su onda expansiva, que tan solo ha llegado a la primera fila para mover el pelo de sus majestades, como si una libre brisa de verano estuviera a punto de acariciarle sus reales cabelleras.

Algunas gotas de sangre del cuerpo de Alexia también están suspendidas en el aire, y, sin duda, caerán sobre una de las comisuras de la antigua reina griega en breves momentos, cuando este encantamiento se pase.

Poco tiempo tienen para operar los invisibles. Ramón y Dickens lo preparan todo para la vuelta a la normalidad. Las cámaras del lugar están intervenidas, y todos los móviles de los presentes están siendo manipulados a distancia por Ramón desde su portátil.

De afuera, viene una falsa furgoneta del Samur que mete a Alexia en una camilla y se la lleva con mucha rapidez.

—3 2 1 …¡Ya!

Los invitados salen de su sortilegio, y se encuentran con una inofensiva explosión con sangre y restos orgánicos de cuerpo humano volando por los aires y pegándose a todas partes. Los agentes de seguridad buscan el cuerpo de Alexia, pero este no se halla por ninguna parte.

Sigo a la furgoneta para saber dónde se la llevan. A mitad de camino, se pierden entre unos callejones, y cambian de coche. Aunque es un ritmo muy frenético, puedo continuar con la persecución y no les pierdo de vista. Al final, sale a carretera una furgoneta de pan repartidora de donuts y desencripto sin esfuerzo su GPS: Palacio de Linares, equilicuá, me digo encajando cada vez más piezas.

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