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Día doce de investigación. Hoy me he levantado con muchas ganas de rock and roll. Abro mi bitácora y esta me recuerda dónde me quedé ayer.

Me conecto a una radio ilegal de Alemania del Este, la locutora del programa Horizontalidad Radical, está explicando lo siguiente.

—La acampada itinerante del movimiento 17R ha consesuado #Okupar los campos de la hacienda del rey de Iberia. Mientras, el rey continúa en estricto cumplimiento de su agenda oficial, inaugurando una nueva escuela de vela, en Mallorca, como si nadie estuviera ocupando sus tierras en estos momentos, como si nadie estuviera entrando en su propia casa y tocando sus pertenencias personales, que son muchas y de gran valía, según han declarado fuentes de la Casa Real. Escuchemos algunas de sus palabras en su discurso de inauguración, el cual ha girado en torno a la democratización de este deporte, escuchemos sus palabras:

Inauguro esta institución con el fin de que todo el mundo, independientemente de su clase social, pueda beneficiarse de los grandes atractivos, muy emocionantes a mi aparecer, de este maravilloso deporte que he cultivado desde mi infancia y que tantas satisfacciones me ha dado.

—A la salida del evento, —continúa la locutora de radio— los periodistas le han preguntado su parecer ante la decisión de la Asamblea del 17R, entre otras cosas. Aquí tienen un corte de su encuentro con los periodistas.

—Tras el crack financiero, ¿cómo va a sobrevivir la monarquía a los nuevos tiempos? ¿Cómo le ha sentado que el movimiento 17R ocupe sus tierras?

El príncipe ha esquivado la primera pregunta contestando a la segunda:

—Qué mal nos pueden hacer. Ellos se definen como un movimiento pacífico y creo que no hay mejor ocasión que esta para demostrarlo.

Salto a otro medio de comunicación, un canal de televisión que se emite desde Andalucía:

—La ya bautizada Acampada Real ha lanzado hoy un comunicado de prensa en el que uno de sus portavoces ha declarado a la Casa del Rey como sede central del movimiento y ha confirmado su intención de no levantar el campamento, al menos, hasta que no recojan los tomates que han sembrado.

Vuelvo al taxista de Roger, donde este le está diciendo:

—Mire, mire, allí es adonde va usted, no sé si se habrá enterado.

Roger aprovecha su pinta de guiri para sonsacarle un poco. Exagerando su acento yanqui, le pregunta en un español falsamente rudimentario:

—¿La acampada real estar en los tierras de un rey?

Cuidao, que del rey no son, que son de todos los íberos, que se las hemos dejado a él y a su familia, porque esto es una monarquía parlamentaria.

—Ah, ya, ya.

—Además, todavía no ha sido proclamado rey formalmente, aún no ha tenido lugar la ceremonia de coronación como rey de toda Iberia. Yo creo que está acojonado, por eso no protesta.

—¿Por qué dice usted eso?

—Lo soñé la otra noche. Soñé que iba por el Paseo del Prado y que, a la altura del Jardín Botánico, un hombre desnudo con un cartel de Compro oro se plantaba en medio de la carretera. Yo tuve que frenar para no atropellarle. Me pareció raro que no fuera, ya sabe, un panchito.

—¿Un panchito?

—Sí, un sudaquilla.

—¿Un sudaquilla?

—Cómo se nota que no es usted de aquí, ¿eh? Pues uno de esos que vienen de Sudamérica y son bajitos y achaparrados, como todos los que venden oro últimamente por las calles.

—¿Comprar dirá?

—Sí, eso, comprar, pero esta vez no era uno de esos, sino más bien un hombre alto, cuarentón y muy apuesto. Cuando paro el taxi delante de él, el tipo tira en la calle el cartel de compro oro, y sube desnudo al coche. Me pregunta si tengo algo para taparle y a mí no se me ocurre otra cosa que darle que un trapo de ganchillo de esos que hace mi mujer; como buenamente puede, el hombre se tapa sus partes y no tarda en ponerse a llorar desconsoladamente. ¿Por qué lloras? Le digo. No quiero ser rey, no quiero ser rey, no quiero ser rey, me repite una y otra vez. Y cuando le voy a preguntar que por qué, siento que mi mujer me está empujando desde su lado de la cama, cállate hombre, ¿a qué viene eso de que no quieres ser rey? Al parecer, según ella, era yo quien lo estaba diciendo.

—¿Tú querer ser un rey? —pregunta Roger.

—Yo estoy bien con mi taxi. Aunque si lo fuera, le cortaría la cabeza a más de un hijo de la gran puta. ¿Sabe? No soy de esos piojosos del 17R, que es a donde va usted ahora, pero es normal, el príncipe tiene razón, es normal que estén cabreados; aunque si quieren cambiar las cosas, deberían hacerlo mediante un partido político o, al menos, tener un líder. De todas formas, al principio estaba bien, eso del #ocuKamping en lugares señalaítos, pero esta vez, hacerlo en las tierras de la corona, creo que se han pasado, vamos, que les van a sacar de allí a hostias en menos de lo que canta un gallo, ya verás.

Así ha pasado Roger el viaje de ida a la Acampada Real, escuchando al taxista saltar de un pensamiento a otro, como si estuviera recogiendo al azar margaritas en un gran jardín.

Al llegar, el taxi ha intentado penetrar lo máximo posible en el terreno, pero el ejército está registrando a todo el mundo alegando motivos de seguridad.

Muchas personas, como Roger, están llegando desde todos los puntos de Iberia y del mundo, pero el bloque policial cumple la función de impedir la entrada para evitar que la acampada siga creciendo.

El taxista se acaba de largar con viento fresco y ahora, Roger se ha quedado solo en medio de un descampado, alejado del barullo e intentando hacerse un croquis de la situación.

Cuando ya se ha dado por vencido, comienza a caminar en dirección contraria, alejándose de los tanques militares y de la masa de gente que intenta #okuacampar las tierras del próximo rey.

De buenas a primeras, una voz le dice:

—¿Tú ser Roger?

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