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Las Ramblas, Barcelona, a una hora de que ocurra Bildelberg.

Vuelvo a consultar el calendario maya y a hacer mis cálculos y otra vez me dicen que falta un año para el fin del mundo; me muestro muy incrédulo sobre esta cuestión, y pienso que, una vez más, hubo un error en el plano de las estrellas.

Me hago el turista despistado y le pregunto la hora a una desposeída que vive en la calle, y sonrío por haber llegado justo a tiempo para la última acción terrorista de la aldea global.

Hace una noche preciosa para el clima de Barcelona en esta época del año, soleada y de brisa apacible.

Sin miedo a ser multados, en un acto de desobediencia civil, la gente está quitándose la camiseta y viene andando desde la playa.

Cerca de una boca de metro, la premio nobel Alexia Zyanya, miembro del Club de los Cisnes Negros, emerge a la calle subida a unas escaleras automáticas. Me sorprende que nadie la reconozca. Paro a un transeúnte, y le pregunto:

—Perdona, ¿esa no es Alexia Zyanya? ¿La de Club de los Cisnes Negros?

—No sé quién es, no me suena de nada.

—Sí, hombre, esta mujer desbancó a las siete personas que dominaban el planeta, es La Gran Hazaña, ¿no lo recuerda?

El transeúnte pone cara de haber visto a un loco y se larga corriendo.

Una vagabunda de aspecto fantasmal me mira fijamente y me dice:

—¿Y qué si hizo lo que hizo? ¡Qué me importa a mí lo que hiciera esa señora con sus colegas? ¿Acaso algo ha cambiado? ¿Es que no sigue todo igual o pior?

Ahora, el que sale un poco corriendo sin contestar soy yo, y, en seguida, me pongo tras los pasos de Alexia y comienzo a observarla más de cerca.

Va la premio nobel vestida con un chándal dorado a rayas negras y lleva la melena recién teñida de roja, larga y alisada, con un marcado tupé al frente. Unos grandes y dorados pendientes de aro tintinean con gracia sobre sus hombros y pretenden hacer juego con el rudo colgante de bisutería anarquista que cuelga del pecho. En los ojos, una gruesa raya negra a lo Amy le perfila los párpados hasta alcanzar el final de las cejas.

Al rato de caminar un poco, se para delante de una gran pancarta que cae sobre la fachada de un viejo edificio. En ella, se anuncia La Gran Fiesta Aniversario del movimiento 17R. Alexia en seguida se acuerda de su hija Valeria.

Lo siento,Valeria, espero que me perdones por lo que voy a hacer.

Con decisión, se aleja calle abajo en dirección al lujoso hotel de cinco estrellas, donde una celebración muy diferente a la del 17R, la está esperando.

De camino, siente un leve cosquilleo en el muslo izquierdo, saca el móvil del chándal y lo coge:

—Dime que no lo sé todo y que no lo vas a hacer —dice Miguel Ángel en un último intento de impedir lo irremediable.

—Perdóname, tengo que hacerlo. Esto no puede seguir así. La población tiene que despertar de esta pesadilla. Si uno tiene ojos en la cara, no podrá ver más que miseria por todas partes. Vivimos entre basura, enfermedad, locuras, suicidios y toda clase de atentados contra nuestra dignidad. Nos están exterminando a conciencia. Si nosotros tenemos hambre, Ellos más… cobardes de mierda…

—Alexia, por favor, no lo hagas.

—Mira la noticia de hoy, cientos de personas son incineradas en masa por el ayuntamiento de Madrid, ¿es que hay derecho a esto? ¿Por qué no enseñan sus caras para que el pueblo sepa quiénes son estos sicópatas sin conciencia ni amor?

—La violencia no es signo de inteligencia.

—Violencia es lo que ellos están ejerciendo sobre nosotros. Pero, ¿qué se ha creído esta gentuza? ¿Echamos a los faraones y, ahora, vienen estos, con los ojos llenos de codicia, controlando el mundo, haciendo todo lo posible para que sigamos siendo sus esclavos?

