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Roger se ha pasado todo la noche durmiendo y ahora, son las siete y media de la mañana y estamos a punto de aterrizar. El avión ha hecho una escala inesperada en el sur de Francia en la que solamente ha subido una persona, Miguel Ángel.

Se ha sentado el profeta en el otro extremo del avión, en la clase business, vestido con un exquisito traje de corbata, y ahora se despierta con los primeros rayos de sol de la mañana.

Mientras una azafata le sirve el desayuno, él piensa en su mujer, en su hija, y en la última vez que se vieron, unos meses antes de lo de Bildelberg:

—Ya estoy aquí, traigo buenas nuevas —dice Miguel Ángel entrando en su hogar.

—Ah, ¿sí?—contesta su hija Valeria.

—Pues aquí no vengas, ¡puesto que todo está negro!— replica Alexia.

Madre e hija se miran de forma desafiante y se van cada una a su cuarto.

—Eres inaguantable.

—Y tu más.

—No te soporto.

—Ni yo tampoco a ti.

—Me debería haber quedado con mi madre anterior.

—Pues perfecto, ¿te crees que yo quería tener una hija?

Miguel Ángel se queda en medio del salón solo, recordando la conversación de teléfono que ninguna de sus queridas mujercitas estaba dispuesta a escuchar:

—¿Hola?

—¿Miguel Ángel?

—¿Con quién tengo el gusto?

—Le llamamos de la agencia financiera Colón, soy Silvia, ¿me recuerda?

—Claro que sí, una rosa nunca se marchita en el recuerdo.

—Ay, Miguel Ángel, tú tan galán como siempre. Te llamo para informarte de unos planes muy ventajosos para invertir el dinero de los fondos que fueron fruto de Los Lunes Negros, ¿recuerdas?

—Querida mía, yo ya no hablo con el dinero.

—El dinero siempre te habló, te buscó, te amó ¿o ya te has olvidado de Los Lunes Negros? Lo olías como un perro de caza a miles de kilómetros a la redonda. Qué tiempos aquellos, ¿nunca te has planteado volver? Eras el mejor bróker de bolsa que he conocido, y quizás nadie nunca te igualará.

—Tan difícil es que el dinero entre en el paraíso como un camello por el ojo de una aguja.

—Amén. Pero el dinero está a tu nombre, ¿qué hago?

—Lo transferiré a la cuenta de mi hija Valeria, ella sabrá darle valor.

—¿Tienes una hija? Nunca supe…

—Yo tampoco.

Ahora, Miguel Ángel, sentado en el avión, inquieto por estos recuerdos, decide tomar su primera dosis de droga:

—Azafata, por favor.

—Sí, dígame.

—Estoy incómodo en este sitio.

—Señor…

—Llámeme Miguel Ángel, Marina.

—¿Cómo ha sabido mi nombre?

—Se lo he oído decir a tu compañera.

—Perdone usted —contesta un poco desconcertada.

—De tú, trátame de tú, por favor, y, tranquila, solo quiero pedirte que hagas algo por mí.

—Dígame en qué le puedo ayudar. Es usted cliente Oro, ¿quiere que le informe de los servicios que le ofrece nuestra compañía aérea?

—De tú, de tú. Mira, esto que tengo aquí es un libro de psicología escrito en una universidad. Según el autor, tengo un problema sicológico. Estoy enganchado a ayudar a los demás. No se preocupe, ya me he informado y, de hecho, ahora me dirijo a un centro donde lo tratan. Obseso-empatía, este ha sido el término que han inventado para bautizar a este síndrome. El altruismo puede llegar a ser una enfermedad, créame, un vicio, según el investigador del libro y fundador de una cadena de instituciones mentales donde se trata este problema. Allí te enseñan a controlar los impulsos de ayudar cuando el cerebro te posee. Ya me han dicho que como, al parecer, quitarse de un día para otro no es bueno, como máximo solo puedo realizar una buena acción al día.

—Perdone, ¿me está tomando el pelo?

—Está bien. Pues de usted. No crea que no me entristece tener que cambiar. Piense que la única manera que tengo, en estos momentos, de ser feliz es haciendo feliz a los demás. Por eso, le pido que se dé un paseo por todo el avión, por la clase turista, y que elija a la persona más humilde, a la más necesitada que sea capaz de encontrar; si esta persona tiene familia, permítale una vez, aunque sea, entrar a este lugar para que sus familiares le vean disfrutar de todo esto que yo tengo, pero que yo ya no necesito puesto que soy feliz.

—Entendido, señor, espere un momento.

—Muchas gracias, no me olvidaré de esto.

La mujer se dirige al asiento de al lado de nuestro amigo Roger, que poco a poco va también despertando del sueño.

—Perdone, ¿señor?

