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Cañada Real, un poblado gitano a las afueras de Madrid. Miguel Ángel acaba de aterrizar en Barajas y de despedirse de Roger. A las puertas del poblado, el taxista le avisa de que aquí termina el trayecto. Miguel Ángel va a hacer un gesto para pagar pero el taxista le para.

—Cómo puedo cobrarle, si el amor que yo siento ahora en mi pecho es tan grande que solo deseo que no se evapore cuando usted salga de mi taxi.

—No se evaporará nunca, porque estás vivo, y la vida sin amor no existiría.

—Gracias, padre, vaya usted con Dios.

—Agur, hijo, agur.

Agradecido, Miguel Ángel se baja del vehículo y sus pies se introducen en un gran charco de agua llena de fango. Alabado sea Dios, dice en alto.

Al levantar la vista para observar el estado de degradación del poblado, ve a un toxicómano acercándose como si fuera un zombi. Agradecido también de su venida, Miguel Ángel se dispone a preguntar. Lleva ya unos días buscando al último miembro del Club y cree que hoy podrá dar finalmente con él.

—Perdone, busco a Adil, ¿lo conoce?

—Las casas de los moros están mucho más pallá, pero ahora no le pongo cara.

—Es alto, muy moreno, pelo largo, oscuro, treinta y algo, muy varonil.

—¿Eres poli?

—No.

—¿Marica?

—En fin, gracias de todas formas.

—¡Eeeh! No te largues… ¿Quieres costo…? Ni caso…

Miguel Ángel sigue avanzando por Cañada Real. Apenas ha andado unos treinta pasos cuando escucha que lo llaman. Se da la vuelta y ve que, de manera muy trabajosa, como si las piernas no fueran suyas, el toxicómano está corriendo tras él.

—¡Cojoneh, tu disses el gitano! ¿Verdad? El prínssipe. Vive ahí pa’lante, en la parssela de laj cabrah. ¿De verdad que no quierej costo?

—No, muchas gracias. Por ahí, ¿verdad?

SsíssíMia que te lo dejo arreglao, que si no, me lo fumo y no tengo pa’ comprá náh, ni pa’ lah pastillas de mi mare, tronco, vengaaa, que la economía  mu nazi, que ya no hay aquí  pa’tirar.

—Está bien, lo utilizaré para un regalo, pero no llevo dinero encima, mi amigo te lo pagará justamente.

Nones, no suelto prenda ssssi no veo billete. Ahí no entro, que ahí vive el patriarca… y yo, con los gitanos… Mía, ese es el suegro de ese tu amigo. El pobrecito tá sheimerPoh no dessía el notah que Vallecah pertenesió a una rasa antigua de condeh gitanoh del Egipto que vinieron pa’cá hase una jartá de añoh

—De acuerdo, entonces, nada, pero déjame que te diga que es mejor confiar en que el vaso tiene agua a quedarte con sed. Aprender en quién se puede confiar es una sabiduría que te hará planear sobre los corazones de tus hermanos.

—Oye, pavo, no tentendío una mierda, pero voy a confiá, t’aprovechaj qu’esti desesperao.

Miguel Ángel, acompañado del toxicómano camello, se acerca a la alambrada, donde una mujer gitana, ya entrada en años, cuida un rebaño de cabras.

—Vengo a ver al príncipe Adil.

—Si vienes del juhgaoyasío.

—No, soy su amigo y tengo que darle una noticia importante.

La mujer mira a los ojos a Miguel Ángel, después a su acompañante:

—¿Y esse?

—Tengo una pequeña deuda con él y quiero que Adil se la pague.

—Anda que no tié cara aquí el jambo ni . ¡Addiiiiiiiiii! Otro que vié a cobrá.

No tarda en aparecer un hombre saliendo de una chabola, chulesco, con una estaca en la mano, sin camisa, en bermudas y con varios cordones de oro de diferente grosor sobre su velludo pecho. El pelo suelto, negro y rizado le cae esplendorosamente sobre los hombros.

Al ver a Miguel Ángel, Adil lanza la estaca contra el suelo, y, pletórico de euforia, se tira a los brazos de su amigo.

—¡Mi hermano! ¡Mi hermano! —repite emocionado—, ¿qué tal, compare?

Las lágrimas saltan de sus ojos y, durante un buen rato, Adil no se suelta de su cuello. Cuando se separa, lo mira de arriba abajo, le da una palmadita amistosa en la cara y le vuelve la espalda invitándole a pasar: ¿qué haces aquí, amigo mío? Pero ¿qué haces aquí?

Los dos amigos llegan ahora a una mesa metálica blanca, enmohecida, acompañada de dos sillas de playa tapizadas con chillones motivos florales.

