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Los zapatos aún no están lo suficientemente brillantes, piensa. Muy afanado, Nexo sigue fiel a su ideal de perfección y pule las hebillas de los zapatos del alcaide hasta dejarlas como nuevas.

—Buen chico, Nexo, —dice el alcaide que le está mirando —, cuando termines con esos, continúas con estos dos. Todavía no sé cuáles me voy a poner para la gala de esta noche.

Nexo espera pacientemente a que el alcaide cierre la puerta. Una vez solo en el despacho, se dirige al celador de forma autoritaria:

—Vigila que nadie entre. Tengo que hacer una llamada.

Relajado, como si el despacho fuera suyo, Nexo se sienta en el sillón del escritorio, sube los pies en la mesa del alcaide y marca un número. Al tercer toque, alguien, al otro lado, descuelga:

—International Tecno Isis Company, despacho del señor Lombardi, dígame, ¿en qué puedo ayudarle?

—Páseme con su jefe, Karina.

—¡Se ha acordado de mi nombre! Vaya memoria, le agradezco la cortesía, señor Nexo. Siento decirle que el señor Lombardi está ausente, se encuentra en una reunión crítica y no puedo…

—Lo que tengo que comunicarle es crucial para esa reunión. Pásame con sus asesores, Karina.

(…)

—Es una llamada inaplazable, señor, es Nexo.

—Nexo, ¿eres tú?

—Sí, señor, soy yo.

—Hombre, chaval, ¿cómo andas? ¿qué tal por esos lares? Tu chico ha salido ya, ¿verdad?

—Correcto, señor, se lo agradezco.

—No te preocupes, favor con favor se paga. Y, ahora, dime, no dispongo de mucho tiempo, espero que sea importante.

—Se trata de Ramsés.

—El niño mimado, más temprano que tarde, terminará sirviendo a nuestros intereses.

—Me imagino que tiene usted conocimiento de la muerte de su padre.

—Asistí a su funeral.

—Perfecto, entonces ya habrá sacado sus conclusiones.

—¿A qué te refieres?

—A su herencia, por su puesto.

—El viejo no le ha dejado más que un cochambroso edificio en España, eso es Norte de África, y ahora más que nunca.

—Solo, permítame recordarle, señor, que para nosotros la piedad no existe, se puede regalar un nuevo trono aunque no pueda verse la pirámide.

—Lo tendré en cuenta, Nexo. Pero, ya te digo, no hay de qué preocuparse, sin dinero, a Adil no le queda otra que estar bajo nuestras directrices.

—Si usted no ve motivo de desconfianza, pues lo dejaremos, señor. Gracias por su tiempo, cualquier cosa, llámeme, me encuentro a su entera disposición, señor.

No tardan en aparecer dos hombres, uno vestido de funcionario de prisiones y el otro de preso. El funcionario abre la celda de Nexo y le dice:

—Su encargo, señor.

Como se suele decir en esta lengua, ha llovido mucho desde el gran atentado a los lugares sagrados que configuraron el recién estrenado país palestino-israelí.

Delante del gran Nexo, se encuentra el cerebro de la trama, Rudolf Eckman. Tanto Nexo como él, entraron en la cárcel poco tiempo después de la caída de los faraones. Simples gajes del oficio, se dijo Nexo para sí mismo. No tardaría mucho tiempo en salir para ejecutar su venganza; para la gente como él, los muros eran irrelevantes, tal y como demostraba la liberación del hombre que ahora tenía delante:

—Tengo entendido que sales en dos semanas. No he faltado a mi promesa.

—Ni yo fallaré a lo que me pidas.

—Pues hay dos encargos por hacer.

—Usted dirá.

—Hay un mensaje por entregar y una herencia que encontrar.

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