Roger se ha puesto recto de un respingo, como si de pronto la profesora hubiera empezado a pasar lista y él estuviera ocultando alguna travesura. Al ver que la cosa no va con él, se relaja.

—Azafata, ya le he dicho a su compañero que no he sido yo el que se ha llevado el papel higiénico del servicio, ¿me entiende? Me está usted avergonzando delante de este señor. Yo soy pobre pero honrado.

—Por mí no se preocupe, a mí me acaban de echar del país, o sea que… Y, en realidad, la frase debería ser Yo soy rico, pero honrado. Es más lógica, o, al menos, más cierta, ¿no lo cree usted así?

Con cara de asombro, el hombre va a darle la razón cuando la azafata, que tiene cierta premura, coge el turno de palabra:

—Cálmese, señor, vengo a pedirle perdón en nombre de la compañía. Estamos tan avergonzados por lo que ha pasado que nos gustaría que, por favor, pasara a la primera clase, a ocupar el sitio de honor.

—A ver lo que dice aquí la parienta.

—Anda, vete, no seas tonto y disfruta.

—¿Pueden venir a verme?

—Solo su mujer, una vez, cinco minutos.

—Está bien.

Roger levanta la mirada y observa que un baile de cortesías sobre quién pasa primero está originando cola.

—Perdone, ¿puedo pasar?

—Sí, Miguel Ángel, usted ya se puede sentar aquí, este sitio está libre.

—Perfecto, muchas gracias, señorita Harvey.

—¿Y el apellido? ¿Cómo ha sabido…?

—La primera clase está por ahí, ¿no?

—Eh, sí, sí, ahora le acompaño. Permiso.

Miguel Ángel se ha sentado cómodamente en el asiento de tercera clase. Está relajado, rebosa optimismo por todos los lados, se abrocha el cinturón y, con la mirada clara y la sonrisa abierta, se dirige a Roger:

—Hoy es un buen día para empezar a cambiar el mundo, ¿no te parece?

—¡¡¡¡Jesuscrist!!!!

—Llámame Miguel Ángel, por favor, nunca me gustó el nombre de Jesucristo. ¿Sorprendido? Tus ojos no te engañan, soy Miguel Ángel, del Club, encantado de conocerte. ¿Preparado para una dura e implacable entrevista de trabajo?

—What?

—Jajajaja, perdona, necesitaba un poco de risas, pequeñas travesuras de mi mente animal, es la influencia de mi amigo Adil. Le gustan las novatadas. Su gran debilidad. Debo confesar que, si son inofensivas, resultan ser muy divertidas.

—¿Esto es una novatada?

—Noooo, hombre, no. Solo lo de la entrevista estilo Neocon. Ya nunca más tendrás que someterte a ellas, porque de ahora en adelante, ocio y trabajo serán una misma cosa, y ya no te volverás a sentir en conflicto con el mundo, sino en plena armonía.

—What?

—Bien. Vayamos por partes, tranquilamente, las prisas van contra la nueva filosofía de vida. Hacer que estés aquí no ha sido nada fácil, tuve que hablar mucho tiempo, acabé agotado, ¿quieres tomar algo? A mí me apetece un refresco de cola. Me encanta. ¿Y sabes lo que más me gusta de todo?

Roger se encuentra aturdido, descolocado, aún así, el pensamiento de que está hablando con el miembro del jurado que le salvó la vida aterriza en su cabeza para quedarse.

—¿El qué?

—La certeza de que un día el refresco de cola será gratis. Es una bebida dulce. Dulce, como la existencia.

—Perdona, pero la vida es una puta mierda.

—Deberás desterrar ese pensamiento si quieres ser seleccionado para trabajar con nosotros y ser parte, un miembro más, del Club. Ya deberías saber, puesto que La Gramática del Universo hacia todos lados ilumina, que un pensamiento negativo llama a otro pensamiento negativo. La fuerza del pensamiento configura la materia, moldeándola a su imagen y semejanza, como un espejo. Abandona las viejas ideas. Una verdadera revolución se acerca y no todos los ojos sabrán observarla.

—¿Eso es una predicción? ¿Puedes ver el futuro?

—Conjuga conmigo el verbo liberar.

—No quiero, liberar es sinónimo de privatizar.

—No dejemos que se apropien de la etimología de las palabras: libertad de producción y libertad de consumo es La Nueva Semántica. El refresco de cola será libre más pronto de lo que tu imaginación es capaz de alumbrar en estos momentos.

—¿Gratis? Jo, jo, jo, lo que estás diciendo es una utopía.

—La utopía del presente es la realidad del futuro. ¿No decías que la vida es un juego de ilusiones?

—¿Qué? ¿Cómo sabes lo que he estado pensando?

El móvil de Miguel Ángel suena:

—Perdona, debo coger esta llamada now.

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