—Alexia, por favor, no lo hagas. Te amo. Aprende a respetar tu cuerpo, a mantenerlo unido en su divina estructura.

—Eso es un mal menor. Dile a Valeria que la quiero.

Alexia está a punto de cruzar el cordón policial que las autoridades han levantado para proteger a los invitados de la que será la última reunión del Club Bilderberg.

—No se puede pasar. Baje por la otra calle.

—Lo siento, tengo que dejarte, ya tyebyalyublyu…

Cuelga el teléfono y se lo guarda en el chándal. Al levantar la mirada, ve que delante suya hay tres filas de policía antidisturbios con cara de muy pocos amigos.

—Soy Alexia Zyanya, premio Nobel de Física y los semifaraones están esperando allí dentro para escuchar mi discurso.

—¡¿Semifaraones?!

Un policía posicionado en segunda línea de seguridad mira a su compañero y se mofa, discretamente, de la posible chaladura de la viandante. Mientras, el que se encuentra delante de Alexia con el brazo levantado interceptándole el paso trata de solucionar el trámite lo antes posible:

—Documento de identidad e invitación, por favor. Los invitados normalmente vienen en coche y están entrando por la otra calle.

—El coche es un invento anacrónico, obsoleto, cuyo último aliento está a punto de expirar. En el futuro, iremos volando a los sitios. Y yo entro por aquí, por donde entraría el noventa y nueve por ciento de la población mundial.

—Cálmese y espere aquí un momento mientras compruebo sus datos.

Alexia espera al otro lado de la valla. Qué desagradable es este mundo en el que me ha tocado nacer, le dice en alto a una policía con cara de perro. Esta la ignora manteniendo la mirada al frente, pero Alexia no se da por vencida y vuelve a la carga:

—¿No te da vergüenza? Tú, sí, tú, la que mira indiferente a un fondo en blanco, ¿por qué no piensas un poco? Estás protegiendo al malo del bueno.

—Señora, no se altere o la meto en la furgoneta. Deje a mi compañera hacer su trabajo. Nosotros sólo obedecemos órdenes. Son las normas.

—Y si usted no ha puesto las normas, ¿por qué las obedece? ¿Es acaso usted un perro de Pavlov? ¿En qué constitución pone que usted deba proteger al rico del pobre? ¿Quién lo dice? ¿Eh? ¿Eh? ¿Quién lo dice y con qué interés lo dice?

—Oiga, oiga, tranquilícese, señora, amos hombre, el pollo que me está montando aquí la doña… —le dice la policía a su compañero de al lado.

—Ya, ya, usted… usted… perdone que le diga, pero usted es una auténtica ignorante, una inconsciente, y es debido a su ignorancia que ejecuta las normas que usted no ha pensado ni siquiera votado. Y, por culpa de vosotros, las fuerzas armadas, obedientes y sumisas, esto va como va. Y ¿todo por qué? ¿por qué? ¿por qué?

Alexia está gritando a la policía, retándola directamente. La guardia extiende el brazo y la echa para atrás de un empujón. Alexia parece que va a caer pero no, y vuelve a la carga. Se lleva la mano al bolsillo, y algunos antidisturbios levantan las pistolas, por si un caso. Un poco fuera de sí, el cisne negro saca un billete de quinientos euros y comienza a quemarlo mientras dice:

—Yo te diré por qué tú y tú y tú estáis aquí ¡POR DINERO! Por este sucio y cochino símbolo. A cambio de este papel, inútil, que no sirve de nada, vosotros cumplís el sueño de ELLOS de separación, deslegitimación, distinción y exclusividad. ELLOS son los servidos y vosotros sois sus sirvientes.

La joven policía ha perdido la paciencia y ha cogido a Alexia por el brazo con intención de esposarla. Por detrás de ellos, se acerca a paso ligero un hombre vestido de botones sosteniendo un mensaje en una pequeña bandeja de plata.