Adil se tira en una de ellas como si se hubiera llevado toda la mañana trabajando con un pico y una pala. Coge una cerveza, le quita la chapa de un golpe, da un largo trago respirando a la vez, luego, mira a Miguel Ángel de nuevo, y, casi sin creérselo, coge otra cerveza y se la da a su amigo.

—Si vienes a rescatarme, como en el Amazonas, paso, tío, esto es vida, todo el día holgazaneando, sin nada que hacer, bebiendo y estando por ahí, con mi gente. Esto es vida, Miguel Ángel.

—Yo no fui a rescatarte al Amazonas, fuiste tú quien me invitó a tu ritual de liberación. Todavía te recuerdo bailando alrededor de la hoguera mientras tu fortuna se consumía pasto de las llamas. ¿Y tú? ¿Ya no te acuerdas?

—Sí, pero muy turbio, llevaba un pedo… Que movidón. Pero ya ves, de ahí surgió un hombre nuevo, más de la casa, ¿me entiendes, amigo? Con mi novia, una guapa gitana, ya la verás, y mi casa y esta familia que me lo ha dado todo, dedicado las veinticuatro horas del día al feliz dolce far niente.

—Me alegro por ti, Adil.

—¿Y tú?

—Alexia ha vuelto a intentarlo.

Un silencio se cruza entre los dos amigos. Adil mira hacia otro lado, preocupado; siente un cierto resquicio de resentimiento hacia su mejor amigo que ni él mismo se puede explicar, convencido como está de la pureza de sus sentimientos hacia él. Sin poder contenerse, dice:

—En Un Mundo Feliz, te dije que esa tía estaba como un cencerro. Te advertí de que iba a ser complicado el día a día con ella.

—Sé que me lo dijiste.

—Te quiero ver feliz, hermano.

—No puedo ser feliz si Alexia no lo es también.

—Ya.

El silencio aparece de nuevo, Adil da un largo trago de su botellín y, después, se limpia la boca con una mano.

—¿Y qué piensas hacer?

—Voy a cambiar el mundo.

—¿Otra vez?

—Las que hagan falta.

—Tú solo, ¿no?

—Para que algo ocurra, alguien debe empezarlo. Mira el 17R y todos esos movimientos sociales que le precedieron, ellos auguran el nuevo mundo. Nos espera la gloria, el paraíso terrenal.

—¿El 17R? ¿Ingenuos burguesitos queriendo cambiar el mundo y pintarlo de flores puestos hasta las trancas de ácido? Los faraones, yo incluido, nos hemos fagotizado todas las revoluciones, sin excepción, y muchas las hemos creado nosotros. ¿El 17R? Dime, ¿en qué se diferencia esta de las demás del pasado? Ya he visto muchas veces a miles de hormiguitas tomando la calle pidiéndole a sus dominadores que se porten mejor con ellas. Eso no sirve para nada. Ellos lo tienen todo medido, calculado, la población siempre va por detrás; al noventa y nueve por ciento le estalla siempre la realidad en la cara y piensan que esa realidad es nueva, como si esa realidad no fuera una estructura que se ha ido configurando en el universo desde tiempos inmemoriales a fuego lento, de forma premeditada. El noventa y nueve por ciento ignora el noventa y nueve por ciento de la información. Están a por uvas, como dicen aquí, ja, ja, ja.

—Claridad y certeza del mundo que está por venir es lo único que necesitan saber.

Otra vez se quedan en silencio. La mente de Adil corre para que sus preguntas lleguen lo más rápidamente posible a la respuesta. Sabe que Miguel Ángel lo necesita, pero, al mismo tiempo, sabe también que su amigo no le pediría nada que no le beneficiara a él también. Y este no es el caso. Él vendría a sacarlo del descanso bien ganado, de su nueva buena vida, del apego al culto a la vida sin dinero, sin acciones, sin gráficas, sin riesgo en inversiones.

Pero, al mismo tiempo, Adil haría lo que fuese por Miguel Ángel. Lo considera su hermano, más que eso, él mismo no se podría sentir feliz si Miguel Ángel no lo es también.

—¿Y este? —dice Adil refiriéndose al camello, que aún está ahí de pie, mudo e impaciente a la espera de cobrar el dinero de su hachís.

—Le voy a regalar a Alexia lo que vende. No traigo dinero para pagarle y lo necesita para comprar más y para comprarle las pastillas a su madre.

—Las pastillas a su madre… Sí, sí, ya, ya.

Tras pensar unos segundos, Adil continúa:

—Vamos a hacer una cosa, no sé si vamos a cambiar el mundo…

—¿Vamos? —pregunta Miguel Ángel esbozando una sonrisa. Sin hacerle caso, Adil continúa:

—… pero te vamos a cambiar el mundo a ti. Te voy a enseñar cómo se alimenta el mundo que quiere cambiar mi amigo. ¿Cómo te llamas, camello?

