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En medio del caos económico más absoluto que se está viviendo en Europa y en todo el mundo, los días en Escocia están transcurriendo de forma deliciosa para Adil, John y su familia. Precisamente ahora, los dos amigos acaban de finalizar un espléndido set que le ha dado la victoria a Adil, cuya suerte va en aumento.

Ya en el porche, el último faraón decide abordar con su amigo un tema de conversación que había estado esquivándole desde su llegada.

Mientras unos cuantos criados preparan y sirven cocktails de media tarde, John intuye que ha llegado el momento de la verdad. Su compañero de juergas de universidad comienza a hablar:

—El conflicto de la deuda soberana ha estallado en las narices de los mercados, John. La bancarrota en cadena de los estados constata el final de una era. Mientras tanto, nuestra clase social, a la que le aterran los cambios, se ceba despedazando los últimos cadáveres del sistema, inmersos en violenta pugna por tan solo unas migajas. Dime, John ¿es eso lo que queremos, lo que nos merecemos? ¿Migajas? No, John, no. Hay que estar muy pendientes, preparados para generar un nuevo tipo de mercado que emerja de las ruinas de Wall Street. Todo lo que hay en los paraísos fiscales no valdrá un pimiento a la vuelta de dos años, uno, tal vez, meses. Nosotros crearemos un nuevo mercado, el mercado de las necesidades, y gracias a él, seremos una vez más, los dueños del mundo.

—Pero es que mis inversores están satisfechos con nuestros movimientos, Adil —contesta John dándole vueltas a eso del mercado de las necesidades.

—¡Pero qué ignorantes son! Con qué poco se conforman, unos milloncejos por aquí, otros miles por allá, y, mientras tanto, siempre sudando, temerosos de cualquier incidente, con los nervios de punta, indecisos, realizando cien operaciones al día para recoger calderilla. Patético, John, sin clase, ni estilo, y lo que es mucho peor, sin ningún glamour.

John calla y Adil sabe que necesita seguir hablando para conseguir persuadirle, encantarle, ilusionarle de corazón.

—¿Es que no te das cuenta, John? ¿Acaso no ves cómo los mercados, tras el crack, corren despavoridos, con el miedo a caer en el caos o la locura, yendo de aquí para allá, sin ton ni son, como un pájaro desorientado en una jaula de cristal? Están paranoicos, esquizofrénicos, locos de atar… Tú y yo tenemos clase, John, y eso nos distingue. Nosotros estamos hechos de otra pasta.

—Yo siempre estaré contigo, Adil. Triple Alfa, ¿recuerdas?

—Triple Alfa, sí.

—¿Estás pensando en volver y hacerte con el control del mundo, como antes?

—Crear, John, crear. Lo que quiero yo es CREAR de la nada. La vieja Europa ha caído, los americanos están al borde del colapso; los chinos, sin ellos, no son nadie; se están destrozando unos a otros bajo la excusa de falsos conflictos ideológicos; qué pérdida de tiempo… Por eso, debemos adelantarnos para que cuando todo eso pase, nosotros hayamos creado ya un nuevo tejido. Un tejido que será global y que se habrá extendido de manera corpuscular, para que el fallo de uno no afecte a los demás… Emergerá como alternativa al caos.

Emerge2, la nueva filosofía empresarial —dice John mirando hacia las nubes, con síntomas inequívocos de entusiasmo por habérsele ocurrido ya un nombre para su tan esperada asociación con Adil.

—Exactamente. Empieza el juego, John. Te tengo en mucha estima, maestro de ceremonias —John ríe al traerle Adil recuerdos de la fraternidad—, pero quiero que sepas dónde te vas a meter si te pones de mi lado. En la liga que se juega entre los bastidores de la primera división reinan otras reglas, desconocidas por el común de los inversores. Tus antiguos contrincantes te parecerán simples corderitos. Cuando adivinen el pastel, harán lo que sea para quedárselo, John, y tú deberás estar, ocurra lo que ocurra, siempre a mi lado, porque intentarán desunirnos y enfrentarnos.

—En los tiempos que corren, la lealtad, Adil, es lo único que nos mantiene en la cresta de la ola. ¿Quién más estará?

—No lo sé, posiblemente, Miguel Ángel.

—¿Miguel Ángel?

—Somos hermanos de fraternidad, John.

—Sí, es cierto. Se portó bien conmigo en el asunto de los lunes negros, pero… Es un traidor.

—No se equivocó.

—No, claro, él trabajaba a tu lado… Pero lo cierto es que todavía hay mucha gente que duda de ti, Adil. Ellos piensan que nos atacaste, que quisiste derrumbar nuestro sistema, pero yo nunca les hice caso, porque yo te conozco, y lo de los faraones fue un jaque mate magistral, te quedaste tú solo en la cima de la pirámide, y, ahora, has vuelto para ocupar tu tan merecido trono, ahora que las aguas están revueltas y la memoria de las masas ha sido otra vez despistada con la actualidad. Yo sé que tienes un plan y, para mí, es un orgullo formar parte de él. De los que han quedado, no hay nadie de tu categoría… En fin, si algo hay cierto es que Miguel Ángel las ve venir como nadie…

John se toma un respiro para despedir de su mente todo atisbo de duda y concluye de manera eufórica haciendo un brindis:

—Triple Alfa, Adil.