—Perdone, señora policía, mi jefe me ha dado esto para usted y me ha pedido que le ruegue que suelte a la invitada.

La policía lee la carta y se acerca al empleado con aire intimidatorio:

—Esta premio Nobel —dice con sarcasmo la antidisturbios estrujando el papel— ha incumplido el artículo 7 de la nueva ley de protección policial 345/39087, según el cual, se considerará un atentado a la integridad física y sicológica del policía cualquier acto tipificado como violencia verbal, que será penado con un año de cárcel.

Tras esto, tira el papel al suelo, lo pisa y suelta a Alexia de un empujón. Esta se tambalea, de nuevo, parece que va a caer, pero otra vez recupera el equilibrio; luego, escupe en el suelo y se va.

—¿Has visto eso, tronco? ¿Una premio nobel poligonera? ¿Estamos locos o qué? —dice en alto la policía riéndose con su compañero.

Entretanto, de camino al hotel, el botones observa la vestimenta de Alexia:

—Perdona, pero con esas pintas no te van a dejar entrar. Estoy viendo al resto de los invitados… y flipas con cómo van vestidos.

—Ah, ¿sí? ¿Y cómo debería ir disfrazada según tú?

—Según yo, no. Las normas dicen que esto es un evento de etiqueta. Yo voy vestido con este uniforme y usted debe ir vestida de gala, para que se sepa quién es quién, usted ya me entiende…

Alexia levanta la mirada al cielo, pone los brazos como si fuera a rezar y exclama:

—Otra vez con las normas, ¡no, por favor!

—Las normas están para cumplirlas.

Al oír de nuevo el mismo discurso del policía en otra boca diferente, Alexia pierde los nervios:

—Mira, niño, no me toques las narices que bastante he tenido por hoy con el altercado con los policías esos, tengamos la fiesta en paz. Tú dices las normas están para cumplirlas y pensarás que este pensamiento es tuyo, pero da la casualidad de que no es así. En realidad, has sido sometido a un proceso de programación neuro-lingüística desde que naciste que te hace decir eso y sentirlo como cierto, como una verdad que te favorece. Para Ellos, tú no eres más que una maquinita de producción, sin consciencia, sin voluntad, ni sentimientos, una maquinita que, con unos cuantos conocimientos, trabaja hasta que envejece y ya no sirve para nada.

—Pero ¿ellos? ¿Ellos quiénes? ¡Ay va mi madreeee, cómo andamos…!

—Llámame loca si quieres, ya estoy más que acostumbrada, pero como decía el bueno de Don Quijote… los locos… los locos sois vosotros…

—¿Y, encima, ahora resulta que el loco soy yo? Vamos, no me jodas, lo que me faltaba ya por oír.

—Otro sumiso con identidad propia, —dice Alexia abriendo comillas con los dedos para esto último.

—Perdone, señora, pero yo no soy ningún sumiso, sino un chico muy trabajador, que viene de una familia pobre pero muy honrada, y no porque no tenga estudios tiene usted derecho a tratarme de esa manera y a llamarme maquinita de producción. Este es un trabajo como otro cualquiera. Y todos los trabajos tienen su dignidad. Y, aunque no fuera así, son lentejas, ¿entiende? Toda mi familia está en paro menos yo, tengo que mantenerlos, no tengo tiempo para hacerme pajas mentales, ¿sabe usted?

Por la puerta principal del hotel donde se celebra el evento, sale un hombre muy distinguido, vestido de mayordomo al más puro estilo inglés:

—¿Qué pasa aquí, Ramón? ¿Qué le importan tus aburridas desgracias a esta señorita? ¿Quieres que te despida? Perdone, doctora Alexia, ya sabe, algunos empleados se toman demasiadas confianzas, como la ven a usted vestida… en fin, de esa guisa… rompen la barrera social muy fácilmente. Pero, no se preocupe, que esto no va a volver a pasar.

—No, no, no. Ha sido mi culpa. No vengo vestida para la ocasión.

