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Johanesburgo, Sur de África. Estoy en la hacienda de Anicka. En la cocina de su mansión, los padres de la niña están cenando juntos:

—Lleva unos días muy raruna, —se dicen los esposos mientras ella duerme.

—Sí, ayer tuvo otra pesadilla.

—Y ¿qué decía?

—Algo así como ¡Alexia, no, Alexia, no, si te sales del espejo, caerás!

—¿Espejo?

—Sí, algo así dijo.

—Qué raro.

—Mañana tendremos el informe de la unidad del sueño, a lo mejor, nos pueden aclarar algo sobre su trastorno.

—Ojalá. Pero aún así, necesitamos algo para animarla, pidámosle a Dios aquello que nosotros no podemos, y él nos lo dará.

El padre de Anicka está escuchando a su mujer con cierta indiferencia mientras revisa el correo. Al principio, cuando se casaron, ambos eran muy religiosos y, por las noches, leían juntos El Zohar y pasaban largas horas interpretando el contenido espiritual de sus palabras. Eso les ayudaba a tener fe en su futuro, a convencerse de que el dinero y la abundancia nunca les iba a faltar en sus vidas.

Y así había sido, solo que el padre de Anicka últimamente estaba perdiendo parte de esa fe o, más bien, pagando el precio de su fortuna. Cada vez le incomodaban más algunos detalles relacionados con el comercio de diamantes, su oficio; detallitos, como a él le gustaba llamarlos, que eran realmente incompatibles con su moral y su interpretación de los textos sagrados. Para no amargarse mucho, hacía tiempo que había abandonado esa especie de percepción secreta, mística, que aún conservaba su mujer. Sin embargo, esta vez, tenía que darle la razón.

—Eres increíble, ¿cómo lo haces? Dices algo y ocurre.

—Una vez más, —dice ella—, Dios una vez más nos ha escuchado.

—Me siento mal con él, soy demasiado desagradecido como para que él todavía me escuche.

—No subestimes la magnanimidad de nuestro Dios. Él es grande y lo perdona todo, hasta a aquellos que, a veces, se olvidan de que, si son felices, es gracias a él.

—Tienes razón. Mira esta carta.

—¡Es de los Cisnes Negros! Anicka se va a llevar una alegría.

—Despiértala, ya es hora, seguro que esto la mantendrá animada por un tiempo.

El padre de Anicka llama a Mami, la sirvienta negra que trabaja en la casa, y le ordena que despierte a la niña, tienen una sorpresa para ella.

Mami, obediente, sumisa, pero protestando, a su estilo, va a despertarla; la niña se está haciendo mayor y ya no puede cogerla en brazos como antes para llevarla de la cama al baño, como ha hecho durante todos los años de su vida. Aunque hoy su vieja espalda hará una excepción, es el cumpleaños de la niña y los señores dicen que tienen una sorpresa que, según las palabras del señor, la mantendrá animada durante algún tiempo.

Como cada noche, Mami ha levantado a Anicka, la ha bañado y vestido y, ahora, Anicka está bajando por las escaleras de la gran casa colonial de la familia Zischler, ilusionada con la promesa del especial regalo de cumpleaños que le espera en la cocina.

Allí sus padres han puesto la carta encima de la mesa y, después de recibir el tradicional beso de buenas noches, le han dicho: feliz cumpleaños, princesita, abre tu regalo, esperemos que te haga feliz.

Con gran emoción, Anicka abre la carta y lee en alto la nota:

Querida Anicka, te escribo por aquí porque, como sabrás, la CIA me pisa los talones. Mi padre te envía este billete de avión para que te vengas a la fiesta R, que celebraremos todos juntos el próximo mes de febrero. Mi padre dice que presiente que Adil también vendrá. Volveremos a estar todos juntos, otra vez. Con amor, tu amiga, Valeria.

Llena de ilusión, salta Anicka a los brazos de sus padres.

—¿Puedo ir, puedo ir, puedo ir, papá, puedo ir, porfaporfa? —le suplica con insistencia.

El padre, para no decepcionarla, contesta:

—Para, para, este será tu regalo de cumpleaños: un viaje a España para ver a tus amigos, pero no podrás quedarte mucho tiempo, tienes que ir al colegio, jovencita; aprovecharé mi viaje a Suiza, donde tengo un importante encargo que hacer, para llevarte.

—¡Hurra, Viva, Bravo! —comienza a gritar Anicka en múltiples lenguas loca de contenta y haciendo piruetas por toda la casa.

—Y, ahora, venga, a desayunar.

Con una gran sonrisa, Anicka se sienta en un taburete de la enorme cocina de sus padres; encima de la gran barra, le espera un batido de sangre sintética, creada en Japón, con una pajita. Chupa la pajita Anicka como si fuera un zumo de naranja, y siente cómo el líquido oxigena todo su organismo. Abre los ojos la niña, y ve a sus padres, que la miran embelesados de amor, tras ellos, una sombra con gabardina se asoma por la ventana junto con la luna llena. Con el vaso a la mitad, Anicka pregunta:

—¿Puedo salir a jugar al jardín después del desayuno?

De pronto, todas las pantallas de la casa se encienden al unísono. El virus informativo Bildelberg también ha llegado a esta zona del planeta. Los padres se quedan como hipnotizados mirando al bufón de Populus. Con aire rimbombante, el saltimbanqui proclama el apocalipsis del capitalismo antes de dar paso a un nuevo capítulo de la serie #Bildelberg.

—Anicka, Alexia está de nuevo en televisión, ¡Anicka? ¿Dónde te has metido, hija?

Mac Cain y Anicka se funden en un tierno abrazo y, en seguida, ponen rumbo a las cuevas de Sterkfontein.

—Rumbo Bildelberg, —gritan los dos muy emocionados cogidos de la mano dentro de una de las cuevas.

—Rumbo Bildelberg, —me digo yo para mis adentros sin perderles la pista.

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