—Triple Alfa, John.

Un mayordomo vestido con traje de pingüino y guantes blancos de seda se acerca a Adil con un teléfono en la mano.

—Tiene una llamada importante, señor.

El criado limpia debidamente el auricular con un pañuelo de seda antes de pasárselo al ilustre invitado del señorito John con una ritualizada inclinación de cabeza:

—Señor…

—Gracias —dice Adil mientras se dirige a su amigo con cara de súplica —John, ¿serías tan amable?

El inventor de Emerge se retira dejando a solas a su amigo, convencido de que hoy ha sido un día grande en su vida. Adil expira hondo para descargar la tensión interior acumulada por la conversación con John. Luego, curioso por saber quién puede ser, pone la oreja en el auricular.

—¡Pero, bueno, qué pasa! ¿Estás perdido o qué? Menos mal que su señoría ha tenido la deferencia de dejarle este teléfono a Miguel Ángel.

—Debo ser discreto, los paparazzi me acosan de manera feroz. Así que es cierto, ¿estás viva, Alexia? Bicho malo…¡nunca muere!

—Mac Cain está cuidando de mí. Oye, por cierto, qué torpe soy, te lo debería haber dicho primero, pues nada, que siento lo de tu padre, ya sabes…

—Gracias, doctora.

—¡No me llames doctora! Y ¿qué te cuentas? ¿Qué estás haciendo? ¿Dónde estás?

—Ahora mismo me pillas cambiando el mundo. Habida cuenta de tus fallidas tácticas para hacerlo, he tenido yo que ponerme manos a la obra.

—Tengamos la fiesta en paz, tengamos la fiesta en paz… Además, ¿qué es eso de habida cuenta? ¿Estamos acaso en el siglo XIX para hablar así o qué? Mejor te paso con Mac Cain.

—Claro… Eh, granjero, ¿cómo están tus vacas?

—Hola, granuja, yo también podría preguntarte por tus cabras, que aquí de todo se entera uno.

—¡Ja, ja! Seguro que están más sanas y son más libres que las tuyas.

—De eso nada, que yo las trato con mucho amor.

—A mí, la zoofilia nunca me interesó, Mac Cain.

—Jajaja, qué hijo puta… Oye, Adil, por cierto, te presento mi más sentido pésame por la muerte de tu padre.

—Gracias, hombre, estoy seguro de que es así. En fin, ya no está, ya…

—El mundo sigue girando, Adil, y hay que preocuparse por la vida de los que están vivos.

—¿Qué quieres decir con eso?

—Bueno, ahora has salido a la luz.

—¿No me digas?

—No serán precisamente muchos los amigos que te estén esperando. A fin de cuentas, tú fuiste Judas, el traidor.

—Siempre ando con cuidado, teniente.

—Pues estaría más tranquilo si yo también tuviera cuidado por ti. Nexo buscará venganza y a ese solo lo entiendo yo…

—Nexo está entre rejas, Mac Cain, está bloqueado.

—Escucha, muchacho, para la gente como nosotros, la cárcel no es ninguna barrera.

Adil no se toma a la ligera las advertencias de Mac Cain, sabe que pronto va a ser el objetivo de todos.

Tras la llamada, el mayordomo anuncia la llegada al castillo del señor y la señora Moody. El matrimonio Moody ha tenido que pedir muchos favores para poder estar hoy aquí al lado del Gran Ramsés II, sobrenombre por el que se conoce a Adil en los círculos más selectos de la alta sociedad.

Durante la cena, la señora Moody, completamente entregada al irresistible encanto de Adil, aprovecha su sobradamente conocida devoción por los veleros para invitarle a una bonita travesía a bordo de su flamante embarcación hasta el puerto de Mónaco. Invitación que Adil acepta encantado.

Tras unos bonitos días de travesía, el gran velero atraca en la ciudad del juego. Nada más llegar, el grupo de amigos se pone de etiqueta y visita el casino, fuente de ocio clave en esta clase social.

Sentada delante de una enorme mesa de dados, la señora Moody siente un gran calor en la vagina al rozarse con el Gran Ramsés. Muy eufórica por su deseo sexual, la señora Moody coge la mitad de sus fichas y se las regala a Adil. Este, agradecido, juega tres veces seguidas al mismo número y gana, triplicando el dinero de la señora Moody. Pletórico por atraer la riqueza a su pensamiento, Adil la besa en la boca para celebrarlo y le dice:

—Ahora vuelvo, resérvame el próximo baile.

Adil manda a alguien a recoger sus fichas y sale del casino sin despedirse. Afuera, le espera un gran descapotable conducido por John.

—¿Lo has conseguido?

—Usé mi influencia en el Ministerio de Exteriores de Inglaterra, todos los miembros del Club, incluido Roger, recibirán el telegrama por valija diplomática.

—Bien hecho, maestro.

—¿Y ahora? ¿Dónde vamos?

—A Madrid, a buscar mi herencia.

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