—Escuche, señorita, esta no es la primera vez que sucede. Ya le he pillado a este en más de una ocasión pidiendo trabajo para su familia. Se piensan que solo ellos tienen problemas. No se fíe del servicio, tarde o temprano, siempre acabará pidiéndole dinero. Están obsesionados con esta palabra, su muletilla preferida es me gustaría hacer esto, pero como no tengo dinero…, desconfíe siempre de una persona que acaba así cada frase. Será un fracasado de por vida.

—No le eche, por favor. Escuche, estoy muy nerviosa, qué digo nerviosa, estoy embarazada, y no quería… y la pago con todo el mundo.

—Enhorabuena, un niño siempre es una bendición. Pero pase, pase, ya lleva más tiempo del que marca el protocolo en la puerta. Su marido ha llamado. Un caballero muy agradable, por cierto. Ni se imagina lo que me ha dicho mientras iban a buscarla. Dice que Ramón tiene el corazón puro y un ojo de Horus infinito. ¿Qué habrá querido decir? Me ha entrado una risa floja muy difícil de disimular incluso para una persona como yo, que ha sido educada en la londinense Spencer’s School, la mejor escuela de mayordomos de todo el mundo.

Alexia está observando con curiosidad a este hombre. Es un domesticado, piensa, le gusta ser un esclavo, ir contra su naturaleza. Es un perverso social.

—Perdone que no me haya presentado antes, me llamo Charles Dickens, sí, sí, como el escritor. Siempre me presento así, para ahorrar turnos de palabra, ¿sabe? En fin… Soy el organizador del evento. Hablo la lengua de Cervantes desde que tenía dieciocho años y, hace veinte, me enamoré hasta los huesos de una criada de sangre española mayor que yo; desde entonces, vivimos aquí, en Afroropa, como yo llamo a esta tierra. Su marido ha llamado para asegurarse de que su vestido de gala había llegado a tiempo. Pase, pase a esta habitación, allí podrá usted arreglarse tranquilamente. ¡Ramón! Venga, venga, a trabajar.

Alexia entra en la biblioteca a cambiarse y se queda allí más tiempo de lo reglamentado. Un reloj de cuco le avisa de que su hora ya ha llegado. La premio Nobel se pone los tacones, se arregla un poco el pelo y sale de la biblioteca.

Al pasar por delante de los invitados, un sentimiento de repugnancia y de resentimiento de clase le contrae los intestinos. Pijos, hijos de puta, cómo os odio, piensa sin mirar a nadie llena de rabia y odio.

De pronto, alguien la llama por detrás, es la reina de Inglaterra, ferviente admiradora de la obra intelectual de Alexia:

—¡Alexia Zyanya! Es un honor hablar con usted, déjeme que le presente a una invitada muy especial, la reina de Iberia.

—En mí no reina nadie, solo la voz de mi consciencia. Es la hora de mi discurso. Veo que las dos van de blanco, ¿repetirán alguna vez más el modelito?

Las dos damas se quedan mirándola de arriba abajo y comienzan a cuchichear:

—(¿Qué habrá querido decir?)—se pregunta la reina de Inglaterra, cuchicheando.

—(Pero qué maleducada, por favor, cómo se nota que viene de clase baja, a esta mujer no la han educado para mantener la compostura, ¿has visto lo roja que se ha puesto? No sabe inhibirse, esconder sus emociones…)— contesta la antigua reina de España.

Los comentarios se ven interrumpidos por el director de la gala, que, desde el estrado, pasa a presentar la intervención de Alexia:

—Y, ahora, con todos ustedes, la premio Nobel de Físicas, Alexia Zyanya, una heroína para esta sociedad, una mujer que nos ha devuelto nuestra libertad, una mujer que ha encarcelado en internet a los antiguos dictadores del antiguo orden mundial…. En fin… Una mujer que es toda una mujer… Escuchemos atentamente sus palabras, estoy seguro de que nos iluminará el camino en esta nueva era sin faraones.

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