—Da…David, señor prínssipe.

—No me tengas miedo, payo, el miedo es el peor enemigo de la libertad, no agaches la cabeza, aunque te la hundan en la mierda.

—No, señó. Mis colegas me llaman el Pirriaque.

—Bien, Pirriaque, toma este cordón de tres binladen y busca al Mantra.

Al pronunciar este nombre, Adil detecta el miedo en los ojos del camello.

—No temas, le dices que vas de parte del príncipe y que el príncipe necesita este cordón. Con la pasta que te dé, te compras ropa limpia, te peinas y le compras las pastillas a tu madre. Después, con el resto del dinero, te vas a cualquier chupa-oro de los barrios pijos o del centro y pregunta a cuánto están comprando el oro. Cuando vaya a entrar alguien a vender una joya, una alhaja, un peluco, le sales al paso, si le van a dar cien, tú le ofreces ciento diez; si doscientos, tú doscientos veinte, ¿me has entendido?

—Sí, señó.

—Bien, eso es. Después espera, ¿de acuerdo? Espera. Lo importante es que esperes. A la semana, le llevas al Mantra todo el oro que hayas comprado, ¿entendido? El Mantra te lo valorará, se quedará una parte del dinero como comisión y te devolverá el cordón y el resto de dinero que quede. Esta vez te quedas el dinero, yo sólo quiero que mi cordón vuelva. Pero, si eres listo, ya sabrás qué hacer con tu parte. Mejor el negocio del oro que ponerte a vender otra vez posturitas. Si lo haces bien, habrás entrado a formar parte del verdadero mercado: el de futuros. Y no hay nada mejor que jugársela a futuros con el oro.

—Si, señó, eso haré. Grasiah, grasiah

—Toma y lárgate. Miguel Ángel te ha traído una oportunidad que no debes rechazar, estás en deuda con él, no conmigo.

—Tu deuda, David, tu deuda está perdonada, perdona ahora tú la de tus deudores —le contesta Miguel Ángel.

El camello corre sin saber muy bien si hacerlo o no. Un presentimiento de que su vida ha dado un vuelco se concentra a la altura de su estómago.

Entretanto, los dos amigos han vuelto al silencio. Adil sonríe viendo al camello correr, mientras que el rostro de Miguel Ángel, sin que Adil lo perciba, se ha transformado en pesar. Miguel Ángel acaba de presentir una información que puede cambiarlo todo. Adil retoma el discurso:

—Los gitanos me han enseñado a llevar encima todo cuanto necesito. Ellos no entienden de propiedades. El suelo es de quien lo ocupa y lo disfruta, hoy, aquí, mañana, allí. Propiedad en uso, una bonita figura legal poco cultivada en estos tiempos. Este vallado de payos que rodea a La Cañada para que no inundemos su mundo con nuestra podredumbre no le infunde el más mínimo respeto a mi raza adoptiva. Como has podido ver, nosotros también creamos dinero de la nada o de la promesa de que ese cordón de oro vaya a valer más. De hecho, comprando y esperando, te podrías hacer con todo el oro del mundo, pero, en fin —Adil suspira con resignación— la gente no entiende nada, en parte comprendo la frustración de Alexia.

Adil gira la cabeza para ver mejor a Miguel Ángel y se lo encuentra mirando hacia abajo, compungido. Al rato, este levanta la vista y se encuentra con los ojos de Adil:

—Te dije que te traía una noticia importante.

—Y que vamos a cambiar el mundo, ¿no es una noticia importante? —bromea, nerviosamente.

—Tu padre ha muerto, Adil. Él siempre quiso que fueras alguien grande y yo te digo que será difícil encontrar a alguien más grande que tú. Alguien que, por altruismo, le da al hermano lo que le pide. El príncipe de la generosidad.

La mente de Adil enmudece. Miguel Ángel sabe que este es uno de esos momentos en los que la humanidad sobra. Lo coge de ambas manos y se despide. Con el mismo porte con el que había entrado, el último profeta sale por la puerta. Le basta con cruzar la mirada con la mujer mayor para que esta comprenda:

—¿Adil? Adil, mi niño, ¿qué passa? ¡Manué, llama a la niñaa, qu’ algo passa!

Camino a la salida del poblado, un hombre vestido de mensajero, con bastante miedo por la zona en la que se encuentra, se decide a preguntar a la única persona bien vestida que ve en el poblado:

—Perdone, ¿sabe usted si un tal Adil Serendip vive por aquí? Traigo un telegrama urgente para él.

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